Se deviene su canto del capullo,
ánfora selecta, rebosante de sonidos,
que son arias brillantes, decantando sentimientos.
Con acordes dulcísimos me lleva, a la fuente inagotable
de rapsoda, donde poseída,
voy fluyendo abrazada a mi pasión
Viviéndolo me vivo, escanciada en su copa de ilusión.
Sutilmente voy libando este brebaje de palabras
hasta allegarme, intrépida crisálida,
al centro exacto de su sensibilidad,
es testigo venerable de mi transformación
Entonces, ¿Qué importan las distancias, los naufragios?
Sólo basta el dibujo de tu voz sobre la página para
poblar los andenes del poema , con sus trinos y silentes
melodías . . .