Mi amiga, mi enemiga que me amabas jugando al ahorcado con las horas de tu piel constelada que sabía a la esencia del vino de tus besos por tí la gota del deseo fugaz se hizo presente en la sala de espera del "ya nunca te veré nuevamente" como Richard Blain mirando a Ilse Lund subirse al aeroplano entre la niebla sepia de Marruecos; y fue hace mucho, porque un día, un triste día, volaron tus pájaros al nido del olvido y no sabemos, nadie sabe, en qué montaña gris ahora se encuentran.
Hoy murió mi madre, y cuando eso ocurre, uno se siente solo, desprotegido, abrumado, triste para siempre, y el tiempo infinito se agolpa, nos duele. Mamá de los besos, de las manos cercanas por las calles de aquel barrio que era nuestro, de los abrazos protectores y la voz de mis mayores, la que escogía los útiles del colegio y el delantal planchado cada día, la de la presencia en la cocina y del postre para mi felicidad de niño, la de la feria y las frutas, la de los viajes en los trenes que iban hacia el norte, la que curaba mis raspones al treparme a los árboles o del fútbol, la de mis primos, la de los tíos de parentescos lejanos, la del calor en los inviernos crudos de mi infancia, la de mi padre, la de mi hermana, la del aroma a pan hecho por tus manos fuertes, mamá... Mamá...
La noche estuvo llena de voces, de ruidos de automóviles, de gente, de truenos de lluvias presagiantes, de corazones de rodillas o extraviados, de líos de faldas, de besos que perdieron el norte y ahora dan la espalda, de útimos tangos en París sin Brando; menos mal que San Antonio oyó mis súplicas y adentro de la casa fluía el amor mientras hablábamos de la película tan mala que vimos en el cine, de los pastorcillos en el Portal de Ana Belén, de los explotadores de la dicha que olvidamos, del deseo enarbolado, del amor abundante de tu boca desbocada.