Descripción: Empecé este paseo por mi conciencia en mi espacio anterior... ahora retomo mi blog, y sigo por donde iba... hasta ahora me ha sentado muy bien... así que ¿por qué dejarlo? No sé si os gustará, no lo hago por eso... pero me halaga que lo hayáis seguido tanto hasta ahora. Vuestros comentarios no he podido traerlos... si queréis volver a comentar algo, lo dejo a vuestro criterio.
Es curioso cuántos sentimientos caben en un fin de semana. Y si encima le damos un día de prórroga, entonces ya ni os cuento.
"En el capítulo anterior..." pudisteis leer mi preocupación por lo que tenía toda la pinta que sería un gran paso atrás, una claudicación en toda regla, disfrazada de todo tipo de buenos deseos y nobles propósitos, pero claudicación a fin de cuentas ante el orgullo y la soberbia. En mi horizonte solo creía adivinar la tensión, los puyazos, los llantos y las decepciones sobre heridas no cerradas que solo iban a provocar más dolor, más depresión, más lágrimas y más desesperación.
Pero debe ser que en ocasiones como esta en que uno juega a pitoniso, el destino se levanta y nos recuerda que es caprichoso, como un niño pequeño. Que puede ser hasta bondadoso, como un niño pequeño. Y que puede ser sorprendente, como un niño pequeño.
Y finalmente, ese fin de semana que se me presentaba de un color negro profundo, insondable... terminó siendo... una especie de exposición de sentimientos. Ha sido como visitar una galería de arte, donde los cuadros eran distintos sentimientos. Y como ocurre con las obras de arte que realmente lo son, sacuden el alma de quien las contempla de distinta manera, idealmente de la menera que busca el artista. En este caso, el artista ha sido el destino, y el alma zaranteada ha sido la mía.
El primer cuadro que vi en la galería, en la que entré pensando que era un túnel, era una mezcla del Guernica de Picasso y las Meninas de Velázquez. En ese primer cuadro se daban la mano la tensión y el dolor contenidos, y la superficialidad más forzada, donde todas las figuras miran al espectador como mirándose en el espejo, como mirándose a sí mismas, a su propia opulencia. Hasta había un perro. Tras ese cuadro me quedó una mezcla extraña de sensaciones: había un poco de rabia, un poco de alivio, un poco de pena. Ella venía a mi lado y sentía algo parecido, pero en su caso la rabia era mayor, y salió de aquel cuadro muy descolocada y desconcertada. No se lo esperaba. Ella esperaba ver un Guernica mezclado con un Fusilamiento del 2 de Mayo, de Goya. Pero no. Ese aire de Meninas la dejó, nos dejó, descolocados por completo.
El siguiente cuadro fue la sorpresa del fin de semana. Y además fue un cuadro que ambos presenciamos con sentimientos seguro muy diferentes. Ella lo contempló como algo práctico, vacío, incluso con algo de tensión. Yo lo contemplé con una callada alegría, que por momentos estuvo cerca de romper en lágrimas. Porque en aquel cuadro aparecía mi padre, aparecía mi madre, apareció brevemente mi hermana... y apareció también mi sobrina, que me recordaba y estuvo enseñandome juguetes... entre ellos, qué cosas, un león. En cuanto lo vi, claro está, me acordé de vosotras cinco. Aquel cuadro no lo esperaba en absoluto, y creedme si os digo, que me dejó una sonrisa pintada en el alma que todavía me dura mientras escribo esto.
Después de aquellos cuadros tan imprevistos, la galería daba paso a un patio de descanso. En el centro del patio una fuente cuyo sonido relajaba al visitante y refrescaba el paseo. Aquella sala no la esperaba tampoco, ahí, en medio del fin de semana. Esperaba que en ese punto el dolor fuera el protagonista, pero no, lo fue el murmuro del agua fresca y el eco de aquel patio.
Después de aquel sorprendente descanso, la galería doblaba una esquina para enfilar un pasillo muy iluminado, con muchos cuadros, pero muy repetidos. Las tiendas, los adornos navideños, la gente parandonos para recrearse en el perrito... y él dejándose querer, claro está. Lo mejor de aquel pasillo fue que transcurrió sin pena. A estas alturas de fin de semana yo estaba convencido que todo serían penas. Pero no. Nada de eso. Al contrario... ese último tramo estuvo impregnado todo el tiempo con el mejor aroma posible: el amor.
Y con esta borrachera de sorpresas, regresé a la rutina del trabajo diario, donde mis ángeles esperaban preocupadas por este león que salió a la selva esperando una cacería, y se encontró con un paseo por una tranquila y pacífica sabana, llena de vida, y con el mejor final que podía pensar.
Pasando la resaca me encuentro hoy, pensando egoístamente si no hubiera sido mejor, tal vez, enfrentarse a la cacería. Lo malo es que no se presentaron los cazadores, sino los turistas.
Porque cuando pasen las horas y los días, el escenario no habrá empeorado apenas, no... pero tampoco habrá mejorado.
Destino,todo tiene un porque en está selva de vida,en la cual me alegro hayas encontrado esa paz,me ayuda a pensar,que existe aunque sea 3 dias,se puede ir consiguiendo,siento no decirte más,no me sale,,,solo un felicidades corazón,Joa