Empecé a sentir que mis éxitos laborales se acompañaban de mi fracaso para las relaciones. Empezaron a hacerme sentir sola en mi trabajo, a tenderme trampas, a mentir, a calumniarme,a extender rumores, y a pesar de que quería mantenerme fuerte, mi autoestima se iba minando. Mi matrimonio fué lo primero que se fué a pique...y acabé pidiendo la separación y a salir cuando a mis hijos los cuidaba su padre. Y de los amigos que aún conservaba,surgió una relación especial a la que me agarré como clavo ardiente. Todo lo que no había tenido con mi marido y sus problemas económicos, lo tenía ahora con él. Viajes, hoteles de lujo, restaurantes, regalos caros...y estúpida de mi, también malos tratos. Porqué aunque no lo parecía, tenía unos arranques muy extraños y disfrutaba haciendome sufrir cuando por ejemplo más lejos de casa estaba.No soy capaz de contar las amenazas, empujones, huidas y vejaciones a las que me sometía, siempre dándome, una de cal y otra de arena.De esta manera siempre acababa perdonándolo y creyendo que cambiaría. Y llegó el momento del compromiso. De mi puesto laboral tuve que huir, y entonces me sentí la persona más inútil del mundo. Tuve que estar ingresada un mes. Pero yo sentía que nadie podía comprender mi desazón y tristeza y fui sintiéndome como un insecto. Cambié de población para el trabajo. Pero no me fue mucho mejor. Era difícil comprender ciertas cosas de mi. Ese cansancio tan exagerado que empezaba sentir. Las ganas de llorar a la mínima contrariedad. Los ataques de malhumor. Y coincidiendo con ese caos de sensaciones, la falta de compromiso del que se mostró realmente como era. Un señor de ya 50 años con síndrome de Peter Pan,e incapaz de separarse de su mamá. Y de nuevo la tristeza.
Luego vinieron unos años un poco más tranquilos. Sin embargo la ansiedad aparecía cuando menos lo esperaba. Y la medicación se perpetuó en los meses...en los años... Mis niños crecían y más o menos todo estaba tranquilo, a pesar de que toda mi familia debía de cargar con mi angustia crónica y mis idas y venidas a urgencias. Paralelamente a ésto se me presentó la oportunidad de ascender en el trabajo, y los tres primeros años fueron un bálsamo para mis males.Me sentía completa y feliz. Mis hijos adolescentes no me causaban demasiados problemas. Sin embargo toda la familia lo pasó mal con la enfermedad de una sobrina mia que apenas había cumplido los 18. Tenía momentos de plenitud y momentos de gran dolor, pues no acabábamos de ver la luz al final del tunel. Hasta que un día los síntomas de mi ahijada comenzaron a remitir y parecía que a pesar de todo, la paz podía volver a rodear mi vida. Aunque fuera sin poder dejar mi medicación...
En aquellos momentos empecé a levantarme triste por las mañanas. Sin apenas energía. Pensaba que no ibamos a poder afrontar los pagos más básicos y empecé a discutir delante de mis hijos con mi marido. Pensaba que era una mala racha, pero los meses pasaban y en casa el ambiente iba a peor. Fué un dia concreto.Un domingo de primavera. Me desperté con una tortícolis tremenda y tuve que acudir a urgencias porque el dolor podia conmigo. Pero a pesar del tratamiento medico y del fisioterapeuta aquello no remitía. Y cada vez el dolor se extendía más, por los brazos y por el craneo. Me sentia muy enferma.Iba de traumatólogo en traumatólogo, del reumatologo a neurologo, al internista... Pero nada. El dolor aumentaba y mi miedo a padecer algo serio también.Comencé con las palpitaciones y las ideas obsesivas de que a mi o a los mios iba a pasarles algo.El círculo de preocupaciones se iba haciendo grande. Me preocupaba de mis hijos cuando no estaban conmigo.De mi marido. De mis padres.De mis hermanas. De mis cuñados, de todos y cada uno de mis sobrinos. Y aquello no me daba ni un minuto de respiro. Y entonces me enganché al teléfono.Necesitaba saber en todo momento que todo y todos estaban bien. Y aún así dudaba.Hasta que un neurologo me derivó al psiquiatra.Prometió ayudarme. Me diagnosticó ansiedad generalizada y me indico unas sesiones de psicoterapia y unos fármacos.Però mejoraba poco. Y ahora las pequeñas cosas me parecian tan grandes como tener que escalar el Himalaya sin tener equipo. Y de la ansiedad pasé a tener una depresión mayor de la que comenzaba a resignarme a no salir nunca más. Aquello fué el peor sufrimiento que hasta el momento yo había padecido, pues aunque mi razón me decía que todo lo que pensaba no era real ni probable, me sentía impotente para controlarlo. Y los fármacos fueron en aumento. Del alma de la fiesta, de la chistosa, de la hermana e hija alegre pasé a ser la que lloraba por los rincones ynecesitaba un sprai contra el asma para los peores momentos.Hubiera cambiado aquel dolor por un dolor físico, sin dudarlo.
No miento cuando digo que en aquellos años de la infancia de mis hijos fui feliz. Conseguí trabajar media jornada y esto me permitía que a partir de las 2 ya estábamos los tres en casa. Disfruté de sus juegos, de sus avances, de sus aprendizajes, de su cariño, de sus meriendas en el parque. Disfrutamos los cuatro de vacaciones junto al mar, y aunque los peques daban trabajo y sustos varios( pequeños accidentes, enfermedades comunes...) me sentía una madre orgullosa y feliz. De más mayorcitos recorrimos España de camping, y aquellos veranos los recuerdo como los más felices. Disfrutabamos de las pequeñas cosas, de las visitas a los abuelos, de un dia en el zoologico, de una tarde de cine, de un viaje a Eurodisney, que un verano nos pudimos permitir.Que niña volví a sentirme en ese viaje y que maravilloso era ver sus caritas sorprendidas con todas las sorpresas que alli iban descubriendo. Los problemas del día a día apenas me afectaban porque me sentía contenta la mayor parte del tiempo. Después del baño y el pijama me tumbaba en una manta en el suelo junto a ellos y me pedían un cuento inventado. Sus risas, con los disparates que llegaba a contar con esos cuentos que no tenían final, me hacían irme a la cama cansada , pero muy feliz. No fueron pequeños momentos, estaba en un carrusel de vueltas continuas del que no quería bajarme. Pero los años pasan, y un día me di cuenta que habían cambiado.Entraban en la adolescencia.Y casualmente coincidió con un problema de mi marido con su trabajo, y aquello cambió. A peor.Y volvió la depresión.
No entendía nada. Solamente hacía que llorar y asustarme cada vez que iba a cambiar a mi bebé.Pensaba que no respiraba, que estaba adelgazando , que lloraba día y noche porque estaba enfermo. No podía cuidarme de mi hijo mayor.Mis padres y mi tía estaban ahi para ayudarme. Pero yo me encerraba en el baño para llorar porque no quería separarme de mi familia y volver a casa. Nadie me entendía. El niño estaba bien y yo ya me había recuperado de la cesárea.Pero el mundo se me venía abajo.No quería volver a casa. Mi marido insistió en que volvieramos y alquilaramos una casita en la costa brava para pasar el resto del verano. Acepté pensando que así me animaría. Però me equivoqué. Bruno iba con su padre y yo permanecía en la casa dandole el pecho constantemente al pequeño Pol para que no llorara. Y regresé a Barcelona en setiembre, tan triste como había partido. Fué el pediatra quien me recomendó unas sesiones de psicoterapia. Nadie más sabía entender nada de lo que me estaba pasando. Y en diciembre, me dieron el alta. Fué un parto traumático y mi miedo estaba ahí no dejando que disfrutara de esa segunda maternidad.Y esas navidades las pasé mucho más contenta.