Macondo, rincón de realismo mágico, pinceladas de una realidad subalterna que exaltaba los resquicios más profundos del alma y las creencias populares, que salían como exorcizados de los cuerpos de los personajes para incrustarse en las paredes mismas, en las calles, en los calores de los recintos, oscuros o claros, coloridos o grises, pero en últimas todos conectados por un destino, un punto de fuga al final de un lienzo que los arrastraba a todos por caminos insospechados hacia la fatalidad.
Un Macondo que se salió de las páginas para hacer de los mismos suelos de donde brotó en la imaginación de su bienhechor, su lugar de residencia, perpetua, para sellar con tintas de rojos y plomos la fatalidad de las tierras y caminos por donde anduvo desde los extremos nortes de la costa, bañando Urabá, Medellín y Cali, enroscándose en el Cauca, en Pasto y Putumayo, hasta el Amazonas; mientras otra vertiente bajaba por los Santanderes por las curvas Andinas hasta las piedras del Huila, haciendo un amplio rodeo en el centro alrededor de Santafé.
Tintas de rojos y plomos que se mezclaron con los verdes del campo y los grises de cemento para crear cuadros de amores y odios y caos y órdenes desordenados que reconfiguraron la propia cartografía, no la de los mapas, no la geopolítica, pero la de los imaginarios: los imaginarios de paz y de guerra, de trabajo, sangre y sudor, de plomo, de lágrimas, de hambre y hartura, de riqueza y pobreza, de ríos y de sequía, de cerveza y de vinos tintos.
Como sombras se alargaron desde los campos sembrando gritos de terror y se trasladaron a las urbes para convertirse en siniestros silencios, a veces de muerte, a veces de amargura, cada uno refugiado en masculinidades, feminidades, en la adultez y en la niñez, en los rincones de los colegios, en los pasillos de las empresas. Son lenguajes invisibles que reconfiguraron la manera de vivir: es un Macondo, estas cuatro paredes, dos de agua, dos de tierra, donde la imaginación, a veces mórbida, a veces vivaz, pero siempre traspasada por la tragedia y la resistencia a ella, curte las pieles de quienes la habitamos.
Personajes que salen de narrativas insospechadas de la propia sociedad: a veces oscuros, muy oscuros, que sorprenden y nos ponen de rodillas; tienen en la frente la guadaña y en las manos palas y picas; personajes que parecen estatuas, hechas aparentemente de yeso, pero que en el fondo son huecas; personajes de oro por dentro y arena por fuera; algunos otros luminosos; en el fondo todos somos personajes o trazos de algún artista loco que decidió dar vida a sus pinceladas para que conformáramos lo que hoy es Macondo.
Y más allá de eso, una realidad no de 3D, pero de 5D; con muchos olores y sabores: a naturaleza, a carbono, a lo nuevo, a lo viejo, a la niñez, a la juventud, a la adultez, a balas, a dinero, a bus, a olla, a usted mismo. Realismos e inconformismos, la tragedia de la violencia que no sesupera, la tragedia del desempleo, la tragedia de la inseguridad y los mismos miedos de la mente que crea sombras y esas sombras cobran vida, sobre ellos, sobre ellas, sobre nosotros y se acentúan cuando cae la noche. Realidades de miedo, temores y también bravuras, esas que salen con el orgullo o las calenturas Macondianas; esa fuerza interior que se despliega de algún punto de fuga del universo para no dejarnos sucumbir ante la adversidad o que nos obliga a levantarnos con cada caída. Esa fuerza real e imaginaria que juega con nosotros y nosotros somos títeres de sus caprichos nos vuelve en sí, lo que es Macondo, la tierra de Gabo, del Nobel, la tierra de todos: Colombia.