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GIRANDO POR LA VIDA


Por: mardolo
mardolo

Descripción:
En una de esas épocas inciertas, la primavera, cuando todo aflora, cuando todo despierta.. me invade la tristeza y al tiempo unas tremendas ansias de vivir.
Desilusionada de cosas que antes me apasionaban y que ahora me parecen tan vacías, solo hay dos luces que iluminan mis días y un sol que me da calor para agarrarme con fuerza y no caer rendida en la batalla de la vida.
Añoro algunos rasgos de mi personalidad, que alguien me pidió un día que no cambiase, y que se rompieron a fuerza de quebrar mis principios devolviéndome un cierto resentimiento, un cierto temor, mucho miedo y experiencia.
Yo que siempre he surgido como el Ave Fénix de mis cenizas, de pronto me siento sin fuerzas, necesito que alguien me levante, que me ofrezca un hombro sobre el que apoyarme, un oído sobre el que deslizar mis confidencias, un aliento en las horas tristes, porque yo, la vida imagen de la felicidad para los demás, la perfecta, la afortunada, también soy humana.

Categoría: Poesía-Escritura

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 GIRANDO POR LA VIDA 
EL ESCONDITECreado el 12 Abril a 15:11 
EL ESCONDITE
Fue un verano de aquellos que permanecen en la memoria ocultos hasta que un resorte invisible los convierte en imágenes intermitentes que llaman a la conciencia para tomar forma de recuerdo.
Adaira contaba con catorce años y era una fanática de los libros que tenían por protagonista lugares imaginarios y seres fantásticos que vivían aventuras mágicas con mensaje oculto para el lector.
Su fantasía íba más allá y vivía con tal intensidad cada relato que su mente se transformaba en una auténtica pantalla de cine donde transcurrian las imágenes trepidantes con protagonistas dotados de un auténtico realismo. Pocas personas compartían con ella esta aficción, por lo que se convirtió en el caldo de cultivo de sus tardes solitarias o lluviosas, cuando ninguna de sus amigos acudía a buscarla para que tomase parte de alguna juvenil aventura.
El pueblo en el que veraneaba, estaba repleto de lugares que bien pudieran dan lugar a muchas de las leyendas con las que tanto disfrutaba. Particularmente, existía un callejón de piedra, que usaba para ocultarse cuando jugaba al escondite con sus amigos, que se le antojaba caprichósamente la antesala a un mundo oculto tras una puerta de madera que ocultaba en realidad el huerto de un vecino, de las entradas curiosas de cualquier persona. Las paredes eran de adobe mezclado con piedras que se deshacían al contacto con la mano y creaban pequeños agujeros por los que atisbar el codiciado objeto de celo de su dueño. Las hierbas y flores silvestres crecían en este corredor formando pequeños senderos para diminutos personajes y se llenaban con el agua de los regadíos próximos cuando alguien abría las compuertas de la presa. Pero era de noche cuando adquiría ese halo de misterio que asustaba y gustaba por igual a Adaira. La luz que a duras penas se filtraba por los agujeros del adobe, reflejaban formas fantasmagóricas en las paredes que a veces se antojaban espíritus burlones a la mente inquieta de la joven. Pero era el particular sonido lúgubre del viento en el callejón lo que le confería ese sentido gótico que ella veía en sus pesadillas, donde perdida en la oscuridad de la noche, corría, vestida con un camisón blanco, los cabellos alborotados y los pies descalzos al sonido de los lobos que no veía pero presentía cercanos. En este mismo sueño, siempre había un oscuro castillo que se erigía desafiante y se convertía en el único refugio a la amenaza de los animales que se oían cada vez más y más cerca. Entonces sonaban las campañas y el aire temblaba con el clamor de los truenos que desencadenaban una furiosa tormenta que la angustiaba sobremanera. Necesitaba un refugio para protegerse de la lluvia, un escondite y venciendo su temor a lo desconocido, avanzaba por el patio empedrado del castillo mirando con temor la oscuridad circundante. Una misteriosa y mortecina luz se distinguía en las ventanas y presurosa alcanzó el aldabón de una puerta tres veces más grande que ella que le devolvía un retumbar sordo y lacónico que le producía escalofríos. Quizá no era la mejor idea refugiarse allí. Pero entonces comenzaba a llover con furiay sentía el frío de su ropa húmeda y las frías gotas de lluvia corrían por su rostro obligándola a entrecerrar los ojos para poder ver algo. Pero nadie acudía a su llamada y comenzaba a correr alrededor de las paredes buscando algún hueco por el que adentrarse, hasta que encontraba una portezuela de madera en el suelo, que se abría y cerraba contra el suelo por la fuerza del viento y el agua y la mantenía abierta, no sin dificultad, hasta entrar dentro de lo que parecían unas escaleras de piedra gastada y fría. Allí, acuclillada, aterida de frío, lloraba por la imprudencia de haber salido en la noche, por estar descalza y al tiempo el corazón le latía con fuerza salvaje por la excitación que finalmente la llevaba a adentrarse hacía abajo, hacia el abismo, para luchar contra su miedo y visitar en persona, uno de esos lugares descrito en alguna novela.
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EL SUEÑO DE ADAIRACreado el 7 Abril a 14:01 
EL SUEÑO DE ADAIRA
Pronto tuvo que cerrar las páginas de su libro y sucumbir al cansancio acumulado mientras se mecía con el movimiento del autobús.
Cesaron las conversaciones, la carretera y vio la imagen de otra ciudad. Campos bastos y verdes, bajo un sol de verano. Un verano lejano, olvidado o quizá no vivido. Cogia flores en el campo, mientras sus pies descalzos se empapaban del frescor de la hierba. Soplaba una suave brisa que mecía sus cabellos y cerró los ojos para aspirar el aroma con fuerza, para retener ese instante para siempre. Se sentía libre, limpia, radiante, con una figura esbelta, como una imagen idílica en el paraiso.
Sonaron risas a lo lejos y llevada por una fuerza renovada corrió para buscar su origen, se adentró en el bosque, notaba la aspera tierra en las plantas de sus pies, y las ortigas se ensañaron en sus piernas, pero ahora las risas se oían más claras. Eran de niños. Olvidó el picor de sus piernas y se adentro más y de pronto la luz disminuyó, miró atrás y vio con preocupación que en su loca carrera había perdido el camino. Notó que unas gotas mojaban a intervalos su cara y sintió que se levantaba aire. Le recorrió un escalofrio el cuerpo. Se sintió perdida. Su respiración se volvió agitada y las lágrimas acudían a sus ojos. Se llevo la mano al pecho intentando mitigar el latido desbocado de su corazón. ¿Pero qué demonios estaba haciendo allí?.
Las sombras cubrieron el bosque y sintió frio en sus brazos desnudos. Ya no se oían las risas, sólo el rumor de las hojas movidas por el viento que de pronto le pareció el sonido más siniestro del mundo.
Retrocedió sus pasos y se hizo más notable el picor de sus piernas y la hinchazon provocada por las ortigas. Se rasco y empezó a apresurar sus pasos buscando salir del bosque. Todos los senderos parecían iguales y ninguno le resultaba familiar. De pronto un sonido la asustó.
Adaira se despertó agitada. El ocupante del asiento de al lado la miró con inquisitiva desconfianza ante su rostro agitado. Se frotó los ojos y recobró la noción de donde se encontraba. Sintió frio, como en su sueño. Por suerte, no se había pasado de parada. Se apeó del autobús y enfiló sus pasos a la estación de tren, todavía invadida por la sensación del sueño.
Se encendió un cigarro e intentó despertar a la realidad.
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EL VIAJE DE ADAIRACreado el 7 Abril a 11:14 
Llovía sobre las aún oscuras  calles de la ciudad, y el cielo se tenía en malvas y terracotas que daban paso a los albores de un nuevo día.
Revolotearon las palomas de la plaza a sus pasos resonantes sobre el empedrado, levantando una nube blanca sobre su cabeza que se perdió en lo alto del edificio del ayuntamiento con un sonoro grugru diluido por el sonido de los primeros coches que invadían las calles.
Sintió frio y se subió el cuello de su jersey al tiempo que cruzaba sus brazos y recogía sus manos bajo ellos como en un íntimo abrazo así misma mientras su mirada se perdía por los escaparates cerrados y recorría las ventanas con avidez buscando rastros de vida en su interior. Miró su reloj y apretó el paso mientras giraba a la izquierda para tomar la calle principal en dirección a la parada de autobús que la llevaría al trabajo como cada día. Distinguió a lo lejos las figuras de los habituales madrugadores que coincidían con ella en su espera, tan familiares y tan extraño. Le gustaba observar sus ropas, sus peinados, sus caras, porque de un tiempo a esta parte, era lo que rompía la monotía diaria y la hacía consciente de que empezaba un nuevo día, igual al otro y tan distinto. Se cruzó con el barrendero huraño que interponía su carro de basura siempre en su camino y lo esquivo evitando mirarle, era su forma de devolverle el agravio.  Se abrió una puerta unos pasos más adelante, un coche salía del garaje y apresuró sus pasos para adelantarse a la maniobra sin conseguirlo. Este nuevo obstáculo puso tensión en su rostro y no obstante, era algo insignificante en comparación con lo que le sucedería a lo largo del día. Sin embargo, no podía evitarlo. Centro sus esfuerzos en adelantar a la chica que salía de su trabajo en la clínica y siempre la miraba con cara de burla al verla. ¡Como la odiaba! Y sin embargo, no la conocía. El odio es algo tan relativo... Sin embargo ella no odiaba en el sentido estricto de la palabra a nadie, pese a que guardaba en su interior mucho resentimiento con muchas personas que la habían herido en distintos momentos de su vida.
Sonaron las campanas de la ermita dando las siete, y su mente voló lejos, al sonido de su pueblo, en el que se crió. Ahora sin embargo, todo era tan diferente...
Encendió un cigarrillo y se aproximó a la parada, y se situó en el lateral izquierdo de la marquesina obsequiando con un buenos días que no obtuvo respuesta. Como siempre. ¿Por qué seguía entonces dándolo? Era una respuesta automática de algo aprendido, de educación arraigada, algo que la hacía sentirse persona y diferente. Sonrió. El autobús se aproximaba. Sacó su título de transporte y deslizó sus dedos para extraer el cupón que insertaría en la máquina para acceder. Se hizo paso entre el pasillo lleno de gente para acceder al fondo del vehículo. Jamás llegó a entender el empeño de la gente de quedarse al principio mientras que los pasillos del fondo estaban prácticamente vacios.
El autobús inició la marcha y ella se introdujo un chicle en la boca para mitigar el aliento a tabaco y relajar la tensión.
Saco su libro y se dispuso a leer.
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Mañana será otro díaCreado el 6 Abril a 15:06 
Así me lo repito una y otra vez cuando no veo la salida, cuando no sé como continuar, cuando mi sonrisa se niega a asomarse a la ventana de mis labios y mis ojos ya no pueden llorar porque se secaron por las lágrimas que nadie se merecía beber para llenarse de alegría.
Tiemblo por el paso del tiempo, me asusta la oscuridad, y me refugio en el día y en su furiosa actividad. Mi sol que me llena y mis dos luces infinitas, la mayor expresión de amor que podré hacer jamás.
Y siento miedo... porque temo ser demasiado feliz y que alguien me robe esos instantes, esos momentos y me castigue a la oscuridad de la soledad, a la amargura de la desesperación, al infierno de mis terrores, desde donde siempre conseguí salir.
Pero mañana será otro día, el sol volverá a salir y la cotidianidad me arrastrará a sus brazos hasta la extenuación, y cuando abra la puerta de mi hogar, allí de nuevo sonaras sus voces: mi sol y mis dos luces dándome la bienvenida un día más, sacando a base de su ingenio y humor la sonrisa que nadie consiguió quitarme durante el día. Y mi voz sonará de nuevo lozana, chispeante, como un torrente de vida, para perderse en un susurro cuando les de las buenas noches y me rinda sobre las sábanas sin querer saber ¿por qué la muerte nos ronda? ¿por qué me acecha la inseguridad?
Y mañana será otro día, y las gotas de lluvia caprichosas de la primavera, limpiarán mis turbios pensamientos y se los llevarán lejos, oleré el frescor de la mañana y acudiré con rapidez a las habitaciones de mis dos luces a invitarles a compartir mi alegría, y mi sol abrigará mi corazón desazonado y me llenará de enérgía.
Definitivamente, mañana será otro día.

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