Descripción: Montaña fantástica, grandiosa. Que impone su servidumbre a todo el que intenta penetrarla. La gran caprichosa sólo se entrega a los que la aman.
Nadie puede borrar los colores, brillan en cada uno de los rincones de nuestro interior, sólo hay que cerrar los ojos y sentir con el corazón para poder verlos. No son de nadie, es igual que cuando lees un poema, no importa lo que pensara su autor, cada poema vuelve a escribirse cada vez que es leído, se alimenta de las emociones que provoca, las lágrimas, los suspiros, los estremecimientos son su savia, reverdece cada vez que unos ojos se pasean por sus líneas.
Los sueños son poemas sin letra, sin escribirse son los poemas más hermosos, carecen de rima, carecen de lógica, es vida que germina, son resplandores de luz interior que nos llenan, nos adormecen, nos acunan...
De repente surge un sueño, un desvarío, un anhelo y un suspiro se escapa de dentro. Alguien lo escucha y pregunta su por qué. Entonces, en ese preciso instante le miramos y le contestamos que no ha sido nada más que un suspiro. Dentro la luz se enciende, el resplandor nos ilumina y sólo nosotros sabemos el por qué.
Cuando no seamos capaces de soñar y hacer realidad esos sueños, estaremos muertos. Por más líneas paralelas que nunca se crucen, habrá siempre un sueño que las enlace para hacerlos realidad. Los colores se mezclan y unas gotas de agua son el catalizador del resplandor que hace vivos esos sueños, que nos da vida.
En una cama en penumbras, hay dos cuerpos tendidos. Respiran y fluyen libremente como el agua muy pura. Uno al otro se vuelven, y vagan remotos por sus propias llanuras.
Sin relojes ni prisas, habitantes de sueños que logran compartir, ambos sienten... se palpan con la mirada.
Luego acuden las manos buscadoras, dos manos que en la cama forman algo distinto, algo que les une, algo que les pertenece, y abre un espacio sin dueño, vivo organismo latiendo desprendido en un enlace efímero.
Diez dedos como diez ojos quieren trazar un puente, por el que nadie pasa ni puede pasar. La luz del mundo duda todavía en comenzar, y sólo es cierto, y completamente real, el calor de sus cuerpos tendidos que son un solo cuerpo.
Aquí abajo no se escucha cuando aúllan los lobos. Aquí abajo la piel es como un alma acariciada constantemente por olas invisibles. Hay azul por todos lados. Es un abismo que brilla con su propia luz, es un despeñadero para el deseo que se pierde entre los arrecifes sumergidos, las estrellas oscuras, los animales submarinos de la tristeza. Aquí abajo todo es azul.
Huir del mar, saltar todas las cercas. Salir de esa inmensidad de agua y cabalgar sobre el deseo blanco de los unicornios, de los sueños... Hay una voz que llama desde el arco iris, una voz de dulce melancolía que puede guiar hacia el cristal de un castillo. La visión de algo más allá, de algo mejor que la libertad, algo que libere por fin la desnudez del alma...
Quizás sea la música la pregunta a todas las respuestas. Un piano blanco como corcel enloquecido, suena entre sus manos, tibias manos que acarician con fuerza la primera sangre de esas notas. Estampida de sonidos y el sol se abre en púrpura para mostrar nuevos caminos de viento que recorrer...
Las regiones del aire y las regiones del frío que están en el lado oscuro del púrpura profundo, conducen a un bosque. Y el corazón de esa floresta, perdido en la penumbra, oculta la nueva mirada de ese ser que no ha sabido morir: el unicornio blanco que canta con una voz de plata. Irresistible la tentación de tocar ese abismo, de sentir en la mirada esa otra mirada que sólo habla de leyendas... El unicornio se ha convertido tan sólo, por ese instante, en una mariposa de luz con alas y recuerdos imborrables...
El el arco iris es de todos los colores y la montaña es como la respuesta que jamás fue pedida. No hay acontecimiento sin sorpresa, pero el deseo no puede reducirse a ese estupor repentino. El deseo es movimiento que se queda, es el mundo que se abre como una boca de un ser en el vértigo de abismo...
“Antes de mirar los ojos del unicornio, todavía era yo misma”, piensa ella, pero no echa de menos el mar. En realidad ya lo ha olvidado. No hay ya más ideas sobre las olas, sólo la huella de sus caricias escondida entre las costuras de su alma. “Antes de que yo mirase al unicornio, él era aún un ser inmortal y no conocía los deleites del miedo”, piensa mientras ambos cabalgan de nuevo entre profundidades púrpuras y se pierden para encontrar de nuevo los claros del mundo...
El contacto, la caricia... Esa mano que te roza, esa piel que besa tu piel, esos dedos que peinan tu cabello, esas yemas que pasean por tu cara y la colman de ternura, y te recuerdan la hermosura del sentirte querido, acogido... La caricia, el contacto, el abrazo... Algo que te viene y que puedes ofrecer... Poco cuesta, nada... La caricia, el contacto, la ternura, el beso... Esa caricia que se da con los labios en la comisura de la boca sin llegar a tocarlos...
En ellas me sumerjo noche y día, en las horas de angustia o de alegría, en las ansias benditas de mi boca y en las horas eternas de mi algarabía. Podría quedarme así toda la noche, extasiándome con leves dosis. Con la caricia que no sólo excita a la sensibilidad... cada simple movimiento de las manos llega hasta lo más hondo de mí, ese es el lenguaje de las caricias. Una mirada es una caricia que sale del corazón.