La paz de mi país, un sueño largamente acariciado, una esperanza que no declina, la ilusión que parece que por fin se cristalizará. Es lo que con la liberación de nuevos secuestrados, entre ellos Ingrid Betancourt, parece que se acercara, que nos acariciara con una mano cálida y llena de fe. Ojala que ahora, con este golpe que reconozco, fue algo impecable, aunque no soy muy ferviente seguidora de nuestro presidente, las cosas tomen un curso diferente y los enemigos de mi patria, esa gerrilla sin ideales, y ansiosa solo de poder, caiga para siempre en la sombra del olvido. Doy gracias al cielo, me regocijo con la felicidad de estas familias que acogen de nuevo en su seno a sus seres injustamente privados de su preciada libertad. Ojala después de la tormenta llegue por fin la tan anhelada calma.