Suspiro en vano
por tus lindos ojos,
pues al verlos de lejos, ¿qué gano?
El corazón se me parte
cuando hacia el cielo miras,
y de pronto los giras
con, no sé que arte.
En vano te admiro,
ya trastornado de mente,
pues sufro al verte,
y sufro si no te miro.
Lo mejor es el retiro,
seguir mirando no satisface,
el corazón ya se me deshace
de suspiro en suspiro.
La rosa real de tu sonrisa
provoca el riego artificial
de plasmas sagrados.
El jugo del mármol derrama
su llanto gris
sobre los pétalos esparcidos
contra los vientos elaborados
por la fuerza del sol.
Entre la tierra y las raíces,
nace un destino confrontado
con venas iluminadas
apresadas por la fiebre del olvido.
La idea de la rosa en tu sonrisa
crece roja y fresca
pura de soledad,
aunque tú no quieras
emerge poderosa como otras tantas
labrada con cinceles mágicos.
Un juglar extraviado canta tu canción
para que puedas encontrar
la senda del misterioso amor.
Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.
El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.
Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.
Acércate, poeta; mi alma es sobria,
de amor no entiende -del amor terreno-
su amor es más altivo y es más bueno.
No pediré los besos de tus labios.
No beberé en tu vaso de cristal,
el vaso es frágil y ama lo inmortal.
Acércate, poeta sin recelos...
ofréndame la gracia de tus manos,
no habrá en mi antojo pensamientos vanos.
Pondré en la voz la religión de tu alma,
religión de piedad y de armonía
que hermana en todo con la cuita mía.
¿No has sentido en la noche,
cuando reina la sombra
una voz apagada que canta
y una inmensa tristeza que llora?
¿No sentiste una lágrima mía
deslizarse en tu boca,
ni sentiste mi mano de nieve
estrechar a la tuya de rosa?
¿No viste entre sueños
por el aire vagar una sombra,
ni sintieron tus labios un beso
que estalló misterioso en la alcoba?
Pues yo juro por ti, vida mía,
que te vi entre mis brazos, miedosa;
que sentí tu aliento de jazmín y nardo
y tu boca pegada a mi boca.