Descripción: Dos ingenios acordes en la noche desgarrando las cuerdas.. del alma, desangrando.. gotas de ausencias a ras de piel mientras danza el silencio con las sombras desiertas en un estante oblicuo,
y quebrantan el aire despegando del suelo ..... (rompiendo las cadenas) que aferraban sus alas, exentos de cordura se adentran sin remedio en lo prohibido empuñado a los labios ..... (la culpa incoherente), que la imaginación... cual pájaros libera en la carencia,
Encontrándose en la tierra de nadie donde los sueños son sinfonía de los sentimientos.
(EL POETA) Cuando toco el alma, encuentro que no es verdad el olvido. Todo lo que fue una vez vuelve a aparecerse, vivo.
Pero todo está olvidado desde antes de haber sido. Nada de lo que me llega puedo tomarlo por mío.
El olvido y la memoria trabajan para lo mismo: van convirtiendo en palabra cuanto atraviesa el espíritu.
Se nombra lo que se fue. El recordar es mi oficio. Recordar pasado, ahora, y lo que aún no ha venido.
Se nombra lo que se fue. El olvidar es mi oficio. Una niebla de extrañeza me aleja de lo que digo.
En la palabra se juntan la memoria y el olvido. Soy el ajeno a las cosas; yo, que las nombro, estoy mísero.
El olvido es sólo un agua que distancia lo vecino. Ver junto a un acantilado, intocable, un barco hundido.
Ver siempre el mundo en reflejo, igual que en un lago limpio, a cuya orilla los álamos se desprenden de sí mismos.
Como al fondo de un espejo, al ir viviendo me miro, lejano, extraño, difunto, como recuerdo en un hijo.
Todo lo confundo, todo. Si en los lóbregos pasillos del recuerdo torno a verte a ti, amor, mi amor antiguo, siento que puedo cantarte como si estuvieras vivo.
Y si me vuelvo a ti, amiga cualquiera, nombre perdido, podría hablar, como si nos hubiéramos querido. Puedo contar tus recuerdos de infancia, aquellos vestidos, tus muñecas y tus miedos; todo lo que no me has dicho.
Cuanto he tenido una vez llevo, sin saber, conmigo -lo mío va por la sangre con lo ajeno confundido-, como guarda el caminante la presencia del camino en la luz de la mirada, en la anchura del respiro y en una flor diminuta que ha arrancado, distraído, y que al entrar a la casa paternal, en cualquier sitio pone, para que se vuelva aire en el aire sabido...