Ay esos amores como banderas de la patria, exultantes, generosos, libres, amplios, recogiendo la sal de los navíos de las noches y las piedras de la acera bulliciosa; amores de besos heridos como testimonios del incendio de los cuerpos dejaron en mi piel la huella de los nombres de mujeres que no olvido.
Lo sé, lo reconozco, no es difícil advertir que las mujeres me han querido mucho, ...pero yo también las he querido mucho, ...las quiero; perdidas de mí como la arena en el océano o encontradas en la victoria del reencuentro; hijas del amor derramado en transparencias de sueños en la dicha soberana; ...y en el frío me preguntan, (les pregunto): ¿dónde están las llamas de aquel fuego que entibiaba los amaneceres de rocío hechos uno solo, sólo uno...?
La senda del amor florece de lágrimas, de esperas, de desencantos, de engaños maldecidos, de tropiezos; hay que despejar de piedras el corazón para mantener el fuego, la magia, la pureza por si acaso nos llega la persona esperada.
La noche estuvo llena de voces, de ruidos de automóviles, de gente, de truenos de lluvias presagiantes, de corazones de rodillas o extraviados, de líos de faldas, de besos que perdieron el norte y ahora dan la espalda, de útimos tangos en París sin Brando; menos mal que San Antonio oyó mis súplicas y adentro de la casa fluía el amor mientras hablábamos de la película tan mala que vimos en el cine, de los pastorcillos en el Portal de Ana Belén, del atajo entre tus senos que me llevan a tu ombligo, del deseo enarbolado, del amor abundante de tu boca desbocada.
Tu amor es claro, vagabundo, indeleble; me moldeas en tus manos como a la plastilina un niño que es artista, y calzas en mi cuerpo mejor que mi aire y la mejor camisa; mujer de amapola, garganta caliente, de azogue, de opio, hecha de gladiolos, azúcar, sol líquido, me puedes, me besas, me bebes sin pausa, y con disciplina me cortas, me sacas el pudor guardado, por un tajo de deseo profundo y salvaje.