Todo lo que siempre necesité saber, lo aprendí de mi Madre:
-Mi madre me enseñó a APRECIAR UN TRABAJO BIEN HECHO: "Si se van a matar, háganlo afuera. Acabo de terminar de limpiar!"
-Mi madre me enseñó RELIGIÓN: "Rezá para que esta mancha salga de la alfombra."
-Mi madre me enseñó RAZONAMIENTO: "Porque yo lo digo, por eso... y punto!!!!"
-Mi madre me enseñó PREVISIÓN: "Asegurate de llevar ropa interior limpia, por si tenés un accidente."
-Mi madre me enseñó IRONÍA: "Vos seguí llorando, y vas a ver como te doy una razón para que llores de verdad."
-Mi madre me enseñó a ser AHORRATIVO: "Guardate las lágrimas para cuando yo me muera!!!"
-Mi madre me enseñó OSMOSIS: "Cerrá la boca y comé!!!!!"
-Mi madre me enseñó CONTORSIONISMO: "¡Mira la suciedad que tenés en la nuca, date vuelta!"
-Mi madre me enseñó FUERZA Y VOLUNTAD: "Te vas a quedar sentado hasta que te comas todo."
-Mi madre me enseño METEOROLOGÍA: "Parece que ha pasado un huracán por tu cuarto."
-Mi madre me enseñó VERACIDAD: "¡¡Te he dicho un millón de veces que no seas exagerado!!"
-Mi madre me enseñó MODIFICACIÓN DE PATRONES DEL COMPORTAMIENTO: "Dejá de actuar como tu padre!!!!!"
-Mi madre me enseñó habilidades como VENTRILOQUIA: "No me rezongues, callate y contestame: ¿por qué lo hiciste?"
-Mi madre me enseñó LENGUAJE ENCRIPTADO "No me, no me.... que te, que te...."
-Mi madre me enseñó técnicas de ODONTOLOGÍA: "Me volvés a contestar y te estampo los dientes contra la pared!!!"
-Mi madre me enseñó GEOGRAFÍA: "¡Como sigan así los voy a mandar uno a Salto y al otro a La Antártida!"
-Mi madre me enseñó BIOLOGÍA: "¡Tenés menos cerebro que un mosquito!"
-Mi madre me enseñó LÓGICA: "Mamá, ¿qué hay de comer?"" ¡COMIDA!"
-Mi madre me enseñó RECTITUD: "Te voy a enderezar de un tortazo!!!" ¡¡¡GRACIAS MAMA!!!.... Madre hay una sola.... LA IMAGEN DE MAMÁ A los 4 años:"¡Mi mamá puede hacer cualquier cosa!" A los 8 años:"¡Mi mamá sabe mucho! ¡Muchísimo!" A los 12 años:"Mi mamá realmente no lo sabe todo...." A los 14 años:"Naturalmente, mi madre no tiene ni idea sobre esto" A los 16 años:"¿Mi madre? ¡Pero qué sabrá ella!" A los 18 años:"¿Esa vieja? ¡Pero si se crió con los dinosaurios!" A los 25 años:"Bueno, puede que mamá sepa algo del tema..." A los 35 años:"Antes de decidir, me gustaría saber la opinión de mamá." A los 45 años:"Seguro que mi madre me puede orientar" A los 55 años:"Qué hubiera hecho mi madre en mi lugar?" A los 65 años:"¡Ojalá pudiera hablar de esto con mi mamá!" HOLA MIS QUERIDAS AMIGAS !!! ENCONTRE ENTRE MIS ARCHIVOS ESTE DOCUMENTO QUE HABÍA GUARDADO HACE TIEMPO ... LO LEI Y ME HIZO REIR DE NUEVO.... Y ACORDARME DE MI MAMÁ ... Y LO MAS GRACIOSO Y LINDO , VERME REFLEJADA EN MUCHAS COSAS , EN MUCHAS FRASES
ESPERO QUE LES GUSTE Y LAS HAGA SONREIR COMO A MI ... LA FOTO ES UN DIBUJITO QUE MI HIJA MAS CHICA ME HIZO HACE UN PAR DE AÑOS ... SON ESOS REGALOS QUE NO TIENEN PRECIO LES MANDO UN BESO Y UN ENOOOOOORME ABRAZO SANDRA
Unica. Se repite una y otra vez. Es la misma palabra que hace eco en varias voces en el salón del ya mítico club Old Christians Rugby Club, donde diez de los dieciséis sobrevivientes (hubo asusentes con aviso) se reunieron con LNR. "Lo nuestro es el resultado de lo que te dicen todos los gurús, esos que hablan del trabajo en equipo; acá hay gente que lo llevó a cabo sin tener esa formación y con sólo 19, 20 años -reflexiona Gustavo Zerbino-. La teoría fue llevada a la práctica y dio resultado."
Fondo izq. a der. P. Algorta, R. Harley, R. Canessa, A. Strauch. Centro de izq. a der. C. Inciarte, T. Vizintin y E. Strauch. Frente izq. a der. G. Zerbino, J. Methol y D. FernándezFoto: Martín Lucesole (enviado especial)
"A veces trato de ponerme fuera de la historia, no es nada fácil, y de ahí puedo ver lo apasionante que es -cuenta Eduardo Strauch-. Es apasionante porque toca todos los aspectos más importantes del ser humano."
(...) "Creo que casi todo los jóvenes que viajamos en aquel avión estábamos dentro de una burbuja. Vivíamos sin mayores problemas, en Carrasco. Hasta ese momento, yo y la mayoría de los pasajeros había tenido una vida muy plácida. Nunca pudimos imaginar que la burbuja iba a estallar de esa manera, con una onda expansiva que nunca más se detuvo." (Eduardo Strauch, pág. 319)
"Miles de veces y gente de todo el mundo nos pidió que nos reuniéramos, que habláramos, que contáramos lo que nos ocurrió. Son pocas las fotos que hay de los 16 juntos. Creo que no hay más de tres, en 36 años", intenta recordar Javier Alfredo Methol sobre las imágenes que los muestran unidos. No todos tenían ganas de hablar y de mostrarse."
-¿Por qué decidieron hacerlo ahora?
Methol: -Porque Pablo (Vierci, el autor) nos pidió que le contestáramos al mundo.
-Y los que no hablaron nunca, ¿por qué sí hacerlo 36 años después?
Pedro Algorta: -Les pregunté a mis hijos y a mis hermanos si querían que yo dijera algo, y para mí sorpresa dijeron que sí, que querían escuchar lo que yo tenía que decir. Por eso, de alguna manera, este libro tiene un valor adicional para mí porque es la primera vez que yo hablo en público de cómo yo viví la Cordillera, nuestra Cordillera. Básicamente, estuve al margen de todo el proceso, lo guardé en una mochila y lo dejé ahí por mucho tiempo; recién ahora vuelvo, de alguna manera, a mirar. De hecho, lo primero que dije cuando me invitaron a participar del libro fue no. Después, decidí abrir un poco la mochila y contar, y también opinar. Aunque vivo en Buenos Aires y ellos en Montevideo, sé lo que hace y deja de hacer el grupo de sobrevivientes.
"(...) A esta altura la montaña es un recuerdo. No critico, ni mucho menos juzgo, a los sobrevivientes que viven con este tema en un presente constante. Pero no es mi caso. Para mí, hoy, es apenas un recuerdo. Un recuerdo que evidentemente tiene una carga especial. Incluso tanto me he distanciado del episodio que guardo pocos recuerdos. Los tengo anotados en unas hojas descoloridas por el tiempo porque forman parte de mi pasado." (Pedro Algorta, págs. 187, 189)
"En realidad, lo que el libro hizo fue enriquecernos a todos. En estas páginas nos enteramos de muchas cosas, muchas de las que nunca habíamos hablado o no nos habíamos animado a decir", confiesa Adolfo "Fito" Strauch.
Y uno de los capítulos que más sacude es, por su brutal sinceridad, el de Bobby François, un hombre que se refugió en el interior del Uruguay para esquivar el hablar del tema. Bobby no estuvo presente en el encuentro. Nadie lo esperaba, porque el resto de sus compañeros bien sabe que no le gusta hablar de los Andes, por lo cual su testimonio en el libro es un descubrimiento de todo lo que no se había animado a contar.
"(...) No me gusta hablar porque sé que les duele a algunos familiares de los que no volvieron. No tenemos por qué, creo yo, recordarles permanentemente lo que sucedió. Ha sido muy difícil enfrentar a las madres de mis amigos muertos y escucharles decir, en mi rostro, que prefieren no verme. Jamás iría a ninguna conmemoración. No puedo ir a un lugar a que me aplaudan. Con la mano en el corazón digo que no comprendo ni nunca comprendí qué es lo que aplauden. No me gusta que me conozcan por el accidente de los Andes. Jamás volví ni voy a volver a la Cordillera. Aprendí la lección. Me ganó; lo tengo clarito. Lo real es que yo no estaba preparado para caerme de un avión en una cordillera, comer gente muerta, soportar treinta grados bajo cero, con diecinueve años de edad. ¿Pero quién lo está? Hay gente que siente compasión o piedad por mi actitud. Yo no la siento. Y si alguien la experimenta, lo corrijo, no me tengas lástima." (Bobby François, págs 254, 255, 257, 259)
Incluso Coche Inciarte prefirió vivir hasta 2002 en silencio, con el dolor y los recuerdos. "(...) Pero los treinta años del accidente fueron un punto de inflexión, porque me di cuenta que lo que no se dice provoca dolor, y que hablar, cura. Creía que me haría bien relatar mi verdad, pero jamás sospeché que les haría bien a otros escucharlo. Es una forma de medir el tiempo: setenta y dos días es mucho para pasarla tan mal, y treinta años es demasiado para mantener el sufrimiento escondido." (pág. 60)
Pancho Delgado, por su parte, siente que su contribución la hizo en aquella conferencia de prensa del 28 de diciembre de 1972, en el gimnasio del colegio Stella Maris Christian Brothers, ante la prensa del mundo."Mejor de lo que hablé en ese momento no voy a hablar nunca más en la vida. Y como además es un tema que me resulta muy doloroso, siempre sentí que no tenía sentido que siguiera hablando, porque lo que había que decir, y en el momento en que había que hacerlo, fue aquella tarde." (pág. 305)
Evolución
"Nuestra historia evolucionó -intenta explicar Gustavo Zerbino- porque nuestro tema tomó trascendencia por el canibalismo y después, con el correr del tiempo, se fue descubriendo que dentro de ese relato hay otros más importantes. Hoy nadie pregunta por cómo nos alimentábamos. Nos hablan de los valores."
"Pero el tema de los muertos siempre está presente", señala Eduardo Strauch.
"(...) Lo primero que aprendimos en la montaña es a decir la verdad: cuando nos rescataron, nos pidieron que negáramos que habíamos comido los cuerpos de los muertos. Nosotros éramos jovencitos y se arrimó gente prestigiosa, con mucho peso, que sus razones tendría, y nos dijo: «Escóndanlo». Pero, ¿por qué? Si lo que había aflorado allá arriba era el respeto a la vida, el respeto a la muerte, si lo que afloró en ese infierno fue el afecto, el único antídoto que conseguía disolver parte de ese dolor. ¿Cómo íbamos a bajar a la vida y lo primero que diríamos sería una mentira?" (Gustavo Zerbino, pág. 152)
La llegada del helicóptero de rescate tras 72 días en la montaña, una imagen inolvidable
"Creo que lo nuestro fue muy adelantado -reconoce Daniel Fernández-. Hay miles de personas que esperan por un corazón, por diferentes trasplantes, o sea que están esperando que alguien muera para poder vivir. Lo nuestro fue lo mismo, pero en otro contexto."
"Si me hubiera tocado en ese momento salvar a los que volvieron yo me hubiera sentido orgulloso -confiesa Methol, que en la montaña perdió a su mujer, Liliana-. El día que yo me muera quiero que mi cuerpo salve a alguien."
"(...) treinta y cinco años después me enteré de otra verdad. Como me veían abrazado a ese cuerpo inerte y congelado (el de Liliana), temieron que enloqueciera, y entonces lo movieron y lo colocaron junto a la trompa del avión, con la madre y la hermana de Nando. Pero jamás la usaron. Y ellos se rieron. Y yo me reí. Luego me miraron y se pusieron a llorar, porque creyeron que yo había sufrido todos esos años con ese pensamiento. Me demostraron, una vez más, la misericordia de la sociedad de la montaña: me estaban preservando." (pág. 172)
El primero en llegar a Montevideo fue Daniel Fernández. "Recuerdo que me cayeron todos los periodistas encima y que la cosa se había descontrolado. Por eso, al día siguiente decidimos con mi familia dar una entrevista a un programa televisivo, desde mi casa. En uno de los cortes se acercó un periodista con un télex (una hoja impresa) y me dijo: «Desde ayer está circulando esta versión. ¿Lo podés confirmar o lo desmentís?». Mi papá notó algo raro y le sacó el papel; después de leerlo agarró al periodista por el cuello. Mi padre estaba enloquecido. Me paré y le dije: «Papá, es verdad, nos alimentamos con los cuerpos». Ahí mismo se puso a llorar y no dejó de abrazarme. En ese momento entendió de qué habíamos vivido todo ese tiempo. Casi todos los padres privilegiaron tanto el hecho de que nos hubiéramos salvado que ni siquiera pensaron en cómo lo habíamos logrado."
"(...) Entiendo por qué se asustaron los tres andinistas que llegaron el 22 de diciembre de 1972. Llegaron a un lugar donde encontraron seres humanos con aspecto de primates, con los cadáveres desmembrados alrededor del avión. Ellos no podían saber si nosotros les íbamos a pegar un hachazo en la cabeza porque habían visto el hacha en el interior del fuselaje. Parecíamos hombres de las cavernas; por eso lo comprendo; nosotros veíamos hombres y ellos veían animales." (Gustavo Zerbino, pág. 155)
Roberto Canessa, quien junto a Nando Parrado llegó al sitio de la civilización, insiste en cómo cambiaron las maneras de ver la historia. "Antes se preguntaban cómo hicieron; en cambio, hoy, la pregunta es por qué lo hicieron, cuál fue el combustible espiritual de cada uno para poder seguir adelante. ¿Qué era lo que nos hacía seguir adelante a cada uno y día tras día? ¿Por qué a algunos se les gastó el combustible y murieron, y por qué otros seguimos? Y eso es lo que la gente está buscando. Quieren encontrar historias de vida de quienes, a pesar de la adversidad, deciden no entregarse. Lo bueno es que somos dieciséis con combustibles diferentes, con dieciséis maneras diferentes de sobrevivir."
"(...) Cada uno de mis compañeros tenía un motivo tan poderoso o más fuerte que el mío que lo impulsaba a tragar el primer bocado. Dejamos de ser aquellos jóvenes alegres para transformarnos en esos seres antiguos, jóvenes-viejos, estigmatizados por la antropofagia, para bajar y seguir bajando hasta descubrir que el límite no tiene fondo, porque éste sólo aparece cuando te mueres." (Roberto Canessa, pág. 31)
Con espíritu rugbier
"Todos teníamos una base rugbística; no todos éramos jugadores, pero sí teníamos esa formación, esos valores que se dan en el equipo -destaca Tintin Vizintín-. Y ese espíritu apareció en el momento en que lo necesitábamos. El capitán del equipo fue el que tomó los primeros días la iniciativa, tomó la bandera para organizarnos, y ninguno de nosotros puso en duda sus decisiones: era nuestro capitán. Todo se diluyó hasta que murió."
"(...) El rugby te enseña a sufrir, y el puesto en el que yo jugaba, el pilar, te enseña a empujar, a no desfallecer, a golpearte, una vez, dos y cien veces contra la pared, que es el pilar contrario, generalmente un tipo cuadrado de más de cien kilos. Y cuando no puedes más, tienes que seguir, porque el límite de tu esfuerzo siempre es flexible y puede estirarse un poquito más. Te acostumbras a que ese esfuerzo suplementario es tu condición natural. Sobre todo esto pensé mucho en la montaña. Desde el momento del accidente me impuse un objetivo, que proviene del rugby: si me iba a morir, si nos íbamos a morir, lo haríamos actuando, dando más de los que podíamos. Es decir, iba a morir de pie, no postrado sobre esas chapas contraídas del avión." (Tintin Vizintín, págs. 277, 278)
-¿Nunca creyeron necesario psicoanalizarse?
Coche Inciarte: -Una vez fuimos. Fue una reunión con una psicóloga y un psiquiatra; recuerdo que estábamos todos en círculo; éramos como 12, 13. Estábamos todos callados; ellos se quedaron callados. Nosotros esperábamos que ellos hablaran primero. Creo que nos quedamos como quince, veinte minutos, y en un momento nos miramos y nos dijimos: "Vayámonos a la mierda". Y nunca más fuimos. Los tipos no sabían qué decirnos, cómo encararnos; lo nuestro no era algo de todos los días. La terapia la hicimos allá arriba. Al no tener punto de referencia no podían hacer nada; somos el primer grupo humano que reconoció lo qué habíamos hecho para sobrevivir.
Daniel Fernández: -Siempre que nos juntamos el tema aflora; de alguna manera hacemos terapia entre nosotros.
Vizintín: - Somos la sociedad de la nieve , y por eso lo hablamos entre nosotros; no necesitamos hacerlo frente a otros.
-¿Por qué creen que la gente necesita de esta historia para enfrentar sus propios problemas?
Eduardo Strauch: -La gente dice: "si ellos pudieron nosotros también. Yo puedo". Es por eso que tantos hacen ese camino hasta la cruz de hierro que se instaló en el Valle de las Lágrimas en enero de 1973. Los mensajes que dejamos junto a las tumbas de los muertos se mezclan con otros mensajes de personas que no conocemos y que dejan allí sus penas, sus pedidos. Es como si depositaran allí su angustia, para luego bajar en paz de la montaña. Por eso, muchos se acercan a las charlas que dan varios de nuestros compañeros; quieren escuchar, necesitan saber que se puede: "Si ellos pudieron, nosotros también".
"(...) Parece una alegoría: si esos jóvenes inexpertos e ingenuos sobrevivieron al accidente del 72, y superaron la valla de los Andes, la vida no puede ser tan difícil. Ese es el razonamiento de toda esa gente que necesita de coraje, de creer en sí misma, que viene a buscar algo que no conoce a este Valle de las Lágrimas, a casi cuatro mil metros de altura. Vienen a preguntarnos cómo hicimos para sobrevivir, y se van con una respuesta tan simple que les sorprende: nunca perdimos el proyecto de escapar, siempre creímos con todas nuestras fuerzas que algo extraordinario era posible. Más que anclarnos en los recuerdos, huimos hacia adelante." (Roberto Canessa, pág. 36)
Sólo las arrugas y el andar más lento dan cuenta del paso del tiempo. Al verlos allí, en medio del campo de juego, ellos se animan a tomas corporales como si tuvieran otra vez 19, 20 años. "Lo digo en el libro -confirma Canessa mientras observa con cuidado a cada uno de sus compañeros-. Fuimos un grupo de jóvenes desgraciados. Ahora somos un grupo de hombres adultos buscéndole un sentido a una gran tragedia que nos sucedió."
Por Fabiana Scherer HOLA AMIGAS... BUENO CON ESTO TERMINO CON LA HISTORIA , YO SEGUIRE LEYÉNDOLA Y APRENDIENDO DE SUS VIVENCIAS ... USTEDES SI QUIEREN TAMBIEN .... ESTO ES UN EXTRACTO DEL ÚLTIMO LIBRO "LA SOCIEDAD DE LA NIEVE" EN LA FOTO ABAJO ESTAN 10 DE LOS 16 SOBREVIVIENTES ACTUALMENTE. UN BESO A TODAS!!! SANDRA
Fernando Parrado es uno de los 16 supervivientes de la tragedia aérea de los Andes que se produjo hace ahora treinta y siete años, en octubre de 1972. Nando –como se le conoce comúnmente–, vivió una de las tragedias aéreas más famosas de la historia: la caída de un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya sobre las montañas de los Andes, entre Argentina y Chile, en octubre de 1972. Llevaba a los jugadores del "Old Christians" –un equipo de rugby de un colegio de Montevideo– a un partido en Santiago de Chile. Nando era uno de ellos, y había invitado a su madre y a su hermana menor a que viajaran con él.
Después de pasar una noche en Mendoza (Argentina) –no cruzaron los Andes en el momento previsto a causa de las condiciones meteorológicas desfavorables–, el avión emprendió camino al día siguiente temprano. Pero el piloto no calculó bien su posición, y el avión se estrelló, dejando la cola por un lado, las alas por otro, y el resto fuselaje en un valle de nieve y piedra, desde donde se veían solamente los picos nevados de las montañas que rodeaban el lugar del accidente.
Durante 72 días tuvieron que luchar contra temperaturas que por la noche bajaban de los 40 grados bajo cero, contra el hambre y la sed, contra el hacinamiento y también contra un hastío y un aburrimiento mortal, en la cima de una de las montañas más altas e inhóspitas del mundo.
Lograron sobrevivir con todas las probabilidades jugando en su contra. Y en gran medida lo lograron gracias a que dos de ellos se jugaron la vida escalando montañas que hasta los alpinistas profesionales consideran una proeza. Sin equipo, sin fuerzas, sin alimentos –salvo la carne humana que llevaban en un improvisado maletín, la única fuente de alimento durante todos esos días en la montaña– y con muy poca protección contra el frío, esos dos jóvenes de 21 años emprendieron una travesía de diez días hasta lograr contactar con otros seres humanos. Gracias a ellos se pudo rescatar a los otros 14 supervivientes que habían quedado esperando arriba, en lo que se conoce como el Valle de las Lágrimas.
El Valle sigue ahora igual que hace 30 años, salvo por una pequeña cruz de hierro que se levanta sobre un improvisado altar de piedra bajo el cual están enterradas algunas de las personas que no sobrevivieron al accidente. Entre ellas, la madre y la hermana de Nando –Eugenia y Susana, respectivamente–, a quienes él tuvo que enterrar, con sus propias manos, en un árido y congelado glaciar. Su madre murió en el mismo momento del accidente. Susana sobrevivió el impacto pero murió a los pocos días en brazos de su hermano: "Lo más difícil para mí fue enterrar a mi madre y a mi hermana con mis propias manos en el hielo", dice Nando.
De esa experiencia desgarradora desde el punto de vista personal quedaron muchas lecciones que pueden suponer una enseñanza. Para superar la tragedia, los supervivientes tuvieron que aprender a trabajar en equipo, a escuchar las buenas ideas de los demás, a innovar y a decidir en condiciones de extrema tensión. "Una de las lecciones que aprendí tuvo que ver, sobre todo, con la toma de decisiones", dice Nando. "Parece ridículo lo que voy a decir, pero en los Andes decidí en 30 segundos la manera en que me iba a morir. Cuando estaba en las montañas y vi lo que había adelante, estaba muerto. Al escalar la cima más alta que se veía desde donde estaba el avión, en ese momento me di cuenta que no estaban donde pensábamos –al oeste, cerca de Chile– sino que lo que había por adelante era más nieve, más piedra, más nada. Ahí decidí que me iba a morir caminando y no esperando. Cualquier otra decisión comparada con la decisión de cómo vas a morir es un juego. Desde entonces, siempre que tengo algo que decidir, me acuerdo de ese momento".
"El tema de cómo nos alimentamos con carne humana es otro ejemplo. Había solamente tres opciones: 1) esperar y morirnos todos dentro del fuselaje mirándonos a los ojos, y nadie quería esa opción; 2) el suicidio colectivo, es decir, nos agarramos todos y saltamos en una grieta; 3) comer carne humana. A pesar de lo dramático de la decisión, todos decidimos seguir esa tercera vía".
Aprendió también que aunque las decisiones tomadas democráticamente funcionan, llega un momento en que alguien tiene que liderar, porque no siempre es fácil poner de acuerdo a un grupo de personas sobre la forma de actuar. "No siempre el que está apuntado como líder es realmente líder. Cada uno es líder por sus acciones, y allí, con el tiempo, los líderes fueron cambiando por sus acciones. Nadie dijo "tú vas a ser líder y nos vas a mandar", sino que hubo tres o cuatro que lideraron aquello, y eran personas normales que hicieron acciones extraordinarias en circunstancias difíciles. Fuimos todos solidarios, poco egoístas, que es muy importante. Nunca fuimos tan buenos trabajando en equipo como en los Andes", explica Nando.
"El objetivo nuestro era sobrevivir… todo el instinto, toda la fuerza, la inteligencia, el trabajo en equipo, se puso en un solo objetivo: salir de ahí por nosotros mismos, porque oímos por la radio que nadie nos iba a rescatar. En mi caso, sabía que tenía que conservar mis energías hasta el verano (el avión se estrelló en octubre, en pleno invierno en el hemisferio sur) porque no podíamos intentar salir de ahí antes por el frío, pues te hundes en la nieve hasta la cintura. Yo decía: si me pongo triste y lloro, voy a perder sal por mis lágrimas. O sea, no puedo permitirme el lujo de perder esa energía".
Otra de las lecciones que allí aprendieron es que se necesita poner imaginación para buscar soluciones, que hay que saber innovar. Por ejemplo, la pared de maletas, maletines y asientos que construyó el capitán del equipo apenas estrellado el avión para que el viento no entrara al fuselaje, les salvó la vida, pues si no hubiera estado esa pared, se hubieran congelado la primera noche. Otro inventó una especie de hamaca para sostener a los más heridos, fabricada con los cinturones de seguridad y dos postes de metal. También fue ingenioso el invento para derretir el hielo y tomar agua, cuestión que era más problemática que la comida (el cuerpo humano se deshidrata cinco veces más rápido a esa altura que a nivel del mar). Finalmente, con un aislante para el frío que encontraron en la cola del avión, fabricaron un saco de dormir para la travesía de Parrado y Canessa; sin ese saco, hubiesen muerto congelados enseguida...
HOLA AMIGAS ... AQUI CONTINUO CON MI HUMILDE HOMENAJE A ESTOS 16 SOBREVIVIENTES DE UNA DE LAS MAS INCREIBLES HISTIRIAS DE SUPERVIVENCIA HUMANA. ESPERO NO ABURRIRLAS ... ES QUE PARA MI ES FASCINANTE Y UN EJEMPLO DE VIDA A SEGUIR ... VARIOS DE ELLOS , APARTE DE SUS ACTIVIDADES , DE SU TRABAJO ... SE HAN TOMADO EL TIEMPO PARA CONTARNOS A NOSOTROS COMO SE SUPERAN LAS ADVERSIDADES. LES MANDO UN BESO ENOOORME!!! SANDRA ahhh!!! en la foto esta parrado ( a su izquierda) y canessa( a su derecha) con el arriero luego del rescate.