Y te digo que sería bueno que escuches a tu hija. Ella ya no llora como aquella época, antes de que te fueras. No puedo deci que ya es una niña grande, aún usa pañales pero observa todo con ese par de ojos brillantes que tanto te cautivaron cuando nació.
Entonces, siento cómo me estremezco por dentro, al notar que no quieres saber ya nada de nosotras. Tú hiciste tu vida por aparte, yo te lo pedí. Te rogué que te fueras, te lo pedí de rodillas. Todo lo malo en mí te abofeteó aquella mañana. Cerré la puerta y me quedé tirada, rogando a Dios que nunca volvieras, rogué nunca necesitarte.
Y aún pido, cada noche, mantener la cabeza fría para no pedirme a mí misma que me vaya, que me aleje de esta vida de miseria a la que me condeno cada día.
Y sin embargo, te pido que hables con tu hija, que escuches su balbuceo, que esuches su respiración. Tú te niegas, te despides y cuelgas.
Yo, sin tener la certeza, te imagino girando la cabeza hacia la flor que juraste tener en tu ventana a partir del día de mi muerte, una flor blanca que sería casi una lágrima, la lágrima que no llegaría a ser, porque jamás me lamentaste.