Descripción: En una de esas épocas inciertas, la primavera, cuando todo aflora, cuando todo despierta.. me invade la tristeza y al tiempo unas tremendas ansias de vivir. Desilusionada de cosas que antes me apasionaban y que ahora me parecen tan vacías, solo hay dos luces que iluminan mis días y un sol que me da calor para agarrarme con fuerza y no caer rendida en la batalla de la vida. Añoro algunos rasgos de mi personalidad, que alguien me pidió un día que no cambiase, y que se rompieron a fuerza de quebrar mis principios devolviéndome un cierto resentimiento, un cierto temor, mucho miedo y experiencia. Yo que siempre he surgido como el Ave Fénix de mis cenizas, de pronto me siento sin fuerzas, necesito que alguien me levante, que me ofrezca un hombro sobre el que apoyarme, un oído sobre el que deslizar mis confidencias, un aliento en las horas tristes, porque yo, la vida imagen de la felicidad para los demás, la perfecta, la afortunada, también soy humana.
Llovía sobre las aún oscuras calles de la ciudad, y el cielo se tenía en malvas y terracotas que daban paso a los albores de un nuevo día. Revolotearon las palomas de la plaza a sus pasos resonantes sobre el empedrado, levantando una nube blanca sobre su cabeza que se perdió en lo alto del edificio del ayuntamiento con un sonoro grugru diluido por el sonido de los primeros coches que invadían las calles. Sintió frio y se subió el cuello de su jersey al tiempo que cruzaba sus brazos y recogía sus manos bajo ellos como en un íntimo abrazo así misma mientras su mirada se perdía por los escaparates cerrados y recorría las ventanas con avidez buscando rastros de vida en su interior. Miró su reloj y apretó el paso mientras giraba a la izquierda para tomar la calle principal en dirección a la parada de autobús que la llevaría al trabajo como cada día. Distinguió a lo lejos las figuras de los habituales madrugadores que coincidían con ella en su espera, tan familiares y tan extraño. Le gustaba observar sus ropas, sus peinados, sus caras, porque de un tiempo a esta parte, era lo que rompía la monotía diaria y la hacía consciente de que empezaba un nuevo día, igual al otro y tan distinto. Se cruzó con el barrendero huraño que interponía su carro de basura siempre en su camino y lo esquivo evitando mirarle, era su forma de devolverle el agravio. Se abrió una puerta unos pasos más adelante, un coche salía del garaje y apresuró sus pasos para adelantarse a la maniobra sin conseguirlo. Este nuevo obstáculo puso tensión en su rostro y no obstante, era algo insignificante en comparación con lo que le sucedería a lo largo del día. Sin embargo, no podía evitarlo. Centro sus esfuerzos en adelantar a la chica que salía de su trabajo en la clínica y siempre la miraba con cara de burla al verla. ¡Como la odiaba! Y sin embargo, no la conocía. El odio es algo tan relativo... Sin embargo ella no odiaba en el sentido estricto de la palabra a nadie, pese a que guardaba en su interior mucho resentimiento con muchas personas que la habían herido en distintos momentos de su vida. Sonaron las campanas de la ermita dando las siete, y su mente voló lejos, al sonido de su pueblo, en el que se crió. Ahora sin embargo, todo era tan diferente... Encendió un cigarrillo y se aproximó a la parada, y se situó en el lateral izquierdo de la marquesina obsequiando con un buenos días que no obtuvo respuesta. Como siempre. ¿Por qué seguía entonces dándolo? Era una respuesta automática de algo aprendido, de educación arraigada, algo que la hacía sentirse persona y diferente. Sonrió. El autobús se aproximaba. Sacó su título de transporte y deslizó sus dedos para extraer el cupón que insertaría en la máquina para acceder. Se hizo paso entre el pasillo lleno de gente para acceder al fondo del vehículo. Jamás llegó a entender el empeño de la gente de quedarse al principio mientras que los pasillos del fondo estaban prácticamente vacios. El autobús inició la marcha y ella se introdujo un chicle en la boca para mitigar el aliento a tabaco y relajar la tensión. Saco su libro y se dispuso a leer.
Esa Adaira que late escondida bajo tu piel, y a quien han herido tanto, tiene gran potencial. Te felicito por tu dominio de la narración y por saber mantener el interés del lector, pero sobre todo porque más allá del talento posees lo que yo llamo "el don especial de la palabra". No dejes de escribir.