Vacío, existencial y de estómago. Lombriz como único habitante del vasto espacio interior.
En las noticias, su imagen sin mirada. En las conciencias citadinas, la culpa. En las empresas, las cajas de Incaparina... apilándose como soluciones mágicas a un problema viejo.
¿Morirá? Seguro, si no lo mata el hambre, lo hará el olvido. Cuando se acabe el tema en los diarios, cuando la culpa quede saldada, ¿quién se acordará del niño? ¿A quién le importa su nombre?
Fue noticia alrededor del mundo la crisis alimentaria que explotó en Guatemala el mes pasado... organizaciones públicas, privadas, comerciales, académicas, religiosas, artísticas, de todo el país se volcaron al corredor desértico de nuestro país (donde las milpas deseosas de lluvia se secaron esperando) para repartir atoles, cereales, frijol, arroz, maíz, aceite, agua y toda suerte de soluciones para palear el hambre... Pero las cajas de cereales tendrán que vaciarse algún día y los granos no serán suficientes para un fenómeno que los guatemaltecos hemos visto aparecer, reaparecer y reaparecer desde que esta servidora tiene memoria... No bastará la ayuda humanitaria, las plegarias se quedarán cortas y definitivamente el demonio del hambre volverá a aparecer en tanto no hagamos algo al respecto...
Cómo amo mi soledad. Ella no es captora de mis sueños, ni autora de mis ansiedades. Es tan sabia mi soledad. A ella le cuento mis secretos, es la única que calma mis temores.
Cómo bendigo mi soledad. No es demonio que me atormenta, sino ángel que me cobija. Es tan dulce mi soledad. No es locura que me arrebata, sino silencio que me sustenta.
¡Cómo es mía mi soledad! Buscando compañía, me pierdo en ella; estando conmigo misma, encuentro sosiego. Es amiga fiel mi soledad. Si la multitud aturde, ella me acoge, y cuando todos se alejan, ella permanece.
No quites de mi la paz de mi soledad, no sea que atándome a tu abrazo me desvanezca en el olvido de la realidad y no sepa más quien soy.
Ella se siente a veces como cosa olvidada en el rincón oscuro de la casa como fruto devorado adentro por los pájaros rapaces, como sombra sin rostro y sin peso. Su presencia es apenas vibración leve en el aire inmóvil. Siente que la traspasan las miradas y que se vuelve niebla entre los torpes brazos que intentan circundarla. Quisiera ser siquiera una naranja jugosa en la mano de un niño -no corteza vacía- una imagen que brilla en el espejo -no sombra que se esfuma- y una voz clara -no pesado silencio- alguna vez escuchada.