Descripción: La vida es un continuo devenir de encuentros y desencuentros, de ellos y sobre ellos aprendemos, amamos, nutrimos nuestro ser...mientras nos acercamos al encuentro final en donde el devenir de la continuidad culmina.
Las hojas caen y sobre el césped yacen sin remedio.
Fueron la dicha de los días pasados; dieron sombra y cobijo; adornaron con belleza singular la piel agrietada y obscura de las ramas; lucieron espléndidas en perfecta armonía con su tronco rugoso y centenario, pero en estos días de otoño su ciclo termina, caen de las ramas para encontrarse con su destino: serán la savia que nutra las raices de su árbol, de su núcleo resistente que siempre vivirá.
Así son mis horas pasadas contigo...que junto a las hojas están cayendo al césped. Ellas perecerán, lo están haciendo ya, una a una han venido desprendiéndose de las ramas del árbol que las sostuvo, y en su honor reconstruyo su existencia en mi recuerdo.
Necesito tiempo, no demasiado para sacarlo del cuerpo y del alma.
Necesito tiempo, unos minutos nada más para volver a mi devocionario y la misa de domingo.
Necesito tiempo, mucho quizá para encontrar al ser que amo ya y aún no conozco.
Necesito tiempo, sólo tiempo para volver a sonreir sin necesitarlo.
Necesito en fin, tiempo y reciedumbre para contar su historia sin desear que no esté bien.
Necesito tiempo para contar nuestra historia y así reconstruir a la mujer que sabe amar.
Pero sobretodo, necesito un aliento de vida, una mirada que me diga: aquí estoy, cuentas conmigo, yo no te engañaré, no te pediré ni te quitaré; aquí estoy para ser y estar contigo, así serenamente, dulcemente, en diáfana escucha y plena entrega.
Para el encuentro se necesita de dos y más aún... se requiere coincidir en medio de millones de seres humanos; se requiere que millones de variables se sincronicen en un momento.
Para decir hola se necesita de dos, y aún más... se requiere crear un nosotros y designar un espacio en medio de muchos espacios para resguardarlo y disfrutarlo, para fundir el cuerpo, disponer la mente y abrazar el espíritu.
Pero para decir adiós sólo se necesita de uno sólo un instante se precisa y con el silencio basta.