FUENTE | ABC Periódico Electrónico S.A. (14/04/2009) Hasta ahora se creía que esta grasa sólo la tenían los niños y que desaparecía del cuerpo al llegar a la edad adulta. Pero un informe recién publicado en «The New England Journal of Medicine» sugiere lo contrario.
Los niños tienen grasa buena por lo mismo que la tienen los ratones, un animal pequeño pero con mayor superficie corporal expuesta a los cambios bruscos de temperatura que otros. La Madre Naturaleza, que es muy previsora, entiende que estos organismos menos evolucionados están más indefensos ante el frío. Por ejemplo no son capaces de estremecerse, que es una reacción muscular instintiva para generar calor.
EN EL CUELLO Y LA CLAVÍCULA
Entonces los niños vienen al mundo no sólo con su pan bajo el brazo sino con su abriguito de grasa, que más bien es una mantita de células mayormente concentrada a lo largo y a lo ancho de su espalda. En los adultos donde se ha detectado se encuentra mucho más agazapada y escondida, alrededor del cuello y la clavícula, además de en la columna vertebral.
Esta es una de las razones por la que quizás no se había encontrado hasta ahora. Otra razón es que la grasa buena desaparece en seguida de la vista y del «radar» médico. Entre otras cosas, porque hace falta muy poquita grasa para generar una gran cantidad de energía, asegura a «The New York Times» el doctor Ronald Kahn, jefe del departamento de Obesidad y Acción Hormonal del Centro de Diabetes Joslin, en Boston. Los actuales informes han podido seguirle el rastro gracias a encontrar proteínas implicadas en la combustión de glucosa característica del proceso.
Pero lo más interesante aquí para el ciudadano de a pie no son tanto las causas como los efectos. ¿Significa eso que si tenemos grasa buena en nuestro cuerpo y pasamos el suficiente tiempo expuestos a bajas temperaturas bajaremos peso? En ratones se ha probado y ha sido así. Perdieron un 14 por ciento de su peso y un 47 por ciento de su grasa corporal después de pasar una semana en una habitación por debajo de los 41 grados Fahrenheit (5 grados centígrados), y eso que durante todo ese tiempo se alimentaron con una dieta hipercalórica. También comprobaron que los ratones a los que por alguna razón se les bloqueaba el normal funcionamiento de la grasa buena devenían obesos en condiciones mucho menos propicias a serlo.
La grasa buena es una ventana abierta al propio metabolismo y a cómo el cuerpo de cada uno usa sus reservas de energía. Un cuerpo mejor aprovechado, más «ecológico», es un cuerpo más delgado. Un cuerpo obeso es uno que no sabe cómo reciclarse. O que ya reciclará después, si se impone la mentalidad previsora de las abuelas de llenar las alforjas siempre al máximo por si sobrevienen privaciones o hambrunas, «como en la guerra».
Seguramente no es casualidad que en épocas de estrechez el ideal estético sea más turgente, de acuerdo con la instintiva necesidad de acaparar reservas, mientras que en épocas de prosperidad -aunque ahora quede hasta raro hablar así- se imponga la delgadez como norma. Y es que cuando hay demasiado de todo no sólo queda feo no quemarlo: es que puede llegar a ser incluso peligroso.
¿Es la grasa buena el misterio de esa envidiadísima gente que haga lo que haga y coma lo que coma, parece que no va a engordar nunca? Los médicos creen que han descifrado por lo menos una parte del jeroglífico de las tremendas desigualdades metabólicas entre la gente. De por qué unos tanto y otros tan poco.
MÁS LAS MUJERES
De acuerdo con este estudio, por supuesto la gente delgada tiene más grasa buena que la gente gruesa. Los jóvenes tienen más que los menos jóvenes. Y las mujeres más que los hombres, a pesar de la fama que estos tienen de «adelgazar más» cuando hacen dieta.
Claro que aquí estamos hablando de la piedra filosofal del adelgazamiento, el que surge solo y sin esfuerzo. Por la misma regla de tres se concluye que muchas de las deficiencias que llevan a la gente a engordar tienen su explicación en este factor.