La ira es un sutil veneno que se oculta como tímida damisela en el interior de nuestro corazón. Es vergonzosa porque no está orgullosa de sí misma. Sabe que no es valorada en la sociedad y que la encuentran fea, incluso muy fea. Pero ella se hace pasar a veces por el brillo de la ironía inteligente, por el peso de la autoridad, por la dulzura de la hipocresía, por la rectitud de un hombre severo, por el amor protector de un celoso, por la justicia de un rencoroso o por el humor de un bromista mordaz. Con esos disfraces hasta puede cosechar fugazmente alguna ración de aplauso y admiración.
Mientras pueda camuflarse con tantos disfraces, se asegura vida y sustento. Su acción es tan solapada que puede introducirse en todos los ambientes de nuestra mano sin que nadie se dé cuenta, incluido el mismo que la cobija. Suele mostrar a veces su bífida lengua cuando menos se la espera derribando de un “lengüetazo” a muchos a la vez. Es un arma un poco chapucera, porque cuando dispara carece de sutileza para dar en su diana. A veces se desparrama incontrolada, cargada de misiles Tomahawk para destrozar a una humilde lagartija. Se considera una terapia para “vaciar los depósitos emocionales”. La biología la consideró un instinto básico para la adaptación humana.Además, con frecuencia las personas agresivas utilizan la teoría de que “la frustración conduce a la agresión” para justificar y excusar su ira considerándola algo “saludable”. Airear la ira raramente lleva a algún alivio real o a alguna catarsis duradera. Más bien conduce a más ira, tensión y excitación.
La ira ocasional no causa daño duradero al organismo, pero la ira crónica y sostenida mantiene el cuerpo en constante estado de emergencia y preparación para la lucha. Esto afecta funciones corporales regulares como la digestión, la purificación de la sangre de colesterol y la resistencia a las infecciones. Contribuye al desarrollo de enfermedades tales como los trastornos digestivos, hipertensión, enfermedad coronaria, sistema inmunitario debilitado, erupciones, dolores de cabeza y más. No importa si la ira se expresa o se reprime, siempre es dañina para la persona porque se alimenta a sí misma. Prolonga y sobrecarga todos los cambios hormonales asociados. La ira crónica inhibida es nociva porque moviliza respuestas del sistema nervioso simpático sin ofrecer ninguna liberación de la tensión. El efecto es igual que pisar a fondo el acelerador del coche al tiempo que se aprietan los frenos. Todo nace del estrés y la tensión causados por el dolor, la frustración o la idea de amenaza. Esta vivencia de estrés se intensifica mediante ideas que potencian la ira. Son los pensamientos activadores de culpabilización y “deberías”. Por ejemplo, “los empleados no deberían ir a desayunar si hay gente esperando en la cola”. Otro activador es la culpabilización: “no hacen su trabajo con ilusión” o “son unos incompetentes”. Si el estrés es el combustible que crea niveles altos de excitación fisiológica, las ideas culpabilizadoras y los “deberías” actúan como la chispa que enciende el fuego. El estrés no es una causa suficiente para la ira, hace falta una “adecuada contribución psicológica” para convertir el estrés en una emoción hostil. Hace falta, igualmente, pensar que las otras personas son malas, injustas, incompetentes y merecedoras de castigo.