Pues si, te fuiste y yo sigo aquí escribiendo otra vez sobre tu maldita ausencia (que nada tiene que ver contigo, es más bien lo contrario). Es complicadísimo para mí no hablar del mismo tema, ¿cómo quieres que deje de hacerlo si tu mismo me recuerdas que no estás? Si ya sabes que soy persistente hasta la necedad, podrías de vez en cuando hacer una llamada, un mail, un mensaje, venir hasta mi casa y decir nada; así te asegurarías que pensaría menos seguido en ti y te dejaría en paz por mucho tiempo. Pero por alguna maquiavélica idea tuya, sigues así, ausente, como la vida dentro de esta cosa gris que veo a cada instante desde que abro los ojos, como la diversión en el trabajo, como tú y yo.
Así es como eres malvado, porque te empeñas en seguir con el martirio tuyo y mío. Malo y masoquista, porque lo más sencillo sería que, de una vez por todas, hicieras que hiciese ese viaje hasta tus brazos (doloridos y cansados, a lo Rulfo) y entonces encontrarte con que ese ha sido mi lugar desde siempre... ¡cómo te gusta complicarte la vida!
A mi me parece que me amas, pero que lo niegas como si de verdad no lo sintieras (o por lo menos me doy ánimo).