Descripción: La historia del amor no es un movimiento en una única dirección en la que haya habido una sucesión escalonada de progresos en la consecución de mayores cotas de libertad. No estamos sino ante una fluctuación continua en la que hay un constante ir y venir, caracterizado, eso sí, por largos periodos en los que parece asentarse una determinada dinámica de comportamiento, capaz de ejercer una influencia notable en el proceder de los ciudadanos. Pero a ello hemos de añadir el nacimiento de muchas variantes, que hacen del amor un misterioso paradigma que continuamente se nutre de nuevos afluentes, que emergen con fuerza reinventando nuevos discursos.
“No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! - y en eso soy irreductible - no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!.”
Oliverio Girondo (1891-1967), poeta de la vanguardia argentina, es el autor de estas originales y seductoras líneas, que son el preámbulo de un poema que termina exponiendo, y proponiendo, el privilegio y el placer que puede otorgar ese aleteo entre las nubes, procurada la imposibilidad de no hacer el amor más que volando.
Escrutando el mensaje de las sábanas que arropan a miles de figuras sin sombra, rápidamente pasamos de la sonrisa a la turbación y a la intranquilidad. Si hacer el amor es ya un hecho bastante extraño, hacer el amor volando tiene que ser un macrofestival emocional sin precedentes. No ya por el acontecimiento insólito que estuviera sucediendo en esos momentos, sino por el sentido placer que otorgaría vida a tan “bienaventurados” amantes, porque de ellos sería el reino de los cielos (como tripulantes que pilotan sin descanso la nave de sus raptos).
El poeta mantiene vivas la ilusión y la esperanza de que el acto sexual se configure sin ninguna sospecha delictiva que traicione el libre destino de un sentimiento, también etéreo. La belleza es delictiva, incluso ofensiva, si de ella depende que seamos o no capaces de volar. Los celos también lo son, y una casa y una lavadora y un niño y... Para volar hay que dejar todo lo que hay en la tierra, tan sólo se necesita un cuerpo... y uno más al lado, para poder compartir el deseo más encendido.
Ya habrá quién se pregunte llegado a este párrafo cómo puede alguien saber en qué consiste ese despegue que, además, merece este espacio dedicado en exclusividad. La respuesta es idéntica a aquella duda que tan a menudo se le hace a los sexólogos con respecto al orgasmo. Quien lo ha sentido, lo sabe. Quien se ha elevado por encima de la cama, tan sólo por un instante, tiene la marca de las alas tallada en su espalda.
Se exploran muchos caminos indagando renqueantes infinidad de poros obstruidos. Y no hay que averiguar y rastrearse sino en uno mismo, en ese mapa vertiginoso donde, también, hay dibujado un minúsculo aeropuerto, oculto en el lado oscuro del corazón, en ese lado donde se alzan ligeras plumas, y una fluorescente pista de aterrizaje.
Estamos, aún con todo, de enhorabuena. Pues también hay patrón para los que vuelan. San José de Cupertino llegaba incluso a flotar por lo alto del refectorio. Y hay quien sugiere que su devoción por el vuelo no era sino una adoración casi carnal por la virgen María.
Lástima, no sé qué día se celebra dicha onomástica. O qué noche.