Fuiste el más grande amor de mi vida. Derrochábamos pobreza, dejando un testamento de lágrimas por los deseos materiales incumplidos, y nos limpiábamos las heridas, yo, en las dulces columnas de tus piernas, tú, en mis besos de muchacho indómito y equivocado, inmaduro, desplegando las banderas desgreñadas de la piel en llamas entre esas cuatro paredes en las que rebotaban los fracasos y la ingenuidad de creer que podíamos vencer a las horas, y salir triunfantes sólo a punta de amor. Me morí por tí dos veces, me morí por tí muchas veces, me morí por tí para siempre porque la luz fue oscura en el túnel de la inocencia perdida, y los besos sanguinarios, y los poros destilaron dolor hasta el fin de los tiempos, y recordé tu movimiento de bailarina que yo adoraba, con aquellas calentadoras rosas, y tu cuerpo en el que hundía el mío queriendo perpetuar la felicidad angustiosa de los sin futuro, y te quedaste en mí marcada, en muchas canciones, en las escamas que crecieron rodeando el corazón, y me olvidé de todo, de aquel cuarto pequeño, de tu boca sedienta, de la mies de tu ombligo, del movimiento de tu contorno de arco con la música, de tu voz amándome o echándome en el teléfono, pero nunca de tu nombre de látigo, de veneno, de claridad, de cavidades, de animal salvaje que cruzó, para siempre, las praderas de mi alma.
El amor no es una ciencia exacta eso hay que entenderlo, es cuestión de ir haciendo borrón y cuenta nueva ante los fracasos y los sismos que movieron la estantería de los sueños, el destino envía pequeñas señales y en el exquisito plan divino quién sabe mujer, si cualquier día nos encontramos y sin saber cómo nos sentimos en el cielo por ese accidente afortunado...
Con qué orgullo te he amado en la delicia del sudor desbocado y la danza salvaje del contorno felino que al acecho buscaba tu soberanía. La luna colgada del cielo hacía malabares por mirarnos, voyeurista, a través de la cómplice ventana entreabierta.