El tierno infante carente de prejuicios, encuentra la nariz prominente del cerdo, húmeda e irresistible. El pequeño es cariñoso, ha salido a su padre, y en cuanto ve que algo se mueve se lanza a hacerle mimos y carantoñas. Una valla les separa pero no es óbice para que el morreo se produzca. La ingenuidad de la criatura, alienta al voluminoso cerdo a explorar olores, sabores y mocos del otro lado de su prisión. La complacencia del muchachito, tan confiado, es conmovedora. En la foto se adivina, mas que se ve, los dedos de un adulto embutidos en unas sandalias de verano. Sólo se vé un poco, pero se pueden imaginar lo que vino a continuación; ¡Nene, caca! y apartarlo rapidamente del voluminoso cochino. El cerdo se queda triste en su prisión, el niño llora cuando le separan de su nuevo amigo. La madre enterada, se enfrenta al marido: ¡Por Dios, Pepe, como has dejado que lamiera al cerdo, que mete los morros en cualquier sitio y debe tener muchos microbios! Solo le faltaría eso! Acaba de pasar unos desarreglos intestinales y se va a quedar en los huesos como esto tenga consecuencias. Y le fulmina con una mirada muy explicita: Si es así te las verás conmigo. El chiquillo, mientras los padres discuten, salta y juega; tropieza con una regadera de juguete y cae de boca en la tierra, dándole un buen mordisco en la caída; lo levantan rápidamente, la madre pálida, el padre alarmado y ven con aprensión como el niño entre toses saca tierra y sangre. El padre coge al niño y lo pone bajo el grifo herrumbroso del lavadero, manotea agua que le enjuaga la boca, hasta que esta queda libre de inmundicia. Le observa. Cariño, dice a la esposa, creo que el niño ha perdido el diente que le había salido hace poco. Berreos del niño, sollozos de la esposa y hasta el padre se siente conmovido por el sufrimiento de su nene. Se gira y mira al cerdo que inició la cadena de accidentes con aquellos resultados. Le mira con odio y dice, mascullando entre dientes : "ya te daré a tí" El cerdo tenía la suerte de no entender el humano y no se enteró de las intenciones del airado padre, pero el estaba muy satisfecho de que aquel niñito le distinguiera con unos segundos de confianza y afecto. Después de la cura en que pudieron constatar que el diente estaba en su sitio, un poco baqueteado, pero firme, dieron de merendar a Pepito y se apaciguaron los ánimos. Pepe, salió al patio, se acercó al vallado e introdujo una mano por el entramado metálico, rascando torpemente la testa del cerdo que no hizo más que lo que le dictaba el instinto. Daba este, elocuentes cabezadas de agradecimiento y todos durmieron felices aquella noche. El muchachito tenía el labio hinchado, el diente con ligero movimiento y algo de sangre seca en la comisura de los labios, pero estaba profundamente dormido soñando con besos húmedos, narices prominentes y el olor acre e intenso de aquel animal cariñoso. En el cielo oscuro brillaban las estrellas y una brisa tibia cruzaba los campos.
Cuando el jamón es de Guijuelo, de Jabugo; en resumen del sur de la península, entreverado de deliciosa grasa rosada y perfumada, cortado fino, casi transparente, con su aroma carácterístico excitando las papilas gustativas, ensalivando la boca, preparándola para recibir ese manjar prodigioso, incomparable y sabroso.
Sobre unas rebanadas de pan de hogaza, tostadas al amor del hogar, con un tomate partido por la mitad y frotado por la superficie del pan, apretándolo para sacarle el jugo e impregnarlo con su pulpa; repitiendo la operación por las dos caras de las rebanadas con los tomates necesarios y aceite de oliva virgen aliñando generosamente esa mixtura.
Coger las lonchas de jamón, montarlas en el pan y comerlas al alimón, dejando que te inunde esa reconfortante sensación de placer casi obsceno.
Acompañar todo ello con un vino perfumado de fragancias frutales, seco, aromado de madera, de las abundantes y selectas bodegas de nuestra tierra; la sangre de las viñas.
O de un cava catalán, que merece un punto y aparte; paradigma de los "saraos" más o menos importantes, aunque todos lo son, lagrimeando frescura que se precipita por la botella, mientras el gollete sirve de cauce al reverenciado caldo espumoso. Sentirlo en tu paladar, cosquilleante, seguido de sensaciones gozosas e indescriptibles.
Si a todo ello se le suma un queso con denominación de origen, de los muchos y célebres que hay en nuestro país, caeremos en éxtasis, atravesados por las flechas de una intensa pasión. Cuando el sexo es algo secundario, lejano y engorroso, esas comidas de pecado son lo que nos permite disfrutar de la vida.
Hoy, que tan de moda se ha puesto el cine de vampiros, he recordado el día en que vi "Dracula", en un cine de barrio abarrotado. Cuando Christopher Lee salió de esta guisa, el grito desgarrador fue unánime. No creo que tuviera más de 14 años, pero me impactó y me hizo pensar mas adelante. La película "Dracula", precedida por el libro de Bram Stoker, es un mito basado en el conde Vlad lV Tepes, el Empalador, personaje célebre en la comarca de Transilvania, en Rumania. Por su posición estratégica entre oriente y occidente, este país del Este de Europa, estaba en guerra constante, para contener los afanes invasores del Imperio Otomano, la actual Turquia. Era una lucha cruel entre culturas opuestas y el conde Draculea se hizo célebre por su pertinaz oposición a las tropas invasoras. Su sistema era tan viejo como el mundo. Crueldad sin freno.Ya era célebre por ese rasgo de su carácter. A los otomanos que hacia prisioneros mandaba empalarlos, metiéndoles un palo por el ano que le salía por la boca, en vivo, por supuesto. Los dejaba expuestos para aviso a las tropas enemigas, a fin de disuadirles de sus pretensiones. Eso hizo que los otomanos, iniciaran una campaña de desprestigio sobre el cruel personaje. Un héroe para su pueblo; un sanguinario asesino para sus opositores. Con "Crepúsculo" y "Luna Nueva", que no he tenido el gusto de ver todavía, pero he oído grandes elogios sobre ambas, se abre una nueva mirada al vampirismo, al que yo veo otra vertiente. El vampirismo emocional. Esa clase de vampirismo es real y lo ejercen las personas peculiares, que no especiales, de forma consciente o no. Viven de la energías de los otros o de otro en singular. Le "chupan", no la sangre en este caso, sino la "savia" emocional, nutriéndose de ella. Mientras el vampirizado siente que pierde las fuerza, el vampiro, por el contrario, se fortalece. Eso ocurre frecuentemente. Parece ser que estos seres débiles, necesitan una fuente de recursos de la que ellos carecen. No sólo hay vampiros en la literatura y el cine. Caminan por las calles cada día.
La virginidad, hasta hace poco era muy apreciada como impoluta trayectoria de la novia, pruebe inequívoca de su doncellez y honor de su familia.Con el himen integro se sabía que la novia nunca había conocido varón y se había reservado para el que sería su esposo. En algunos pueblos, cuelgan las sábanas nupciales, en el balcón de las casas, para que sus vecinos se enteren de la evidencia de la virginidad en la novia. Ha habido mujeres que han sido repudiadas por sus maridos y devueltas a su padre, como mercancia contaminada. Los gitanos más ortodoxos, comprueban por medio de una mujer mayor y de confianza, la integridad del himen de la novia, mediante una manipulación que le desgarra éste y la sangre se recoge en un pañuelo blanco, atado por el medio, y mostrado con orgullo por los parientes de ella, que la suben en andas y la mecen con cánticos. Los hombres de su familia o por lo menos el padre, se desgarran la camisa, en señal de alegría. Las novias, hace siglos tenían que ser desfloradas delante de testigos; padres o madres y alguna persona de respeto. Las más eran desvirgadas en la intimidad con el marido como único testigo. Ese trocito de piel en la entrada de la vagina, era un bien preciado, a pesar de que el novio esté mas "corrido que una mona". Parece ser que el honor de una familia está en el coño de sus mujeres, como decía Ángeles de Irisarri en uno de sus libros. Ha habido vírgenes que han ido al himeneo ilusionadas, para que su flamante marido pudiera comprobar su lealtad. Algunos ni sabían lo que era. Ah, ¿era eso?, decían aturdidos despues de su primer coito. Ahora, llegar a la edad adulta conservando el virgo se considera una rareza; una verruga que debería extirparse. Y hasta hay voluntarios y voluntarias para "arreglar" a chicas y chicos. ¡Cómo cambian los tiempos! Lo que antes era un requisito indispensable, ahora es una lata.
Nacer marrano tiene sus consecuencias. Nunca será hijo único. Morirá joven y engordará hasta que se le abran las costuras. Se criará entre mierda, comerá insípido pienso, estará prisionero en una sala con otros marranos, con otros compañeros de destino. Su madre será una gorda llena de tetas, preparada para recibir varios vástagos. Se echará sobre un costado para amamantarle a él y a sus hermanos y rara vez verá el campo. No le dejarán hacer ejercicio; solo comer hasta reventar. Se apretujará con los suyos para dormir y holgar. Posiblemente no sabrá nunca quien es su padre y sus hermanos sólo serán rivales de teta. Gruñirá, tendrá el color rosado y los pelos rubios y fuertes. Marrano de granja. Si es un marrano de Extremadura, será negro y muy mimado. Este marranito, también morirá joven, quizá no tanto como su hermano de granja, pero mas tarde o más temprano dará con sus carnes en el matadero. La muerte es muy democrática. El apreciado marrano negro, muy bien alimentado, paseará por la dehesa, comiendo las bellotas que caen de las encinas, en plena naturaleza, con las brisas del campo y los cielos azules. Por lo demás la vida de ambos marranos no se diferenciará tanto. Unos, los de granja, serán la plebe y los negros los más destacados. Marranos los dos. Jamones, morcillas, salchichones, chorizos, pancetas, orejas, morros, patas, lomos, solomillos, etc. salen de sus carnes, como por ensalmo y en las manos expertas de los chacineros se convierten en suculentos manjares. El pobre marrano despreciado y maloliente se convierte en una sinfonía de sabor en nuestro paladar. Loor al marrano, cochino, guarro, cerdo, etc. Su final no ha sido en vano.