Antes, para consolarme, o quizás, el deporte mental que hacía frente a momentos de tristeza o amargura, era decirme que tenía que ser práctica, relativizar las cosas y no darles importancia...
Ahora que soy más mujer, más poderosa e infinitopotencialmente más fuerte que antes, estoy de nuevo sintiendo esa sensación de amargura que tenemos cuando nos hieren, de alguna u otra forma. no es como antes. No es que me guste sufrir, ni mucho menos, pero me alegro de que no me tome las cosas como antes, tras esa lágrima que se me ha escapado, he disfrutado de una victoria más sobre esos espejismos que nos pone la vida, y que parecen enormes adversidades. Sigo pensando que hay que reirse de todo. Le damos importancia a cosas, que la verdad, no merecen la pena...