A veces se torna azul nuboso, y muy, muy pocas veces, azul cielo y limpio por completo.
El suelo suele estar mojado, parece melancólico, como si echara de menos esa lluvia que se fue y dejó en él huellas acuosas en forma de charcos. Aunque en ocasiones, parece también contento, como ansioso, cuando lágrimas del cielo lo cubren presurosas, una tras otra, y besan sus losas centenarias, y se funden con las huellas que otras lluvias dejaron.
El sol, aquí, pugna por brillar, pero brilla por su ausencia.
Las nubes, algodón de azúcar, golosas, agoniosas, no ceden su espacio por nada del mundo.
Y el mundo…
El mundo aquí parece distinto.
Diferente, pesado como las piedras de cada palacio, de cada castillo, de cada casa.
Y a la vez ligero, como las melenas rubias de las delicadas francesas, como las delgadas baguettes que todo el mundo compra y lleva en las manos, como el viento, que mece la ciudad a su compás.
Diferente, tranquilo como las mudas figuras de piedra o metal, que observan, impasibles, como el tiempo se resbala ante sus ojos vacíos, que nunca entendieron de miradas. Y a la vez animado, como los bistros del barrio latino, como los músicos que nacen espontáneamente en las esquinas, como la vida misma llamando a ser vivida.
Diferente, con tanto estilo que parece ideado todo por alguien o algo que vive más allá de lo mundano, que habita en lo exquisito de cada detalle, de cada reflejo de la luz, de cada nota de color, de todo el colorido de la música.
Diferente, con tanto encanto que maravilla, y atrapa, y encierra en un sueño ideal e histórico a la vez que muy, muy vivo.
Diferente, con una magia palpable, tangible, romántica, cálida a pesar del frío, acogedora a pesar de la milenaria piedra, en armonía con todo lo antiguo a pesar de todo lo moderno. En armonía con todo lo ordinario a pesar de lo extraordinario de su atmósfera.
Así es el París que yo he conocido.
El que ojalá hubieras conocido conmigo.
Es...
París, y sus preciosas farolas,
París, y sus señoriales puentes,
París, y sus majestuosos palacios,
París, y sus encantadores cafés,
París, y su inmutable historia,
París, y sus deliciosos jardines,
París, y su emblemática torre,
París, y su triunfal arco,
París, y sus divinas iglesias,
París queriendo con su mágica luz llegar al cielo,
Cielo donde nunca hay luz,
Cielo gris y triste,
Suelo mojado y melancólico….
O quizás sólo me lo parece a mí porque aquí no estás tú...
Y es que...
Te he visto en todos los ojos, y todas mis miradas han luchado por alcanzar tus miradas aún en la distancia.
Te he pensado en cada boulevard, en cada avenida.
No miento: En ninguna esquina me abandonó tu nombre, en ningún nombre abandoné tu alma.
Te he soñado bajo la lluvia. Me he soñado abrazada a tu pecho hasta que el cielo se calmase.
No miento: Te he imaginado entrando conmigo en cada iglesia, en cada palacio. Con el asombro a cuestas, el amor puesto, y agarrando mi mano.
Cada noche, te he sentido. Sobre todo tus caricias. Y los escalofríos que me provocan tus manos. He cerrado los ojos para verte a mi lado, simplemente a mi lado, vigilando mi cuerpo y mis sueños mientras yo dormía.
Te he llamado bajito, pero no me escuchabas. Yo sabía que no me escuchabas, pero lloré porque vinieras cuando tuve miedo.
Yo no hice más que soñarme a tu lado yendo, volviendo a París.
Precioso poema a Paris esta ciudad tan bella, pero sin el comprendo qUe Paris dejaria de ser Paris. Bellisimooo, bellisimo, nellisimoooù tres veces bello peroque digo mil veces bello