Descripción: Aunque estoy casada, para mí el matrimonio por amor es un imposible con el que de momento sólo he podido soñar, pero por fortuna, encontré el amor fuera del muro invisible que forma una alianza. Muchos hombres han pasado por mi vida, ¡muchos! Y aunque he aprendido bastante sobre su modo de ser, aún conservan aspectos que me suponen todo un enigma, y a mayor misterio, mayor atracción; como un círculo vicioso que me roba el corazón ;)
Josh no ha dado señales de vida. Supongo que le afectó que me tomase tantas confianzas con él por escrito y eso le ha hecho poner distancia para estar a salvo. ¡Qué raro es! Puedes hablar de todo con él por teléfono o en persona, pero si se lo escribes, parece que le da tiempo a rumiarlo y a asustarse.
Alan se ha tomado muy a rajatabla lo de no molestarme. Mejor. Pero a mí me fastidia tanto que me pueda andar vigilando en el tuenti, que me da como grima pasarme por allí y que ande pendiente de mis movimientos. Prefiero comprobarlo todo desde el email y si debo responder a alguien, también lo hago con mensajes. No publico nada sólo para que él no lo vea. Lo malo es que debo preguntarle algo y no sé cómo se lo va a tomar. Y es que, esa noche cuando quedamos, yo recuerdo que no se le levantaba y que él quería hacérmelo todo con dedos y boca, pero, y ¿después? Del después no me acuerdo. Supongo que, como siempre, me dormí y él se fué.
Últimamente me duermo en cualquier lado. Pero ha empezado a preocuparme la idea de que después sí que se le levantara y... Ya sabéis. No sois niños. Y yo andaría medio dormida, medio grogui, y no comprobaría el tema del preservativo, que de por sí, excepto Josh, la mayoría de hombres insisten en saltarse. ¿Por qué hacéis eso, chicos? Sobre todo si la mujer os dice que hay riesgo de embarazo. Tengo una amiga que ya esta harta de que cada mes, su amante ocasional decida desobedecer y quitarse el preservativo al final prometiendo correrse fuera. ¿Creeís que eso sirve de algo? ¿Qué? ¿Os hace sentir muy machos dejar a mujeres preñadas a diestro y siniestro? Supongo que sí, ¿qué se le va a hacer? Es lo que la naturaleza os ha grabado en los genes, ¿no? Lo de Alan me preocupa porque preferiría no haberlo hecho con él a todas todas. Pero, ¿cómo se lo digo? Lo más probable es que me mienta, para salvarguardar su autoestima, y ya que yo no recuerdo, se inventé que por supuesto que tuvo una erección. bah, casi mejor olvidarlo y pasar de preguntar, ¿no? Mejor sigo con la fantasía sobre Til...
La tenía delante, y su expresión, de miedo y sorpresa, también podía confundirse con la del primer ataque de un orgasmo. Por unos instantes volvió a verla debajo de él y sobre la arena, todo su empeño puesto en satisfacerla y triunfando. ¡Cuantas noches inciertas se había masturbado con esa imagen de su rostro, con el gozo de saberse un héroe para una mujer!
-No voy a portarme mal esta vez, no temas- dijo tratando de infundirle calma con una sonrisa.
Ella se echó de nuevo hacia atrás, apretándose cuanto pudo contra la valla. Quiso decirle que sí, que más le valía no hacerle más daño, pero recordó cuan poco le agradaban a él los reproches, y a falta de otra cosa que decir, prefirió callar y esperar.
Til tampoco sabía como continuar y mirando al suelo, apartó unos cuantos guijarros con la punta de su zapato, notando como otra vez caía en la trampa de pretender adivinar qué era lo que ella quería oír, y de elegir entre mostrar lo que de verdad sentía o de averiguar qué debería sentir como hombre en una situación así.
-¿Dónde ibas? –preguntó señalando con la barbilla al riachuelo que precedía a la cascada- ¿A saltarlo?
-Quería llegar a la playa del otro lado –repuso ella, acariciando el paisaje con sus pestañas al mostrarle con un mínimo gesto de sus ojos dónde estaba aquel otro lado.
Ya, como si pudiera olvidarlo. Era donde estaba la playa secreta, la playa recóndita, donde tuvo lugar la última noche grandiosa antes de que todo se acabara.
Ella había ido a verle por un par de horas, insistiendo en que él se marchase a las dos para no despertar al guarda, como acostumbraba hacer, a pesar de que esa noche Til había decidido que ya estaba bien de mirar por el bienestar del guarda, cuyo trabajo de todos modos era abrir la puerta a los huéspedes del hotel a cualquier hora de la noche.
-Ahora ya sé por qué te sentaba mal que me fuera a las dos –dijo.
Ella alzó las cejas.
-¿Ah, sí? –repuso súbitamente alegre, porque sus palabras le daban la certeza de que él también se había roto la cabeza analizando los hechos- Y, ¿por qué?
-Porque yo decía que era para volver antes de que el guarda se acostase a las dos, vamos, que era cuando echaba la llave a la puerta y si yo volvía antes de esa hora… -ya iba de camino por la mentira y se detuvo antes de decir que su intención había sido no tener que llamar para entrar sin ser visto y que así nadie hiciera especulaciones sobre lo tarde que regresaba. Tomó aire- Que sí. Que tú sólo podías venir cada dos semanas y era una sandez preocuparse por el Edu, que de todos modos se acuesta a las mil y llames o no llames te ve entrar porque su perro ladra.
¡Ya! ¡Qué bien quitarse un peso de encima diciendo la pura verdad!
Sinmarah también pareció tranquilizarse, dejando descender un poco los brazos a lo largo de su cuerpo, y sus hombros ya no quedaron tan rectos y tiesos.
-Sí, es cierto. No me hacía mucha gracia que no aprovecharas el poco tiempo que teníamos juntos. Habría querido que te quedases toda la noche a mi lado, por supuesto –sonrió nostálgica- O al menos, hasta las cinco de la mañana.
Se rascó la frente y se pasó los dedos por el pelo, recorriendo la cabeza hasta la nuca y dejando luego caer el dorso de su mano por su pecho.
Eso, lo de irse a las dos, era una minucia, ya que al menos quedaba con ella en vez de darle plantón, pero con el tiempo, había habido graves afrentas. A Sinmarah se le fue desdibujando la sonrisa al recordar la última. Dos horas y media llorando en la cama. Jamás en su vida había llorado tanto. Y todo por el modo en el que Til le había hablado, como si la repudiara, como si cumplir la orden de su jefe de ir a decirle que dejase libre Internet fuera peor para él que tener que limpiar los baños del bar en el que trabajaba..
Sinmarah se había quedado petrificada cuando repentinamente se abrió la puerta de la recepción, donde a ella le habían permitido usar el ordenador, y apareció Til, clavándole sus ojos como dardos envenenados de puro odio.
-Que ha dicho el jefe que apagues eso –dijo despectivo y arrogante, alzada la barbilla.
-¡Ey! –se quejó Sinmarah- ¡Él mismo me ha dicho que puedo estar aquí!
A Til le contrarió sobremanera que ella no acatase la orden.
-Ya- replicó huraño- Pero es que tienen abajo que pasar las cuentas y se les corta –concluyó mientras se marchaba.
-¡Espera un momento! –le retuvo Sinmarah, a quién algún bucle extraño entre sus neuronas le hizo albergar una súbita y vana esperanza- ¿Puedes quitarme esto? –le pidió extendiendo el brazo y mostrándole una pulsera tejida que llevaba en la muñeca.
Til respiró por la nariz, con sorna, como si él estuviera muy por encima de realizar tal tarea.
-Eso –pronunció como si se tratara de algo detestable- Mejor te lo quitas tú.
Y se marchó. A Sinmarah aún se le mantuvo el brazo extendido unos segundos, mientras la incredulidad cedía y se desplomaban sus tenues barreras para dar paso al espanto. Se sintió herida por todo el cuerpo, de pecho a espalda y de pies a cabeza. Desolada y maltrecha, apagó el ordenador y casi en estado de shock se encerró en su habitación, donde se tiró en la cama, lamentándose.
Resultaba que la pulsera era un hechizo que le había puesto una mujer en Brasil, una especie de desamarre amoroso para liberarse de Til. Y sólo había dos modos de lograrlo: esperar a que la pulsera se desgastara y cayera por sí misma, lo que podía tardar muchos meses, o pedirle al implicado que la desatara.
Más tarde, cuando el llanto cedió y comenzó una furia nacida de la incapacidad de comprender por qué él la trataba de manera tan miserable, cogió un mechero y lo acercó a la pulsera, pisoteándola sobre el suelo cuando cayó, anhelando su destrucción. Le lanzó mil insultos en pensamiento.
Y fue recordar esa escena y volver a la realidad, cinco años después, con Til junto a ella y con todo el poder para herirla de nuevo. No debía permitírselo.
Pues como el tiempo apremiaba, porque Josh otra vez se va, de hecho, hoy mismo, me entraron las prisas, y ya que el me dijo que le llamase cuando quisiera, le puse en un sms que andaba corta de saldo, y que me hiciera una perdido y le rellamaba desde el fijo. Bueno, tuvo la cortesía de llamarme él directamente desde su móvil, y hablamos, sí. Pero era un mal día. Yo estaba matada de sueño y no me fluían las palabras. Y él iba en un taxi diciéndole al conductor muy a menudo cómo llegar. Y sólo hablamos de libros, carajo. Y al poco, me cortó porque tenía prisa para irse a otra parte.
En ningún momento me ofreció quedar, lo que por un lado me gusta. ¡Es fantástico que hable conmigo pero que no busque sexo! Que vale que desde el punto de vista de un hombre eso sea raro y exraño y que concebís relacionaros con una mujer con la que no os queréis acostar. Pero para mí, ¡es estupendo! No me siento utilizada. El tema, supongo, es que Josh anda de nuevo con la culpabilidad por estar yo casada, y se ha dicho que hablar conmigo se puede todo lo que se quiere, pero no tocarme. ¡Fenomenal! Y, además, estoy verdaderamente cansada y harta del sex0, chicos. Tantas veces me he prostituido, es decir, lo he hecho sin ganas, fingiendo placer, que mi cuerpo ahora dice que no puede más. Sí que ya me venía costando un gran esfuerzo, pero ahora se ha convertido en manía, en trauma, en fobia. ¡No puedo! Son tantos años esperando lograr que un hombre, a parte e f0llar, sea también un buen amigo, y tanto años de acostarme con todos ellos para nada, que he llegado a una calle sin salida.
En fin, eso por un lado. Y lo que pasa, es que ya que hablé con Josh, y recórcholis, llevamos 5 años hablando, pensé que teníamos un mínimo de confianza, me apetecía seguir hablando con él, así que, le "escribí" el resto de la conversación en 3 mensajes por una red social. Y no me ha respondido. Y eso me preocupa. Seguro que me he pasado, piensa que le he revelado algo que él no debería saber y he logrado que se aparte otra vez. Sí que le hablaba de que me quiero divorciar, cosa que he querido hace mucho. Pero lo que me molesta de Josh es que yo adopto el papel de eterna enamorada frustrada de él, y él, de caballero amable que me trata bien hasta que se me calme la pasión. Y claro, cada vez que menciono el divorcio, Josh se echa a correr, temiendo ser el culpable, el que lo ha provocado. Y no es así.
A mí Josh me gusta como persona. Lo de que sea hombre o mujer me da igual, la verdad. Que mola que se un tío atractivo que tiene mucha detrás, y mola su profesión, pero es que, aunque fuera mi vecina de enfrente, ¡me encantaría tenerle como amiga! Y eso quise transmitirle en la carta. No sé si me salió...
Mas, sí la había. Con el tiempo se dio cuenta de que una mujer casada no era como las veinteañeras que él frecuentaba, las que aún ni sabían qué tipo de novio querían. Y una mujer casada tampoco buscaba sexo, sino amor, y ese amor, si lo hallaba, le hacía desplegar un amplio abanico de erotismo, lo que podía confundirse con sexo, cuando en el fondo era que la edad y la experiencia le habían librado de absurdos tapujos y pudores en la cama. Y tampoco andaba tanteando con uno y con otro, sino que escogía al mejor de entre los mejores. No podía arriesgarse a menos, ya que un paso en falso podía provocar la ruptura de una familia.
¡Lástima que no lo viera a tiempo! Ahora estaba tan claro… Cuando le dijo que él lo era todo para ella, cuando cubría cientos de kilómetros sólo para verle un par de horas cada dos semanas. Tenía que haberlo creído, pero era demasiado bueno para ser cierto.
Sinmarah había dejado de exigirle nada para que él se sintiera más feliz, mas Til lo confundió con desapego, quiso de veras comenzar a esforzarse y… ¡una diabólica tsunami de mala suerte arrasó con todo! Por nada del mundo habría querido cometer otro error o hacer algo que la disgustase, pero ocurrió. De repente y sin aviso. Y cada uno, por su parte, lo interpretó mal, y Til siguió creyendo en su versión como la única válida, y a pesar de que fue Sinmarah la que rompió con él y regresó a pedirle perdón a las dos semanas, no quiso escucharla. Ni ese año, ni al siguiente ni al otro. Por eso corrió tras ella, para destapar viejos errores y mostrarlos como lo que eran, actos de amor, y para curarla del sufrimiento que sabía que la había causado, y para volver a encontrarse con esos ojos suyos de pura admiración con quien nadie jamás le había mirado.
Iba a gritarle que le esperase cuando vio que se detenía ante el cercado, por lo que aminoró paulatinamente su paso y se aproximó poco a poco, observando su figura, notando como un cosquilleo le encogía el estómago y como el telón del pasado descendía de nuevo transformando el paisaje, para azotarle con todas las sensaciones vividas tan pronto ella se giró y sus ojos se encontraron, azul con azul, llenando la atmósfera de electricidad.
No os acordaréis seguro, pero igual os suena. Que el año pasado había un camarero (con novia) que me miraba mucho y tal y un día me dijo que sentía algo muy fuerte por mí, y me miraba como si hubiese visto a un ángel, y me pidió un beso, y no me pude negar, pero nos vio un compañero suyo y yo temía que se hubiera enterado la novia, por lo que incluso ahora sigo sin pasar por la tienda donde trabajaba la novia. Pero el otro salí y ¡muy fuerte! Me le encuentro, yo le explico, por amabilidad, porque no me había vuelto a ver el pelo, y me dice que cortó con ella y que ahora tiene piso propio y que vive solo. Y lo más bonito fue que al darme la cuenta, para que mi amiga no se enterara, me escribió su número en el reverso del ticket. Y hoy, voy y me le encuentro. ¡J00der!! ¿Por qué no me encuentro al doble de Til?
Y eso, que el chico este ahora trabaja en un lugar por donde casi es imposible no pasar, y hoy me ha saludado con amplia sonrisa y mirada de muchas esperanzas. Y el otro con el que también estuve, está en otro lado por donde también he de pasar quiera o no, y eso, ¡que me siento acosada! Voy a tener que mudarme lejos de aquí por seguridad, jejeje
Anoche estuve mirando por la ventana 12 minutos sin quitar ojo a ver si pasaba el doble de Til e intentando, cual detective, calcular las horas, pero es muy complicado. Todo apunta a que se tira una hora haciendo footing, pero... Igual planeo salir cada día a tirar la basura con un diferencia de 5 minutos, contando desde el día en que le vi pasar más pronto, a las 21:47, y así, hasta llegar al día en que le vi pasar más tarde, a 22:47. Y cuando le vea, si logro no hacerme notar y seguirle hasta su casa, luego la cosa será fácil. Hmmmm, ayyyyy, en fin, algo en lo que entretenerme, al menos.
Y aquí sigue mi historia inventada...
Habían pasado dos noches en ese hotel. Y la jornada del segundo día él se había portado horrorosamente mal, dejando a Sinmarah sola hasta las diez de la noche, a pesar de que no le tocaba trabajar, a pesar de saber que era una oportunidad que nunca más se repetiría, pues su marido la tenía estrechamente vigilada y rara vez la permitía irse sola y sin su hijo.
Llevaban saliendo el tiempo suficiente como para que hubieran surgido los primeros y educados reproches. Por parte de Sinmarah era que nunca la llamaba, que siempre se iba pronto, que no le daba un beso de despedida cuando le llevaba en coche, que no le regalaba su camiseta, que no le decía cosas románticas o que no salía de la barra a acompañarla al parking cuando le visitaba en el bar. Y por parte de él, que le hiciera esos mismos reproches, pues le recordaba a su madre, siempre sacándole faltas, y que las escasas veces que iba a verle, se pasase el día quién sabe dónde y quien sabe con quién, en vez de hacerle compañía y darle conversación al otro lado de la barra. ¡Ah, y que no le trajese el móvil que tanto le había pedido, ni el CD, ni una copia de sus fotos!
Ella, al menos esa semana en la que estuvo sola, solía aparecer por el bar no antes de las cuatro de la tarde a tomarse el primer café del día, y luego, simplemente desaparecía hasta la medianoche. Por supuesto, Til ignoraba que Sinmarah se marchaba para no resultar pesada con su presencia en el bar, y para no mostrar de modo tan evidente lo muy enamorada que estaba él, ya que, de ser por ella, nada le habría gustado más que transformarse en una bebida poco solicitada y pasarse las horas oculta en una botella, deleitándose con la belleza de Til.
Así, cuando él le preguntó qué había estado haciendo, le mintió, diciendo que se había encontrado con un grupo de amigos y que habían estado en uno de los lagos. Lo cierto era que había estado en una playa remota, sola y aburrida y pensando en él, pero Til la creyó, y por eso la castigó privándole de su compañía aquel día.
Cuando Sinmarah le recogió a las diez de la noche, le entregó una carta muy sincera dónde le explicaba su situación y porque necesitaba que él se comportara tal y como ella le pedía. Incluso le rogaba que aunque no lo sintiera, le dijera que la quería, esa noche al menos, porque pronto le tocaba regresar al vacío de su vida junto a su marido y para sobrevivir, quería atesorar la fantasía de su amor.
-No. Yo paso de decir cosas que no siento –se negó él sin asomo de lástima.
Y es que… ¡odiaba cuando ella sacaba a relucir lo de que tenía que volver con su marido! Siempre se despedía de él con la flotante amenaza de no poder regresar; de que lo intentaría pero no se lo podía asegurar. Y erróneamente, Til creía que cuanto más se hiciese el duro y el desapegado, más ganas le entrarían a ella de intentarlo, pero había estado tirando demasiado de esa cuerda y esa noche, se rompió. Lo vio claramente en los ojos de Sinmarah. Su brillo se apagó de inmediato.
-Está bien. No lo digas si no quieres –le dijo sin mirarle, parpadeando repetidas veces y tragándose con dificultad las lágrimas.
Fue la primera vez que Til se cuestionó su manera de actuar. Siempre había estado seguro de que para conquistar a una mujer había que darle caña, es decir, no llamarla jamás, no molestarse en pedir una cita, no mostrar pena ni gloria al contestar al teléfono por muchos días que hubieran pasado, no concederle ni la cuarta parte de sus caprichos y sobre todo, no pronunciar nada que mirado a través de cualquier prisma pudiera considerarse cursi o romántico. Y la verdad es que le repateaba que las mujeres fueran tan crueles como para darle a uno la patada si hacia algo bueno por ellas. ¿Qué tenía de malo que un hombre te quisiera, eh? Pues no, ellas tenían que destruirlo y destrozarlo y largarse en pos de otro. Pero Sinmarah… Ella era tan diferente a todas, que no le extrañaría que también fuera distinta en eso, pero cuando se decidió a arriesgarse y probar, pareció que ya era demasiado tarde. Era como si Sinmarah hubiera perdido la fe en él. Intentó recuperar la admiración que brillaba en sus ojos al mirarle. Se esforzó en no darse prisa en las despedidas, en besarla siempre que se separaban, en soltar alguna que otra cosa bonita a regañadientes, en caminar de la mano.
-Venga, Til, puedes irte –le decía ella con una sonrisa- Sé que no te gusta entretenerte aquí conmigo en el coche. ¡Vamos, sal, vete!
¡Qué furioso le ponía eso! ¿No tenía él razón? Dale a una mujer lo que te pide y te lo rechazará. ¡No había manera de acertar!
En serio, últimamente estoy tan agotada que creo que mi cerebro esta buscando el modo de dormir como a medias, con lo que hago cosas que no merecen mucha atención y ¡ni me entero! El otro día simpletemente estaba escribiendo, y luego subiendo fotos, y estaba muerrrrta de sueño, pero quería aprovechar para un escaso rato libre que hay, y resulta que me dió por escribir a Josh y a Alán. ¿Seré estúpida? Yo que me había propuesto no ser tan pesada con Josh...
Y bueno, me dice que está muy liado pero que le puedo llamar cuando quiera. Si, ya. Con el rollo de cambiar la SIM, recargarla, gastarme más dinero y otra vez dejar que vea la de dificultades que tengo sólo para poder hablar.
Y a Alan le dije que qué bien, que en cuanto le digo que paso de sex0 desaparece. Y me dice que no es que desaparezca, pero que como estuve muy fría y seca con él, ha pensado que mejor dejarme en paz para no molestarme ni darme quebraderos de cabeza, lo que no indica que no quiera seguir quedando...
Vale, lo de Alan está bien. No me va a seguir agobiando, ¡mejor! En cuanto a quedar con él, ¡nunca más! Y con Josh, mejor me toca a mí proceder como Alan y no molestarle más. Total, lo del teléfono es un engorro...
Y mientras sigue sin ocurrir nada, continuo con mi triste fantasía inventada con Til, mi eterno favorito...
Medio centenar de metros más allá de donde comenzó su huida, se detiene, apoyándose exhausta sobre la gruesa baranda de madera que restringe el paso a la zona donde una laguna se vierte en otra en una cascada. Y allí, cuando su respiración se normaliza, se siente vencida. ¿Para qué luchar contra el dolor? El que lleva años sintiendo es fruto de momentos maravillosos, inolvidables e irrepetibles. El gozo da la medida a las penurias, al igual que el calor se la da al frío, y catapultarse en la mirada de Til es como arrojarse a una caldera de metal fundido, y en contraposición, la separación es como quedar rociada en nitrógeno líquido. Mejor eso, mejor eso que la neutralidad, se dice Sinmarah, y serenamente toma aire y comienza a girarse hacia atrás, aunque el aplomo se le desvanece en un delicioso temblor de adrenalina a medida que su campo de visión avanza.
Al verla echarse a correr, Til la maldice y aprieta los puños, dispuesto a marcharse de allí. Es como si las aristas de todo lo desagradable del pasado que el tiempo había erosionado volvieran a emerger como las púas de un puerco espín.
La vez que ella se fue. ¡Y no sólo esa vez! Porque de haber sido sólo una, el agravio no habría sido tanto, mas habían sido muchas las veces que se había ido dejándole en una insoportable incertidumbre.
Desairado, mira la falda de su vestido danzando tras ella y se da media vuelta, encendiéndose un cigarrillo y caminando hacia su coche. Sin embargo, algo le retiene, como una cuerda invisible atada desde uno de sus tobillos al lugar donde estuviera colocada la colchoneta, y de la escena sexual que allí tuvo lugar, cuando al fin, a la tercera vez, ella se fundió en tornó él, su pensamiento saltó a la habitación de hotel donde le esperaba su novia.
Había querido compartir con Elena la espectacularidad de aquella estancia, con sus tres pisos, la chimenea, el jacuzzi circular, el dormitorio con colcha y cortinajes de terciopelo. Era Sinmarah quién le había obsequiado llevándole allí, y fue como estar dentro de una película.
No sólo era ella inusitadamente sensual, sino que carecía de pudor y desnuda parecía sentirse en la gloria. ¡Y transmitía tanta felicidad! Con la ilusión que sólo la juventud de la que ella ya carecía puede experimentar, le mostró el regalo del hotel: champán francés en cubitera y dos largas copas. Y luego corrió escaleras arriba a enseñarle el dormitorio, y escaleras abajo a enseñarle el impresionante baño con el jacuzzi.
-¡Venga! ¡Vamos a meternos! –prorrumpió quitándose el escaso vestido rosa que lucía y quedándose en ropa interior.
¡Oh, qué bien lo recordaba! Llevaba un sujetador rosa claro y unas braguitas rojas, pero Til estaba un poco acorbadado, casi preocupado por lo que debía haber costado esa habitación. No quería que debido al gasto ella hubiera puesto demasiadas expectativas en él, para no tener que defraudarla.
-¿Seguro que tienes descuento aquí? –preguntó, deseando que de nuevo le mintiera.
-¡Claro que sí! Ya te lo dije. Mi empresa tiene descuentos en muchos hoteles. Se me ha quedado en treinta euros, no te preocupes –le convenció con su habitual voz alegre y cantarina, agudizada por el amor.
-Pero el champán… -objetó- Eso lo has pagado tú.
-¡No! ¡De verdad! Estaba aquí cuando llegué.
Era un poco incómodo salir con una mujer rica, casada y diez años mayor que él, pero Sinmarah, sin duda, sabía como ablandarle el terreno, ya que una cosa era dejarse invitar a lugares caros, y otra, simular creer que el sitio costaba tan poco que ofrecerse a pagarle la mitad habría resultado ridículo. Y él era pobre. Trabajaba de camarero de sol a sol, sin contrato, y su jefe se las ingeniaba para no darle el sueldo del verano hasta el otoño. Siempre tenía que estar mendigándole unos cuantos euros para tabaco.
Recordaba que se duchó y que Sinmarah le hizo una foto completamente desnudo y con sus atributos bien a la vista, lo que después le preocupó que ella tuviera en su poder, cuando llegaron los tiempos de tormenta entre ellos. Pero en el jacuzzi, tenerla en frente, con su bonito pecho acariciado y balanceado por el agua, era más embriagador que el champán y bastó con mencionar querer hacerle el amor para que ella se incorporara y se pusiera sobre él y le catapultara a las más altas cumbres de la felicidad, donde todo era tan perfecto que dolía rememorarlo.
Por eso, cuando le propuso a Elena darse un baño y ella accedió a regañadientes, procurando mantener el pecho oculto en la espuma y luego se negó a hacer el amor porque según ella, los dueños del hotel seguro que escuchaban el ruido de los chorros de la bañera y como ya llevaban más de diez minutos allí darían por hecho que lo estaban haciendo, y eso le daba muchísima vergüenza, a Til se le quitaron todas las ganas de emular el pasado.
-Anda, Til, aquí no. Que esto es un poco de pervertidos. ¿Qué van a pensar de mí mañana?
¡Dios, qué diferente era de Sinmarah! No prestó mucha atención a su novia después de sus palabras. Se puso en cambio a fumar con los ojos entrecerrados.
Y aquí sigo. Es como magia. Sabes lo que quieres que pase pero no lo que va a pasar, y cada palabra pronunciada es como una encrucijada en la que decidir, una apuesta a rojo o negro sobre el destino final y a mí... me quedó bastante lacrimógeno.
Ella roza el agua con la punta de sus dedos, añorando, soñando con que llegara flotando una botella que contuviese un mensaje de él, pero no hay nada, y no se puede exprimir eternamente los recuerdos, ni aún visitando el lugar donde ocurrieron con la esperanza de que de algún modo hubieran quedado permanentemente grabados en la tierra, cual yacimiento para emergencias del corazón.
Oye su nombre, Sinmarah, y aunque supone que es el susurro del viento en las ramas; le embarga el miedo. De pronto le parece que es la voz de su marido, que acaba de descubrirla allí, y si se gira, se encontrará su rostro, pétreo de furia y una tromba de preguntas pronta a derramarse sobre ella.
Cuando lo oye por segunda vez, un escalofrío le recorre los brazos poniéndole piel de gallina. Ha sonado más alto y ha distinguido el timbre inequívoco de su voz. Asustada, gira lentamente la cabeza. ¡Til! Cuando le ve, su cerebro se protege con una intensa descarga de adrenalina, como una sacudida desde su interior.
Se incorpora lentamente, su respiración repentinamente lenta y profunda. ¡Es él! Y el intenso azul de sus ojos brilla como ascuas en la distancia. De pronto, cae un telón y se hace la noche. Ha llegado el actor principal y comienza el primer acto. Sinmarah juraría que casi en una nebulosa puede verse a ellos mismos, sobre el suelo, desnudos. Y después, la cámara cambia de posición y le ve encima de ella, su cuerpo, su pecho sus brazos esculpidos con martillo y cincel. Y un nuevo cambio de escena, que esta vez muestra el dolor. Una patada de agonía en las entrañas, Til huyendo, corriendo, apartándose de ella, y un daño irreparable del que aún no ha conseguido curarse plenamente.
Por nada del mundo quiere volver a sentir ese dolor, pero ahí está él, a no más de cinco metros de distancia, inmensamente poderoso y capaz de hacerla añicos de nuevo.
Camina hacia atrás, queriendo huir, nerviosa, sin saber qué hacer. ¿Qué hace él allí? Una llamita de esperanza surge en su pecho. ¿También habrá ido a rememorar? ¿También la echa de menos?
Cautelosa, otea el horizonte detrás de él, buscando la figura de su novia, sin cesar de moverse hacia el sendero que la apartará de allí.
-¿Por qué estás aquí? –le pregunta en un murmullo, y al instante se arrepiente.
Sólo hay una posible respuesta a esa pregunta que pueda salvarla de un intenso ataque de pena, y no es la que Til va a darle. ¡Hay que impedir que responda!
-Yo…- le dice llevándose una mano a la cabeza y notando un ligero vahído- Volver a verte tan de repente… No me encuentro muy bien y… y de todos modos ya me iba.
Logra concluir la frase y se echa a correr, lejos, lejos, lejos de él, aunque con cada metro que interpone es como si se le desgarrara el alma. No quiere irse, no quiere quedarse, y sobre todo, no quiere comprobar si él la sigue, ya que si se vuelve y descubre que él se marcha, también quedará expuesta a un golpe tan fuerte de dolor que las lágrimas se derramarán de sus ojos hasta dejarla seca. La máquina de tortura se ha puesto en marcha, removiendo viejos sentimientos y dotándolos de su energía original. El encuentro ha reiniciado el engranaje, y el amor y la necesidad de él son dos cilindros que no cesan de aumentar de revoluciones y potencia.