Soy un ser, mitad pájaro, mitad mujer. Soy feliz, mitad por mi vida, mitad por tí. Vivo al viento, dejando atrás lloro y lamento.
Soy mujer, mitad hiel y mitad miel. Soy caricia que latente voy a la deriva. Soy pecado, que en cualquier pecho viviré guardado. Soy otro nombre, que no dirás por ser el de tu amante. Soy otro cuerpo, que en tu cuerpo y mente estoy viviendo.
Vine al mundo con defectos muchos, sentí perder mi juventud, mi mundo, y desperté en mí a la mujer dormida que en mi cuerpo necesita caricias.
Vivo al viento, dejando atrás lloro y lamento. Soy un ser, mitad pájaro, mitad mujer. Soy lo que soy y lo que quiero ser. Soy en la vida con orgullo toda una mujer.
Un ser que aún no acaba de ser, No la remota rosa angelical, que los poetas cantaron. No la maldita bruja que los inquisidores quemaron. No la temida y deseada prostituta. No la madre bendita. No la marchita y burlada solterona. No la obligada a ser buena. No la obligada a ser mala. No la que vive por que la dejan vivir. No la que debe siempre decir que si. Un Ser que trata de saber quién es Y que empieza a existir.
Este es el sueño de una ciudad muy grande –pensamiento que todos llevamos dentro–. Este es el sueño de una ciudad formada de ciudades enterradas, ciudad sobre ciudad. Es un cofre que encierra la imagen de un cielo juvenil, extendido sobre la bella flor de maíz en la gran Tikal. Así fue como los dioses les enseñaron a los hombres las Leyes del Amor, obedecidas en la primera ciudad que se llamó Serpiente con Chorros de Horizontes.
Entre las luces de un día cálido primaveral en la Gran Tikal se recorta la figura imponente del sumo sacerdote, que envuelve el ambiente de incienso, aroma grato a los dioses, Dominadores, Procreadores, Engendradores, Maestros Gigantes, Espíritus del Cielo y de la Tierra Dadores del Amarillo, Dadores del Verde, Dadores de Hijas e Hijos. En cada uno de sus dedos de bronce, un anillo de oro, que hacen que sus manos parezcan girasoles elevados a las divinidades.
La luz matutina se refleja en el rostro y el os cabellos olorosos a estoque raque y a hojas de limón de ilustres doncellas que en sus delicadas manos llevan las ofrendas para los dioses, ofrendas para bendición de los novios.
En las manos de la principal, el amarillo del maíz, el color de la mañana, magia del color amarillo de la mañana, el color de la riqueza y la provisión. Dioses buenos: sustentad al hombre, sustentad a la mujer, que el maíz no falte, que con sus fuerzas os bendigan y se nutran con el alimento que vuestra mano coloca en su boca.
Los frágiles brazos de la más pequeña elevan ofrenda de rosas rojas, para que los dioses bendigan el lecho de las casas, hechas hoy una. Dadores de amor, ved el color de la tarde, magia del color rojo de la tarde, admiradlo y bendecid con amor y pasión a nuestros hijos. Que con el crepúsculo de la tarde no mueran las Leyes del Amor en sus corazones.
Con otro par de agraciadas mano se eleva el verde de la vida, el verde de la fertilidad. Dioses Dadores de Hijas e Hijos, bendecid el vientre de la virgen, vientre que nunca se cierre. Que la semilla del guerrero germine y nazcan vuestros sostenes, vuestros nutridores. Dadles verdes caminos, verdes sendas, y que se extienda sus descendencia a los cuatro ángulos, en tanto exista el alba, en tanto exista la tribu, oh Espíritus de la Tierra.
La última de las doncellas, honorable como sus compañeras, eleva al cielo metales preciosos, reflejo de magia plata y oro, la fortaleza del guerrero, el escudo y la lanza del valiente. Dioses Protectores, cuidad a nuestro hijo, velad por nuestro hermano y no abandonéis a nuestro guerrero cuando combata en defensa denuestro Imperio.
El gozo de los padres resuena en el silencio ceremonioso; la unión de sus hijos es la unión de las dos casas. No es solo una ceremonia, es un pacto que perdurará eternamente para memoria de todas las generaciones del valle. Ambas familias nobles, engalanadas con joyeles que dejan adivinar su posición en el Gran Imperio Maya.
Es después, cuando el regocijo alcanza su clímax, que los invitados a la ceremonia llevan sus obsequios; perlas, diamantes, esmeraldas, ópalos, rubíes, amargaditas, oro en tejuelos, oro en polvo, oro trabajado, ídolos, joyas, chalchihuites, andas y doseles de plata, copas y vajillas de oro, cerbatanas cubiertas de una brisa de aljófar y pedrería cara, aguamaniles de cristal de roca, trajes, instrumentos y tercios cien y tercios mil de telas bordadas con rica labor de pluma. Todo el pueblo ha traído presentes escogidos, ofrendas de las más estimadas.
Los valientes guerreros, varones diestros en el manejo de la lanza, y que enfrentan a pueblos fuertes y prevalecen por el favor de los dioses y por el auxilio de sus nahuales, han regresado de las batallas y se aproximan, abriéndoles el paso la multitud misma, para honrar a los jóvenes novios y rendir pleitesía a quienes consolidarán la unión de las casas de la nación maya.
Por fin, el valiente príncipe guerrero y la bella doncella coronan la dicha de la muchedumbre. Él adorna su real hombro con enjoyada pluma de nahual. Lleva en el pecho conchas de embrujar, tejidas sobre hilos de oro. Guardan sus antebrazos, brazaletes de caña tan pulida que puede competir con el marfil más fino. Y en la frente, lleva suelta la insigne pluma de la garza.
Ella adorna su esbelta presencia con agua de barro sin quemar, que simboliza la virtud de la gracia, con perlas de ámbar en sus orejas, decorando su fémina figura con brazaletes de Uaxactún, tierra de artífices; sostiene en sus manos diez piedras encantadas traídas desde Yaxhá, tierra mística de nubes sacerdotales que hasta hoy guardan su laguna. Con sus cabellos extendidos al aire, coronados con plumas de quetzal y su piel olorosa a vainilla, reverencia al que desde hoy será dueño de su aroma y señor de sus días.
Mariana Alvarez Valenzuela (Inspirado en las "Leyendas de Guatemala" de Miguel Ángel Asturias)