Los dos primeros meses de vida de Rafael Jesús fueron un constante ir y venir a la pediatra que trabajaba con el que fue mi ginecólogo y el que atendió mi parto; todo parecía ir perfectamente. El nene vivía a leche materna, mi leche; y eso me hacía feliz, poder darle mi leche. De un día para otro comencé a notarle extraño al nene, estaba cansado, se le notaba en el cuello los huesos, parecía un viejito de esos que están por morir; era espantoso ver eso. Me asusté mucho y le llevé a la pediatra, me dijo que era la alimentación, yo le comenté - come casi dos horas seguidas y a los minutos tienes hambre, con mi leche no se llena, y si le completo con otra- Me grita que ni se me ocurra que eso lo puede matar que soy una loca. Le digo que qué hago entonces; no quiero ver a mi bebé así. Me rompe que le dé mi comida, mi pecho únicamente. Me fui llena de tristeza mirando los ojitos de mi bebé medio adormilado y débil. Y yo inútil sin saber qué hacer. Típico de primeriza. E inconsciencia de mi parte por seguirle a la pediatra. Pasaban los días y seguía empeorando el nene, cada vez más delgado. Me levanté cansada de sentir que mi hijo sufría y yo no hacía nada para remediarlo y me dije, hoy me mando a donde sea para ver qué hago para ayudarte hijo mío. Me arreglé, vestí a mi hijo y me voy directa a otro pediatra. La espera para que lo viera el pediatra me costó bancármela, porque se me hacía interminable. No pasaba el tiempo. Le van a atender, mis nervios están a flor de piel. El doctor nada más verle al nenito, me dijo túmbale ahí rápido. Lo observa constantemente, y queda en silencio. Un silencio que me ahoga el pecho y me rasga en mil pedazos mi alma de dolor. Me mira con tristeza que invade y penetra hasta lo más profundo de mi corazón y una llama siento que me va quemando por dentro y mi angustia va creciendo. Pero habla ya pienso mientras me asfixio y me ahogo en lágrimas silenciosas. Habla por Dios santo. Me dice que vista al nene, mientras lo hago le voy mirando sin cesar esperando una palabra. Sólo dice "está en un grado alto de desnutrición, qué pasó mamá" Yo me le quedo mirando y le cuento de la pediatra. Me dice con dolor en sus palabras que esa pediatra era una inconsciente, que prácticamente mató a mi hijo. Mató, mató resonaba una y otra vez en mis sienes y parecía martillar mi corazón que se iba resquebrajando a velocidad vertiginosa. Por fin habló, me dice que está demasiado desnutrido y que es muy difícil sacarle de ahí, que me haga a la idea que iba a perder a mi hijo. ¡Perderlo! ¡Ni loca!, me niego en rotundo; tanto que esperé para tenerle entre mis brazos, no lo voy a perder así como así y menos por una estúpida que me las iba a pagar todas juntas por estos momentos de angustia y dolor. Le dije al doctor que en unas semanas le volvería a ver. Me dijo con tristeza en su mirada reflejada, está bien, como si diera por sentado que no serviría de nada lo que yo me propusiera hacer. Me fui primeramente a la Iglesia, me puse delante el Sagrario con mi hijo en los brazos y desde lo más hondo de mi corazón le divisé a mi Señor Jesucristo y dije llorando en silencio: "Tú, Señor me diste este hijo tan ansiado, tú le salvaste ya de morir antes de nacer, ahora que me lo entregaste, no me lo arrebates, no lo hagas, ayúdame a salvar a mi hijo, sálvalo por favor te lo pido, te lo suplico sálvalo". Con estas palabras pronunciadas, me fui directa al supermercado, compré la leche más cara del mercado para complementar la mía. Le di como 30 min. de mi leche y luego venga mamadera (biberón) de la leche que compré; y pasaban horas sin pedirme alimento. Lo despertaba cada tres horas para darle esa leche complementaria. Una vez, otra, y otra, sin parar le iba dando su leche materna y la complementaria. Pasaban los días y mi hijo iba creciendo prácticamente sin darme cuenta; y su peso parecía ir compensándose. Todos me decían que me pasaba de darle tanta leche, pero me importaba poco. Prefería que se excediera un poco de peso a que no salier