El día anterior al nacimiento de mi hijo, todo el mundo me hablaba, pero yo no escucho nada de nada, estoy sólo pensando en mi hijo, en verle, en tenerle a mi lado, en besar su carita, y decirlo cuánto lo quiero. Pasan lentas las horas y no veo el momento de tenerlo conmigo bien cerquita y poder tocar sus manitas, su carita, y susurrarle cosas lindas al oído. Todos se preparan y yo sólo descanso para el gran momento. POR FIN, VA A NACER MI BEBE, ES 17 DE ABRIL DE 2003. A las 8.00 AM llego al hospital donde va a nacer mi hijo, mi esposo está más nervioso que yo, al menos eso parece, unos señores, enfermeros me tumban en la camilla y me llevan a la sala de operaciones, está todo muy oscuro... empiezan mis nervios, si pasa algo, si algo sale mal, me muero... el pánico se apodera de mí, cierro los ojos fuerte y pido a Jesús, Señor mío y Dios mío, y a mi Madre María que me cuiden a mi hijo para que todo salga bien. Llegamos a la sala de operaciones,... y sí... una cesárea es una operación, la loca de la anestesista no es la que debería ser, me dijeron que sería un hombre, pues nada, una mujer, y para colmo inútil. Un pinchazo, pero la anestesia no hace efecto. Así que otro pinchazo, y otro, y otro, y otro y otro más, pero nada. Les pido que me pongan anestesia general, pero mi doctor se niega y me argumenta dulcemente que si hace eso corre más peligro mi vida y la del bebé, y que si hay complicaciones podrían no darse cuenta. Total que más pinchazos, me aguanto las lágrimas mientras la aguja va penetrando una y otra vez en mis huesos y el dolor se hace insoportable... pienso en mi bebé, cierro los ojos fuertes mientras los pinchazos siguen. Al final el 17º pinchazo cede la anestesia y siento un alivio porque de un plumazo se me va todo el dolor en los huesos de los demás pinchazos. Mis lágrimas se tornan en una leve sonrisa porque se acerca el gran momento. Los médicos van de un lado al otro de la sala de operaciones, hablan pero casi no atino a entender que dicen, mi doctor les pide cosas, pásenme tal, y tal y tal, una y otra vez... todos están en torno a donde pronto saldrá a la luz, de un foco, porque el cielo no lo verá todavía, mi hijo, mi primer bebé, mi angelito hermoso. De pronto siento una asfixia irremediable, casi no puedo respirar, y me voy dejando vencer, mientras intento hacerle notar al doctor que no puedo respirar, la loca de la que cuida el oxígeno lo cortó sin darse cuenta... ¡¡¡¡sin darse cuenta!!!! pero a mí casi me mata. En ese momento oigo a mi doctor decirme "¡felicitaciones, ha nacido 9.35am tu hijo, un precioso varón!"... ¡¡¡Que rayos!!! nació, pero... está bien, que diablos, contéstenme, decía incesante. El doctor me serena, diciéndome que está sano y fuerte, ya le oigo berrear, me parece que te despertaron de tu sueño nocturno hijo mío, pero mamá está contigo mi cielo, pensaba para mí. Todos me dicen que es hermoso, parece que va a ser rubiecito y bien blanco... Y obvio su madre es bien blanca... Y la abuela estará feliz que quería un nieto bien blanco. Concedido dije para mis adentros. Pero en realidad no me importaba un carajo, sólo quería que estuviera bien. No para de gritar y llorar, bua bua bua, se escucha incesante, y en mi rostro se dibuja una sonrisa mientras lo escucho. Los enfermeros quedan locos porque no se está quieto; lo pesan, lo miden... y se escucha al doctor decir "Llévenselo a la madre de una vez"... Sí, sí, sí, eso mismo quiero yo pensaba. Ahí lo traen, mírale que chiquitito es, pero que hermoso, tiene la piel de su mamá... Ahí le ponen a mi lado, no puedo tocarle porque por la cesárea me dejaron los brazos atados... para qué... que lió, yo quiero tocarlo. Rozo mi carita con la suya y siento su piel suavecita y tersa, con la mía, y cesa en ese instante su llanto, le doy como puedo un beso en su mejilla y digo al oído cuánto lo quiero mientras una lágrima brota de mis ojos, feliz porque al fin tengo a mi bebé. Ahora se lo llevan para que lo vea el padre, que por lo que me dijo mi cuñad