Descripción: Montaña fantástica, grandiosa. Que impone su servidumbre a todo el que intenta penetrarla. La gran caprichosa sólo se entrega a los que la aman.
Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar entre los millones y millones que existen, es bastante para ser feliz cuando mira a las estrellas.
En una noche hermosa mira el cielo nocturno y lejano hay unos pequeños diamantes que iluminan la noche hasta el infinito con una luz blanca y cálida que se expande por todo el cielo.
Fija tu mirada a una en particular, aquella que brilla más para ti, sintiendo como su luz te acaricia amorosamente. Cierra los ojos y deja que el corazón hable, deja que tu más anhelado deseo salga de tu corazón para ella.
No dudes nunca en hacerlo y ese deseo se cumplirá para ti, ya que los sentimientos y deseos que salen de un bello corazón son recibidos por las estrellas para que un día, sin pensarlo se hagan realidad…
En época de lluvias por las noches, y si el cielo esta despejado, después de una tormenta, se ven las estrellas más hermosas y brillan más para que las admiremos. En esos momento es inigualable estar recostado en el campo mirando el cielo estrellado mientras a mi lado aparecen las luciérnagas iluminando una noche mágica, brindando un toque de luz que te permite observar lo que hay a tu alrededor, sin ninguna luz artificial que perturbe esa bella imagen, que hace disfrutar más a la vez que guarda en tu baúl de los recuerdos ese momento…
Te beso subiendo escaleras hacia la luna, acaricio tu pecho y naufrago en el como si valle fuese, creo que el cielo a pedazos se esta cayendo, oigo su rugir, se rajan las estrellas, se rompen como cristales las nubes, la tormenta en mis ojos parece surgir y te siento...
Te siento lejos y te siento dentro, y en tu mirada pasión desenfrenada el corazón late sin control, se respira el deseo, un te quiero suspendido en el aire, el oxigeno se esta acabando, hay fuego en mi alma y brilla mi piel si abrazas mi cuerpo, salto y derribo así muros y fronteras, bailo con ángeles que parecen llevarme y acunarme con su voz, nacen alas de mi espalda y me arrastran al mundo de los sueños,
Los lagos parecen mares de lluvia, y las nubes se disipan, las gotas de agua están tras la ventana, y mi sonrisa grita al viento que es libre, que amo, mi pecho quiere volar, mis labios no saben ya hablar, no pienso ni quiero estar atado, me rebelo y me pierdo por tu pelo, por tu olor, te como a besos y te regalo el sol, ardo por tu amor y me consume tu calor.
Tu piel puede erizar mi piel con sólo rozarme, tu mirada me cuenta todo sin hablar, tus manos me derriten al tocarme y tus besos prenden fuego a la pasión que hacen que tu cuerpo se funde al mío sin explicación.
Mis piernas no pesan, camino dejando para ti las huellas, para que sea más fácil tu caminar, para que no te pierdas, en la orilla mis pasos murmuran, dejando susurros atrás, la brisa envuelve mi rostro, dibuja en el sentimientos, las máscaras se desgarran y sólo yo sé que mañana, será fácil despertar, pues tendré tu presencia...
Un ángel sin alas es el fuego de la pasión, es el ser más perfecto que ha podido crear Dios.
Un ángel sin alas es la más hermosa flor que te llena de ternura, alegría y amor, te apoya en la vida, te da su corazón, te cubre con abrazos para brindarte su calor, su cariño y su fulgor.
Todos tenemos un ángel sin alas que nos aviva el corazón, que nos ama más que a nadie, que brilla más que el sol y nos acompaña por la vida para quitarnos el temor.
Dios así lo ha mandado, que un ángel nos llene del amor, por que desde que somos pequeños nos acunan con amor, nos protegen contra todo y nos otorgan lo mejor, dan la vida por nosotros, nos entregan la ilusión, tejen sueños como arañas de esperanza y pasión.
Un ángel sin alas es muy noble de corazón, te llena el mundo de magia, te da el néctar de la vida, es el complemento de tu alma, es el fuego de la pasión, es el ser más perfecto que ha podido crear Dios.
Tu también tienes tu ángel sin alas, es el que siempre ha estado contigo cuando lo has necesitado, tal vez no lo sepas ver, pero él está ahí, a tu lado… mira bien…
Por casualidad ha caído en mis manos este texto y después de leerlo se me ha puesto la carne de gallina, es una conversación peculiar y un poco exensa pero vale la pena llegar al final, es realmente hermoso, que lo disfrutéis.
- Dime, si tuvieras que poner un color al amor, ¿qué color le pondrías?
- A ver... ¿el rosa? Ya sé que es un poco cursi, pero es el color que se suele asociar al amor. ¿Cuál dirías tú?
- El color blanco.
- ¿Blanco? No sé... El blanco se suele asociar tanto a la candidez y a la pureza que no sabría decirte si elegiría nunca ese color para el amor.
- Según tu explicación, no sería mala elección. ¿No ansiamos siempre el amor puro?
- Sí, tú mismo has dicho que eso es lo que ansiamos... Pero es que el amor realmente incluye tantas cosas que, calificarlo simplemente como puro, es un poco arriesgado.
- Te doy toda la razón...
- Entonces, ¿por qué tú lo asocias con el blanco?
- Contéstame tú antes a una pregunta, ¿qué es el arco iris? ¿De dónde sale? Porque a estas alturas no creerás en esa historia del caldero de oro, ¿no?
- No, no me la creo... A ver, el arco iris, si no recuerdo mal de las clases del colegio, es la descomposición de la luz blanca en siete colores al atravesar las gotas de agua... Por eso siempre se ve cuando, inmediatamente después de la lluvia, aparece el sol.
- Muy bien; ahora piensa un poco y verás que tú mismo has respondido a la pregunta.
- A ver, ¿me estás diciendo que asociarías el amor con el color blanco porque en realidad el amor se compone de siete colores?
- Sí, eso mismo.
- ¿No es complicarse mucho?... El amor es amor y ya está...
- Pero ¿de qué se compone el amor?... El amor es rojo, rojo como la sangre que él mismo necesita para existir. Piensa que si la sangre se para en nuestro cuerpo, morimos, porque es fuente de vida, nos alimenta, nos impulsa, acude a las heridas, las cura... ¿Y en el amor? Ante una mirada de amor, la sangre nos hace ruborizarnos; cuando sentimos amor, nos corre la sangre; en el fervor del deseo, nos hierve la sangre; en la culminación de la pasión, la sangre acude. Amor y sangre siempre van parejos porque el uno sin la otra no es nada. Por eso, el rojo del arco iris está presente en el amor.
- Pero, entonces, ¿no bastaría con decir que el amor es rojo?
- Déjame que continúe, por favor... - Te escucho atento.
- El amor no es sólo rojo; es también naranja como...
- Como las naranjas.
- Sí, eso es lo que iba a decir yo. Pero ¿por qué?
- ¿Porque son jugosas? Claro que también las hay secas... No sé, dime tú.
- Si te ofreciera una naranja dulce y una amarga, ¿cuál escogerías?
- La dulce, por supuesto.
- Y si te digo que esa naranja sabrosa tiene un gajo amargo, ¿la elegirías igual?
- Sí, claro. Si me dices qué gajo es, lo tiro; y si no sé cuál es, lo morderé, lo escupiré al descubrir su amargor y después me quitaré ese mal sabor de boca con otro gajo dulce.
- Pues eso es el amor; elegir lo que tú crees mejor a pesar de problemas, de inconvenientes, de pegas o de conflictos. Y una vez hecha tu elección, intentar alejar de él todo aquello que pueda quitarle su dulzura especial, todo aquello que pueda herirlo. Pero, sobre todo, si no es posible evitar un momento amargo, que nunca un solo sinsabor te haga renunciar al amor. El cariño del amor ha de servir para vencer las dificultades y nunca rendirse ante ellas.
- Creo que empiezo a entenderte. ¿Y el amarillo? El amor es amarillo como... ¿qué?
- Amarillo como el sol. - Dudaba entre si ibas a decir amarillo como el sol o como el oro.
- ¿El oro? No, no, no, como el oro, no. El oro es maleable; igual que tú lo puedes modelar a tu antojo, también pueden hacerlo los demás. El oro se ensucia y tienes que pulirlo para volver a verlo brillante; pero, ¿sabes que pasa entonces? Que cuanto más lo frotas, más brillo le das, pero también más se desgasta. El amor es amarillo, sí, pero amarillo como el sol... A ver, dime, ¿qué me puedes decir del sol?
- Pues el sol es una estrella, giramos a su alrededor, nos da luz, calor...
- Eso mismo; giramos a su alrededor, nos tiene atrapados en su gravedad pero, sin embargo, no nos atrae hasta el punto de hacernos caer sobre él y destruirnos. El sol nos ilumina, nos calienta... Pero, ¿y de noche? ¿Ya no hay sol? ¿Dónde se va cuando se oculta?
- El sol está al otro lado del mundo, dando más luz y calor.
- Pero eso tú no lo ves... - No, no lo veo, pero es así, sabemos que es así.
- Y nosotros al sol, ¿qué le damos?
- Pues nada, ¿no? No le damos nada.
- Exactamente lo mismo que pasa con el amor... El amor da y da y da; siempre da y no pide nada a cambio. Y además, aunque no seamos capaces de ver cómo nos da, sabemos que siempre lo hace.
- Con eso, lo que me estás diciendo también es que las demostraciones de amor no deberían ser necesarias.
- Bueno, bueno, ese es un tema algo más peliagudo. En algo tienes razón, en que el amor en principio no se demuestra; pero, dime, ¿quién no ha necesitado ver aunque sea un tímido rayo de sol después de tres días seguidos lloviendo? Y sabes que el sol sigue allí, por encima de las nubes, pero...
- Pero necesitamos verlo con nuestros propios ojos.
- Sí, exacto. Por eso, igual que el amor necesita el amarillo para completar su propio arco iris, nosotros necesitamos verlo. Contéstame a esto, ¿cuándo lo vemos? ¿Cuándo podemos contemplar el amarillo del sol?
- Sólo lo podemos ver cuando el cielo es azul...
- En un día claro y despejado el sol brilla en el cielo, pero en un día gris y lluvioso, podemos suponer que detrás de las nubes está el sol, pero verlo, no lo vemos. Lo mismo pasa con el amor; cuando el amor es azul, cuando es transparente y confiado, es capaz de apreciar el más mínimo gesto que por él se haga. Si no confiamos en el desinterés del amor, dudamos de todo y buscamos casualidades donde tan sólo hay causalidades. Precisamente el amor es también azul, porque el sol tiene su marco perfecto en la nitidez del cielo.
- Y eso querías decir antes cuando has dicho que el tema era delicado; si creemos en el amor, el sol siempre brilla, lo veamos o no.
- Veo que vas cogiendo la idea... Y si mezclamos el amarillo, o sea la generosidad desinteresada, con el azul, o sea la confianza, ¿qué tenemos? - Mezclando amarillo y azul se consigue el color verde. Y mezclando el dar y la fe... ¿qué se obtiene?
- Venga, te voy a dar una pista... Amar es no tener que decir nunca...
- ¡¡Lo siento!!... Esa película la vi.
- No, no, no. ¿Acaso los enamorados no se pisan al bailar? Si después del pisotón, no llega un lo siento, mal te veo, muchacho...
- Vaya, te tengo que volver a dar la razón. Entonces, ¿qué es lo que hay que callarse cuando se ama?
- Amar es no tener que decir nunca gracias, porque uno da y el otro recibe, y el que da lo hace desinteresadamente, en nombre del amor, y el que recibe lo acepta también porque sabe que llega en su nombre. En el amor caben los gestos, sobran las palabras. Por eso, en el arco iris, el verde siempre aparece entre el amarillo y el azul, porque cuando el verde desaparece del amor, significa que no somos capaces de entender que nos dan porque nos aman y no, que nos aman porque nos dan. - Lástima que sólo haya siete colores porque me están gustando tus explicaciones. ¿Cuál toca ahora?
- El siguiente es el añil. Y ya sabes el dicho, “en añil, amores mil”. - No fastidies...
- No fastidio, no... Eso ha sido una broma y no lo ha sido. Te explico... El amor es añil como la tinta de los bolígrafos con los que de pequeños dibujábamos los primeros corazones y con los que luego, de mayores, escribimos cartas de amor apasionadas. Porque el amor es inocencia y es experiencia; es juventud y es vejez; es sabiduría y es ignorancia; es pretender saber y desear desconocer; es razón y es locura; es dar y es entregar. - Por eso decías lo de amores mil.
- Exacto. Hay mil amores en uno, igual que con un solo bolígrafo puedes escribir todo aquello que te dicte tu corazón, pero también la más dura lógica. - Entiendo... Ya sólo nos queda un color, ¿no?
- Sí, el violeta.
- Ahora me dirás que el amor es como una flor y te habrás vuelto cursi.
- Sí, como una flor, pero la flor de las violetas... ¿Sabes que la violeta florece todo el año pero de vez en cuando descansa y luego, cuando vuelve a florecer, lo hace con más fuerza que antes? - Vamos, que el amor necesita un respiro de vez en cuando.
- No, no un respiro para descansar, sino un pensamiento para respirar. El amor tiene una componente irreflexiva, ilógica, absurda, loca; lo que siempre llamamos la ceguera del amor. Pero, ¿acaso no amamos más cuando conocemos?
- También pueden nacer pasiones sin conocer muy profundamente, ¿no crees?
- Claro que sí, pero para eso ya tenemos el rojo. El amor también ha de pensar... Por ese motivo el violeta es el último color del arco iris, porque de él se nutren todos los colores, igual que él se alimenta de ellos.
- Y cuando se van los colores y todo se ve negro... ¿Qué queda entonces? ¿La nada?
- Si nada quedara, nada se podría volver a construir. El negro no es que no hay luz, el negro es ausencia de color. Los colores se retiran pero siguen estando, ocultos, escondidos, esperando poder volver a asomarse y, cuando por fin lo hacen, aparece otra vez el amor.
- Un momento, que hay algo que no acabo de entender. Los colores del amor... ¿cómo se ocultan?
- Por hoy ya es suficiente. Otro día te hablaré de eso. Otro día te hablaré de mí.
- ¿De ti? Pero, ¿quién eres tú?
- ¿Aún no lo sabes? Pensé que me reconocerías porque ya me has visto antes...
- ¿Seguro?
- Sí, seguro que me conoces bien. Yo soy el rojo que no supiste hacer que circulara; el amarillo que exigiste poder ver; el violeta que no supiste hacer florecer de nuevo; el gajo amargo de la naranja que no supiste escupir; el verde de ese gracias que dijiste; el azul que convertiste en gris; y también soy el añil de esa carta que nunca llegaste a escribir. Yo soy el escondite de los colores y, mientras están en mí, soy su refugio y su guardián. Soy el que siempre está latente, pero nunca debemos hacer presente. Yo soy tus dudas, tus temores y tus desconfianzas. Yo soy... el desamor.
- ¿El desamor? Pero, ¿por qué? ¿Por qué me cuentas esto? ¿Quién te envía?
- Tú sabes quién me envía... Yo soy el arco iris que él pintó para ti y tú se lo devolviste teñido de gris.