Descripción: San Expedito te amo y te necesito, estas en mi corazón, bendíceme y bendice a mi familia, mi hogar, mis amigos y enemigos (por que de ellos tambien aprendí), resguarda mis bienes espirituales, mis sueños y proyectos, sé mi abogado y ejerce tu sabiduría para defenderme de los problemas económicos/financieros/lab orales que padezco. Protégeme de los males que me acechan y aleja de mi a aquellos que solo desean mi perdición... Hoy te pido me concedas la gracia de (decir el pedido) y me comprometo a difundir tu nombre y tu capacidad de escucha en nombre de Jesús...AMEN.
Cuando Dios te hizo mujer, pensaba que el Universo, no se llenaría de estrellas ni la tierra de veneros; ni los arroyos y ríos recorrerían los senderos, ondulados de las sierras en torrentes de misterio. Cuando Dios te hizo mujer, pensó que serías el verso, que escribirían los poetas en la nostalgia de un sueño; recibiendo la dulzura de los arrullos y besos, llenos de gozo y ventura y fragancia de tu aliento. Cuando Dios te hizo mujer, pensó que sólo tu cuerpo sería poesía en el aire, y sensación de deseo que los hombres al mirarte; añoran con sentimiento en una noche de ensueño, los besos que puedas darle. Cuando Dios te hizo mujer, ¡Sólo pensó en admirarte!
Oh, Teresita del Niño Jesús, por favor junta una rosa de los jardines celestiales y envíamela como mensaje de amor. Florecita de Jesús, pedile hoy a Dios que me alcance las gracias que yo ahora pongo con confianza en tus manos.
(Pedir la gracias)
Santa Teresita, ayúdame a creer siempre -como tú lo hiciste- en el gran Amor que Dios me tiene, de modo que yo pueda imitar Tu caminito cada día."
Nacida el 29 de abril en 1347, Catalina (nombre que significa "Pura") era la menor del prolífico hogar de Diego Benincasa. Allí crecía la niña en entendimiento, virtud y santidad. A la edad de cinco o seis años tuvo la primera visión, que la inclinó definitivamente a la vida virtuosa. Cruzaba una calle con su hermano Esteban, cuando vio al Señor rodeado de ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición.
Su padre, tintorero de pieles, pensó casarla con un hombre rico. La joven manifestó que se había prometido a Dios. Entonces, para hacerla desistir de su propósito, se la sometió a los servicios mas humildes de la casa. Pero ella caía frecuentemente en éxtasis y todo le era fácil de sobrellevar.
Finalmente, derrotados por su paciencia, cedieron sus padres y se la admitió en la tercera orden de Santo Domingo y siguió, por tanto, siendo laica. Tenía dieciséis años. Sabía ayudar, curar, dar su tiempo y su bondad a los huérfanos, a los menesterosos y a los enfermos a quienes cuidó en las epidemias de la peste. En la terrible peste negra, conocida en la historia con el nombre de "la gran mortandad", pereció más de la tercera parte de la población de Siena.
A su alrededor muchas personas se agrupaban para escucharla. Ya a los veinticinco años de edad comienza su vida pública, como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Por su influjo, el papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñon para retornar a Roma. Este pontífice y Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; Catalina supo hacer las cosas con prudencia, inteligencia y eficacia.
Aunque analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado Diálogo de la divina providencia, donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Sus trescientas setenta y cinco cartas son consideradas una obra clásica, de gran profundidad teológica. Expresa los pensamientos con vigorosas y originales imágenes. Se la considera una de las mujeres más ilustres de la edad media, maestra también en el uso de la lengua Italiana.
Santa Catalina de Siena, quien murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de treinta y tres años, el 29 de abril de 1380, fue la gran mística del siglo XIV. El papa Pío II la canonizó en 1461. Sus restos reposan en la Iglesia de Santa María sopra Minerva en Roma, donde se la venera como patrona de la ciudad; es además, patrona de Italia y protectora del pontificado.
El papa Pablo VI, en 1970, la proclamó doctora de la Iglesia.
Ella, Santa Teresa de Avila y Santa Teresita de Lisieux son las tres únicas mujeres que ostentan este título.