La ausencia se volvió una migraña crónica con la que aprendí a vivir. Ausencia de nada. Ausencia de todo. Tan subjetivo e imperceptible como el agotamiento previo a la muerte. Me quedé inmóvil y ensimismada en un laberinto que nunca debí empezar a recorrer. Creo que solo me aburrí. Tal vez sea la ausencia.
No importa si no es hermoso -la fealdad en el hombre puede despertar ciertos atávicos instintos femeninos – pero es esencial que el pecho sea acogedor y que los brazos ofrezcan la promesa de abrazos apretados y tiernos. Vello en el cuerpo o no, es cuestión de gustos. Personalmente los prefiero tapizados, con espacios de sombras oscuras suaves al tacto, y capaces de llenar el olfato con el olor del día a flor de piel. La cintura que se defina, por favor; que no le sobre, ni le falte, que no acuse el descuido del dueño, mas que en ciertas épocas permisibles donde unas libritas demás, son sólo testimonio de amables libaciones. Las manos son definitivas: deben saber detener la cabeza de la mujer con el celo con que el marinero escatima al viento la única lámpara de aceite en medio de la tormenta; ser ágiles como pájaros o cabras de monte, capaces de la forja del hierro, la lágrima, de esculpir los intrincados artesonados del placer. Las piernas también son importantes pero les perdonamos las torceduras, lo tosco, las imperfecciones, si al encontrarnos con la boca vemos una sonrisa en la que poder confiar y unos ojos que nos aseguren la mañana. La espalda masculina debe ser extensa como una pradera por donde puedan pasear los búfalos y los heliotropos, y es fundamental que en las caderas se alcen dos colinas inequívocas, sólidas, que se nos queden prendidas en la memoria cuando el hombre se vuelva para marcharse, alejándose en la noche. La voz que resuene con vibraciones de bajo pero que sepa modular la tensa y dulce melancolía del acordeón, lamentando el fin de la luna en la ventana. El hombre, al fin, ese mítico animal que reinventa siglo tras siglo las quimeras que pueblan las obsesiones femeninas, habrá de conservar, –perdida la absoluta hegemonía – todas aquellas cosas galantes, fuertes, acogedoras, que, a pesar de todos los pesares, lo mantienen sólidamente anclado, en el profundo, incansable mar, de las hembras.
Menuda palabra es “sororidad” para representar todo un concepto científico del feminismo. La primera vez que escuché estas cuatro sílabas en una conferencia de liderazgo femenino, creí que la expositora, una joven economista recién graduada, había equivocado la pronunciación de la bien conocida “solidaridad”. Pero no fue así. A lo que ella se refería era a ese extraño valor que parecía estar tomando revuelo entre los círculos feministas y de equidad de género.
La etimología de la palabra “sororidad” viene del latín sor, (o quizá del francés soeur) que se traduce como hermana. De esta cuenta, es que la sororidad es entendida como la hermandad entre mujeres que se saben iguales, por encima de las diferencias sociales, económicas, étnicas, culturales, ideológicas y políticas, y venciendo toda segmentación que los modelos patriarcales establecieron para dividir y confrontar la unidad femenina.
Las mujeres nos criticamos, nos desgarramos, peleamos y competimos por un puesto de trabajo, por la preferencia de nuestros superiores, por la pleitesía de los hombres y al final del día terminamos siendo herramientas de una sociedad androcéntrica donde continuamos siendo relegadas a papeles secundarios.
Sería muy distinta nuestra realidad si, todas y cada una de nosotras hiciéramos de la sororidad nuestro estandarte y en lugar de promover rencillas e ignorar la realidad de sumisión en que muchas de nuestras hermanas se encuentran, implementáramos en nuestros centros de estudios y trabajo una actitud de hermandad y empatía por las mujeres que nos rodean. Mariana Alvarez Valenzuela
¿Cómo decirte hombre que no te necesito? No puedo cantar a la liberación femenina si no te canto y te invito a descubrir liberaciones conmigo. No me gusta la gente que se engaña diciendo que el amor no es necesario -"témeles, yo le tiemblo" Hay tanto nuevo que aprender, hermosos cavernícolas que rescatar, nuevas maneras de amar que aun no hemos inventado. A nombre propio declaro que me gusta saberme mujer frente a un hombre que se sabe hombre, que sé de ciencia cierta que el amor es mejor que las multi-vitaminas, que la pareja humana es el principio inevitable de la vida, que por eso no quiero jamás liberarme del hombre; lo amo con todas sus debilidades y me gusta compartir con su terquedad todo este ancho mundo donde ambos nos somos imprescindibles. No quiero que me acusen de mujer tradicional pero pueden acusarme tantas como cuantas veces quieran de mujer.