Descripción: En una de esas épocas inciertas, la primavera, cuando todo aflora, cuando todo despierta.. me invade la tristeza y al tiempo unas tremendas ansias de vivir. Desilusionada de cosas que antes me apasionaban y que ahora me parecen tan vacías, solo hay dos luces que iluminan mis días y un sol que me da calor para agarrarme con fuerza y no caer rendida en la batalla de la vida. Añoro algunos rasgos de mi personalidad, que alguien me pidió un día que no cambiase, y que se rompieron a fuerza de quebrar mis principios devolviéndome un cierto resentimiento, un cierto temor, mucho miedo y experiencia. Yo que siempre he surgido como el Ave Fénix de mis cenizas, de pronto me siento sin fuerzas, necesito que alguien me levante, que me ofrezca un hombro sobre el que apoyarme, un oído sobre el que deslizar mis confidencias, un aliento en las horas tristes, porque yo, la vida imagen de la felicidad para los demás, la perfecta, la afortunada, también soy humana.
Pronto tuvo que cerrar las páginas de su libro y sucumbir al cansancio acumulado mientras se mecía con el movimiento del autobús. Cesaron las conversaciones, la carretera y vio la imagen de otra ciudad. Campos bastos y verdes, bajo un sol de verano. Un verano lejano, olvidado o quizá no vivido. Cogia flores en el campo, mientras sus pies descalzos se empapaban del frescor de la hierba. Soplaba una suave brisa que mecía sus cabellos y cerró los ojos para aspirar el aroma con fuerza, para retener ese instante para siempre. Se sentía libre, limpia, radiante, con una figura esbelta, como una imagen idílica en el paraiso. Sonaron risas a lo lejos y llevada por una fuerza renovada corrió para buscar su origen, se adentró en el bosque, notaba la aspera tierra en las plantas de sus pies, y las ortigas se ensañaron en sus piernas, pero ahora las risas se oían más claras. Eran de niños. Olvidó el picor de sus piernas y se adentro más y de pronto la luz disminuyó, miró atrás y vio con preocupación que en su loca carrera había perdido el camino. Notó que unas gotas mojaban a intervalos su cara y sintió que se levantaba aire. Le recorrió un escalofrio el cuerpo. Se sintió perdida. Su respiración se volvió agitada y las lágrimas acudían a sus ojos. Se llevo la mano al pecho intentando mitigar el latido desbocado de su corazón. ¿Pero qué demonios estaba haciendo allí?. Las sombras cubrieron el bosque y sintió frio en sus brazos desnudos. Ya no se oían las risas, sólo el rumor de las hojas movidas por el viento que de pronto le pareció el sonido más siniestro del mundo. Retrocedió sus pasos y se hizo más notable el picor de sus piernas y la hinchazon provocada por las ortigas. Se rasco y empezó a apresurar sus pasos buscando salir del bosque. Todos los senderos parecían iguales y ninguno le resultaba familiar. De pronto un sonido la asustó. Adaira se despertó agitada. El ocupante del asiento de al lado la miró con inquisitiva desconfianza ante su rostro agitado. Se frotó los ojos y recobró la noción de donde se encontraba. Sintió frio, como en su sueño. Por suerte, no se había pasado de parada. Se apeó del autobús y enfiló sus pasos a la estación de tren, todavía invadida por la sensación del sueño. Se encendió un cigarro e intentó despertar a la realidad.