... una cena elegante en el comedor de un palacio renacentista convertido en restaurante o en hotel, como tantos en las viejas ciudades de Europa. Lámparas de lágrimas y candelabros con velas imparten una liz tenue, alfombras mullidas protegen las antiguas maderas del piso, gobelinos de trescientos años cubren las paredes y frescos mitológicos decoran los techos. Ante las mesas redondas cubiertas con largos manteles y decoradas con orquídeas, se sientan los comensales, de gala, en sillas de respaldos tallados. Rubí y ámbar en las copas, el sonido apagado de las conversaciones gentiles, el tintineo de la plata contra la porcelana... Danzan mesoneros, sacedortes de una misa suntuosa, solícitos, irónicos, llevando y trayendo las fuentes con deliciosos manjares. Una pareja ocupa una de las mesas junto a la ventana. Los pesados cortinajes de brocado están abiertos y a través de los cristales se vislumbran los jardines en sombra, apenas iluminados por una luna tímida. La mujer, espléndida, va toda de terciopelo color sangre, con los hombros desnudos y dos magnificas perlas barrocas en las orejas. El hombre viste de negro, impecable, con botones de oro en la camisa. Mantienen las espaldas rectas y la distancia precisa entre la silla y la mesa, sus gestos son controlados, algo rígidos, como si se movieran en una acartonada coreografía, pero a través de sus gestos estudiados se percibe la atracción mutua como un rio turbulento que amenaza con llevarse todo por delante. Bajo el mantel, las rodillas se rozan por azar y ese contacto, casi imperceptible, los golpea como una corriente poderosa, una llamarada iracunda sube por los muslos y enciende los vientres. Nada cambia en sus posturas, pero el deseo es tan intenso, que puede verse, palparse, como una niebla candente borrando los contornos del mundo circundante. Solo ellos existen. El mesonero se acerca para escanciar mas vino, pero no lo ven. Tiemblan. Ella levanta el tenedor, abre los labios y desde el otro lado de la mesa él adivina el sabor de su saliva y la tibieza de su aliento, siente la lengua de ella moviendose en su propia boca como un molusco sofocante y terrible. Se le escapa un gemido que, de inmediato, disimula tosiendo con discreción y llevándose la servilleta a la cara. Ella tiene la vista fija en la ultima ostra del plato de su compañero, una vulva hinchada, palpitante, indecente, mojada de leche oceánica, síntesis de su propio desvarío. Nada revela la turbación de ambos. En silencio cumplen con decoro, paso a paso, los ritos precisos de etiqueta; pero no oyen las notas del pianista animando la noche desde un rincon del salon palaciego, los aturde el estrepitoso huracan del deseo en sus pechos. Fuerzas primitivas se han desencadenado: tambores y jadeos de guerra, imagenes de carne desnuda y de abrazos crueles, de lanzas inflamadas y flores carnívoras. Sin tocarse, perciben el calor del otro, las formas secretas de sus cuerpos en el acto de entrega y placer. No se miran a los ojos, observan las manos del otro, elevan la copa en un brindis cargado de intenciones, por un instante las miradas se cruzan y es como si se besaran...
Guau..por qué no tengo todavía esta maravilla!! me encánta Isabel, he leído todos sus libros...menos este, pero que mensa que soy!!! la otro parte de la japonesita esta tb. muy sexyyyyy!! Pillina, te lo tenias bien guardado!, jijij besitos, Verónica