“Se que voy a quererte sin preguntas, Se que vas a quererme sin respuestas”.- Mario Benedetti
Esta carta va dirigida a ti, que iluminaste mis ojos para que pudiera ver la maravilla que se esconde en las pequeñas cosas cotidianas.
A ti que pusiste alas a mi corazón para que volara a paraísos, antes solo presagiados.
A ti que fuiste quitándome, con infinita paciencia, todos los disfraces que me puso la vida, hasta descubrir mi alma de niña, desde la que miro el mundo con asombro.
A ti que me enseñaste la regla de oro para vivir: “Si algo va bien, ¡que suerte! Puedo disfrutar. Si algo va mal ¡que suerte! Puedo ayudar.”
A ti que cuando hablas, cantas; cuando andas, bailas y cuando vives, sueñas.
A ti que con tu magia embelleces todo cuanto tocas.
A ti, por recordarme, la frase del poeta: “Donde hay dos hay dolor, y sin embargo la vida solo empieza donde hay dos”.
A ti que me tratas como toda “loca” quisiera ser tratada: con la paciencia y ternura que tienes con los niños.
A ti que supiste transformar el trabajo en juego y juegas a hacer feliz a todo el mundo.
A ti cuya belleza no reconoces, porque los espejos sienten envidia y no la reflejan.
A ti que convocas a los astros para que mi futuro esté en armonía con mis sueños.
A ti que haces de la realidad un sueño donde es posible cualquier fantasía.
A ti que dictas cada palabra que dibujan mis manos en el teclado y que me sugeriste, sin yo saberlo, el nombre con que las firmo. No llevo mucho tiempo en esto, pero no importa. Solo se me ocurre darte las gracias por las caricias que ha sentido mi corazón. Gracias por mostrar que existe todavía la ternura, por valorar la sencillez llena de contenido en tus palabras, por hacer honor a tu nombre. Papá. Gracias de nuevo.