Descripción: Mi vida, mis sueños... que para el caso es lo mismo... mi vida es un sueño, una esperanza... y estoy dispuesta a compartir unas pequeñas piezas de este puzzle con todos vosotros, por si acaso un día despierto...
Rueda por el asfalto mi vida a cien kilómetros por hora, desde el asiento de un autobús que va tomando mi forma con el paso de los días... Cierro los ojos y me dejo arrastrar por el cansancio, recostada en el frío cristal que dibuja paisajes que conozco de sobra... La autovía traza un sendero entre el mar y la montaña, coches corren monótonos de vuelta a casa, en una rutina que se me antoja una aventura cada mañana... Sonrío, sé que nadie puede verme, pero tampoco me importaría... Me reflejo en el cristal, recorriendo deprisa aquel camino de ida y vuelta que recorro cada día; y me gusto, me gusta el brillo de mis ojos, donde me encuentro, de quien me rodeo, las frases que escojo... Y vuelvo a cerrar los ojos, a sabiendas que no dormiré, entre el murmullo del gentío que habla de mil y una historias que a penas puedo entender... Y, de repente, tu nombre, de una voz cualquiera, en cualquier contexto, de cualquier manera... Tu nombre que se pierde entre el bullicio, entre más de mil palabras sin sentido, como si tampoco lo tuviera... Cierro los ojos, borro la sonrisa, sabiendo que no es el murmullo quien me quita el sueño, quien me despabila...
En sólo unos segundos que me quedan, entre el cansancio y los restos del alcohol, como a cada instante, como en cada momento, dejo volar mi mundo, me evado y te pienso, te siento... Tus manos dibujando mi cuerpo, tus labios susurrando "te quieros"... y saber que sólo es un sueño, aquellas caricias, tan sólo recuerdo... Y esperar, desesperada, disimulando miradas que se me escapan, a que me hagas tuya... Sólo una sonrisa tuya me basta para romper mis promesas, para olvidar aquel amanecer que sé, resignada, que sólo iluminas tú... Y paso por tu lado, con miradas que no sé disimular, miradas que ayer hubieran bastado para provocarte, para hacerte seguir, como un loco, mi estela y que hoy sólo provocan tu indiferencia... Y me basta tu indiferencia para romper mis promesas, para olvidar que prometí olvidarte... Caprichosa, cobarde... Miradas me buscan, me llaman, pero nunca me encuentran... Perdida entre mil historias que invento... cómo sería, sería perfecto... Pero cada vez que juro ser valiente, amarte y poder hablar de amar, esta maldita suerte me vuelve a sorprender hablando en condicional... Qué cansada estoy ya de soñar... Vuelvo a lamentarme, amigo, si es que algún día lo fuimos, vuelvo a desilusionarme, sintiéndote cada vez más lejos y doliéndome cada vez más dentro... Cierro los ojos y te siento y no sabes cómo lo siento...
Quisiera no extrañarte de esta manera, siento cómo me dueles cuando, aún ilusionada, te escribo poemas de amor que soy incapaz de acabar... Se me escapan las palabras que no supe pronunciar y hoy, ni siquiera sé escribir... Sólo un "te quiero" desesperado, algún "te necesito", mientras pasan pesadumbrosas la horas pensando en ti, en tu cara, en esos ojitos que me matan y a la vez me resucitan... Sabiendo a ciencia cierta que muy pronto volvemos a encontrarnos e invento mil historias, mil momentos, mil lugares, mil formas de besar... Aterrada, desde este amanecer en el que ahora habito, temiendo que estas largas horas de espera sean, de nuevo, esa historia, ese momento, ese lugar, ese beso ausente que no me atrevo a inventar...
Seis y veinte de la mañana, los últimos sueños de verano se interrumpen con el sonido de un desconcertado despertador que aún anda medio dormido. Me ciega la tenue luz de mi habitación y el espejo me devuelve una imagen desalentadora. "Dios, qué pelos" pienso, mientras mi reflejo bosteza a sus anchas. Todo está preparado. Mi madre me observa recostada en la puerta como al niño que empieza su primer día de colegio, aquella mirada de años atrás que ya había olvidado. En mi corazón, ni ilusión ni temor; sólo sueño."Me voy, deseadme suerte" La calle aún está desierta, bailando al son del cru-cru de un grillo. Mis pasos retumban en el silencio de la noche junto con el madrugador motor de algún coche. La estación de tren me recuerda que no soy la única superviviente del planeta, que somos unos veinte y nos gusta viajar en tren. Una mecánica voz recuerda una vez tras otra las paradas del trayecto. Aún me queda una hora de viaje y muy poca paciencia. Las huellas del cansancio se reflejan en las sombreadas miradas que se pierden en algún lugar de sus pensamientos. Herramientas de trabajo, jóvenes universitarios, pocos maletines de empresarios y algunos afortunados que bajan en el aeropuerto. Empiezo a darme cuenta que pronto seré una de esas miradas que viajan rutinarias y que intento adivinar. Desde la ventana puedo ver amanecer. Sonrío pensando en que quizá sea ese nuevo amanecer que escribí, aterrada, la noche anterior; intentando disimular para que mis compañeros de viaje no piensen que estoy loca. En Málaga comienzo a encontrar caras conocidas. Un corto trayecto en autobús me lleva, ahora acompañada, a mi destino final: la facultad de Periodismo. Miradas curiosas, clases, desayunos en la cafetería... y de repente, una frase “Los cínicos no pueden ser periodistas”. Por primera vez soy consciente de donde estoy, mientras me aterra pensar que ya decidí mi camino, que estoy ahí para aprender a ser periodista, que mi sueño empieza a hacerse realidad y quizá no esté preparada ni sepa dar la talla, que aquel extraño día sería mi vida durante cuatro años; mientras me pregunto, desde mi pupitre, si será cierto que entre todos aquellos desconocidos, no se esconderá ningún cínico bajo el disfraz de periodista...
En sueños me susurró la noche que, a pesar de su oscuridad, no es eterna... Hoy que ya sequé mis lágrimas, me desperezo y me enfrento, no sin miedo, a una nueva etapa, a un nuevo amanecer... Todos aquellos sueños que me desvelaban, que, frustrados, oscurecieron mis días, todos aquellos que aún llaman a mi puerta y hoy dejo marchar a la deriva, me dieron la fuerza para secar mis lágrimas y escuchar el susurro de aquella noche fría, cuando mis lágrimas gritaban tu nombre entre unas sábanas que me desprotegían... Cuando esta noche cierre los ojos, aún con tu recuerdo y con el alma herida, pondré punto y final al silencio de mis días, dando paso al abrirlos a un sol radiante, un nuevo amanecer, el principio de mi nueva vida...