Hace rato que la ciudad huele a invierno, aunque el señor de nariz colorada y gorrita de lana aun es temprano de que se haga presente. Pero acaso no es cierto que ¿se puede sentir por las calles el olor a invierno? Es rico... es olor a leños quemándose, a lluvia purificando la atmósfera, a tierra mojada y hierbas humedecidas por el rocío.
El invierno tiene también olor a nostalgias, a algunas lágrimas caídas por amor, a recuerdos borroneados por una nube gris.
Y los recuerdos, siempre, indiscutiblemente me hacen pensar. Muchas veces suelo pensar durante horas, y hasta tal vez la noche entera, aunque me dijeron en más de una ocasión que pensar tanto no es bueno. Y este mes que hoy se inicia he decidido no pensar tanto.
Nuevamente me sorprendo, cayendo en lo simple, en lo obvio, en lo tangible en lo elemental. Y es cuando me siento insulsa, apática, trivial, hueca y con tontos sentimientos que escapan a la locura de ser capturados en la materialidad de las palabras.
Pienso mil ocho mil cosas, pero la impotencia me inunda cuando me sorprendo incapaz de transmitirla en un espacio libre, que espera, ansioso, ser repleto de frases coherentes, de frases con significaciones profundas y mensajes coherentes.
Sin embargo, solo puedo escribir desde lo superficial y decir que a pesar de mi limitación, me estoy esforzando en sentirme bien, continuando en la lucha para ser feliz, cada día, con las pequeñas grandes cosas que me rodean.