Descripción: Un blog de poesia...citas.....un poco todo lo que se me ocurra poner!!!asi veo yo mi vida, mi mundo, mi universo.... (La mayoria de los textos y frases no son mias....)
Vivo mojado por mares, de risa, quizás de miedo, o ahogado asfixiante calor, desgastados pasos, trenes y pañuelos, gasolina y l-casei immunitas por los suelos, y por las nubes los sueños, con algodón agridulce se pasa mejor el otoño, con helados negros, corazón de rojo pasión y un final amarillo como el sol, las noches se hacen más cortas, y las penas, bañadas en inconsciencia, con pan, son algo menos... así espero tu vuelta, a mis brazos a lo estrictamente banal y descuidado.
No vivo, transito y me desnudo, veo las flechas y nada veo, necesito una brujula, un señuelo, un "en un rato nos vemos".
Tranquilos, el camino a un más apacible estadio pasa por esto.
Muerete en mis piernas. Dame tu aliento. Sumergete en mi centro. Conquista mis entrañas. Y besame hasta que mis labios se rindan. Derrama tu deseo. Quedate quieto mientras te hago mio. Coge mis caderas, besa mi pecho. Haz lo que quieras. Invademe. Deja que hable tu cuerpo. Y escucha el mio.
Cuando buscaba la salida número 9 en la parte de atrás de Gare de Lyon aún no conocía esa melodía de lluvia intermitente sobre el paraguas por las viñas de Montmartre, ni esas fotografías de la Torre Eiffel con mi rostro por delante, ni estos silencios mirando las nubes desde el avión, tratando de justificar lo que nunca sabré definir. Entonces quizá era pronto para entender por qué olvido mis gafas de sol una y mil veces, o para cantar Peces de ciudad con el sentimiento preciso, o que llegaría a buscar inútilmente aquel amuleto mapuche bajo un sofá naranja. Yo estaba simplemente ahí: entre lo perdido y lo encontrado. Pero algo cambió cuando escuché a Lorca, a Machado, a Neruda y a Alberti en la voz de aquellos poetas franceses de las afueras, tras haber deslizado mis ojos de exiliado sobre el agua del Sena, con Paul Weller diciéndome "You do something to me". En París yo podía recordar con nitidez las tortuosas calles de Venecia, la semana que pasé flotando en el Nilo conversando con Benjamín Prado, los aguaceros en Santiago de Chile, las playas grises de Camogli, las tapas en Granada con Andrés Neuman, el fuego de Bellver y ese etcétera tan largo que incluye a todos los amigos -reales e imaginarios- y a todos los parientes esparcidos por el mundo con gratitud. Finalmente, yo en París debía ser lo más parecido a un personaje de la nouvelle vague, corriendo con mis maletas a cuestas para no perder el avión de vuelta a Barcelona, con multa incluída en el Orlybus. No, París ya no era el Flatiron de Manhattan y, por alguna razón, yo tampoco soy el mismo desde hace mucho tiempo, desde que todas estas canciones, estas fechas, estos besos, estos abrazos y estos lugares en los que he vivido me llevan más allá de la memoria.
Yo vengo de un brumoso país lejano regido por un viejo monarca triste... Mi numen sólo busca lo que es arcano, mi numen sólo adora lo que no existe;
tú lloras por un sueño que está lejano, tú aguardas un cariño que ya no existe, se pierden tus pupilas en el arcano como dos alas negras, y estás muy triste.
Eres mía: nacimos de un mismo arcano y vamos, desdeñosos de cuanto existe, en pos de ese brumoso país lejano, regido por un viejo monarca triste...
Lo peor del amor no es que se termine, sino que se transforme. Y no porque el resultado de esa transformación sea algo malo en sí mismo, sino por lo triste que es comprobar cómo algo que empezó siendo algo grande, épico e inaprensible, termina convirtiéndose ante tus ojos en una cosa portátil, cómoda y segura. Como si compraras una joya de diamantes y con el tiempo te encontraras con vulgares zirconitas, que dan el pego, pero nada más, y encima tuvieras que estar contento por ello. Sin embargo, no hay nada más desolador que ver cómo una de esas pasiones arrebatadas y arrebatadoras que a veces surgen, se transforma ante tus ojos en una relación basada en lo que se supone que debe ser porque así le ocurre a la mayoría de la gente, y algo tormentoso, ardiente e imprevisible pasa a ser algo atemperado, tibio y seguro, donde el sentimiento de compañía y la pereza que da el solo hecho de pensar en empezar de nuevo son los reyes absolutos.
Bueno, quizás sí haya algo más triste que verlo:
Vivirlo y resignarse a que las cosas no puedan ser de otra manera...