Descripción: La historia del amor no es un movimiento en una única dirección en la que haya habido una sucesión escalonada de progresos en la consecución de mayores cotas de libertad. No estamos sino ante una fluctuación continua en la que hay un constante ir y venir, caracterizado, eso sí, por largos periodos en los que parece asentarse una determinada dinámica de comportamiento, capaz de ejercer una influencia notable en el proceder de los ciudadanos. Pero a ello hemos de añadir el nacimiento de muchas variantes, que hacen del amor un misterioso paradigma que continuamente se nutre de nuevos afluentes, que emergen con fuerza reinventando nuevos discursos.
Para lograr una aceptación plena de la vivencia de la sexualidad hemos de partir de un hecho natural que, si por algo se caracteriza, es por reconocer dos cuerpos compartiendo las pulsiones que emergen. Pero, sobre todo, dos identidades que sólo pueden alcanzar un mayor equilibrio si respetamos el potencial que posee cada una de ellas que, aunque diferentes, no lo son por doctrinas o manifiestos de narradores de historias oscuras.
Programas terapéuticos que invaden las estanterías en todas las librerías nos invitan a iluminar nuestro interior para poder alcanzar el goce, siguiendo al pie de la letra las instrucciones perfectamente especificadas. Y desde la supuesta ideología de la liberación sólo se nos propone una cosa: una búsqueda laboriosa de la disciplina del orgasmo, creyendo con ello derribar los dos mil años de represión judeo-cristiana.
La proclamación en algunas décadas de que hombres y mujeres eran exactamente iguales ha hecho posible que desde la sexología y otros ámbitos se manifestaran ciertos intentos por equiparar la sexualidad y, con ello, proclamar el orgasmo (por ejemplo) como un derecho democrático en el que convergían los placeres de ambos sexos. Cuando en realidad dicha postura no hace sino seguir reiterando el dominio sexual del hombre, situando en la cumbre del placer un instante límite para el sexo masculino, tras el cual se derrite su presencia. Dicho límite no lo ha de ser del mismo modo en el sexo femenino, pero la psicosis del orgasmo no hace sino desvirtuar otro tipo de placeres y otro tipo de comportamientos.
Es decir, hay un continuo intento de imputar idénticos deseos a la mujer y al hombre, y fundar la norma dominante de un sistema amoroso que promueve estereotipadamente el modelo hetero-genital. Pero en ese intento igualitario, en esa búsqueda obsesiva de la uniformidad, se sustituye el término diferencial por el de desviación. Y acaba por convertirse en un orden dominante, prescindiendo de otras muchas formas de lazos de amor.
Sí. Somos diferentes, tremenda y maravillosamente diferentes. Lo somos incluso en nuestras propias experiencias. En lugar de la equivalencia nos corresponde la asimetría, la capacidad de satisfacción sin consignas, la inquietud surgida del propio yo; en definitiva, las inmensas posibilidades afectivas.
Frente a la búsqueda del orden levantan sus voces movimientos feministas, movimientos de gays, de lesbianas, de prostitutas, de travestís, etc., reivindicando una convivencia plural, la puesta en escena de multitud de sexualidades (que también habitan en nuestro interior), la diversidad como patrón de conducta que conlleva la elasticidad o flexibilidad amorosa.
Ante todo se trata de rescatar la sexualidad de todas las constricciones morales, conyugales y heterosexuales que frenan la autonomía; suprimir la “prisión de género” que vence a las singularidades.
Continuar con la tarea de igualación democrática de las condiciones, sin que ello implique la igualación de las divergencias personales.