Descripción: La historia del amor no es un movimiento en una única dirección en la que haya habido una sucesión escalonada de progresos en la consecución de mayores cotas de libertad. No estamos sino ante una fluctuación continua en la que hay un constante ir y venir, caracterizado, eso sí, por largos periodos en los que parece asentarse una determinada dinámica de comportamiento, capaz de ejercer una influencia notable en el proceder de los ciudadanos. Pero a ello hemos de añadir el nacimiento de muchas variantes, que hacen del amor un misterioso paradigma que continuamente se nutre de nuevos afluentes, que emergen con fuerza reinventando nuevos discursos.
La fascinación y la idealización del objeto amado arrastran todas nuestras energías y canalizan todos nuestros actos y movimientos para que el proyecto tan esperado se materialice en esa estimada sonrisa de placer, en ese delirio de bienestar fruto de la complicidad del deseo. Cuando el afecto es intenso y caminamos despojados sin sentir apenas la presencia del mundo, la entrega fluye corriente abajo, sin apenas tiempo para elegir el camino, haciendo posible que el “yo” se convierta en un “nosotros”. En ese preciso momento nos convertimos en depositarios de una parte esencial de nuestras vidas.
Sigmund Freud sostenía que nunca estamos tan indefensos contra el dolor como cuando nos enamoramos. Pero lo mismo cabría decir en el preciso momento en que una pareja se disuelve o uno de los dos miembros abandona la relación amorosa. La indefensión de no poder seguir compartiendo todo aquello que creímos poner a buen recaudo, el dolor de no poder recuperar la alegría, la tragedia de no poder creer en nuestros propios actos... que nos han traicionado.
La separación podríamos definirla como una de las acciones más poderosas que irrumpe en el mundo de las emociones y que confirma la fragilidad de los sentimientos y la inestabilidad del comportamiento amoroso.
Cuando en cualquier relación la cota de felicidad alcanza límites nunca antes imaginados, más dificultades existen para comprender la evidencia del fracaso. La ausencia del ser querido, las incapacidades de adaptación a cualquier cambio brusco, la ruptura de la armonía, la sombra inquietante de la temida soledad, el vértigo de no reconocerse en la mirada, y, la incertidumbre, provocan una especie de melancolía y de parálisis.
Pero hay un dolor que atraviesa todo nuestro ser y que trasciende más allá. El verdadero drama descansa en el vacío inmenso que se adueña de nuestro cuerpo, un cuerpo que ha quedado lisiado para siempre. Cuando toda la fuerza de mi ser la empleo en un fin concreto, y las olas me devuelven el cadáver de un naufragio, se constata la pérdida en una batalla que yo libraba con mi propia existencia. Clavo sobre mi piel una daga cuyo filo yo mismo mandé construir, una daga que no me produce ninguna herida física, sino una hendidura inmensa en mi espíritu de supervivencia: la mutilación del alma.
Una tormenta se desata a dos pasos de mí, las contraventanas golpean sobre el interior de mi casa y sólo escucho el lento latido de mi corazón, que sucumbe poco a poco en la oscuridad del sentimiento. Y la tristeza me retiene como un yugo ardiente. La valentía es un acto practicable para quien decide salir airoso de cualquier contienda, no para quien no tiene donde salir, porque es dentro donde el sentimiento busca su morada.
Muy dentro, allá donde la tristeza descansa, recorriendo la enorme travesía que dista entre la soledad y la indiferencia del mundo, que continúa su curso inquebrantable esperando que vuelva a atraparnos con sus garras, y comprendamos que sí, que así es la vida...
LA PROSTITUCIÓN ( O UNA FUNCIÓN TEATRAL EN EL PROPIO HOGAR ).
La palabra “prostituta”, originaria del latín prostituere (exponer en público), designa a esa mujer que se ofrece a una persona que paga. Es capaz de hacer de todo, pero no goza. En frente tiene a un hombre, que entrega una cantidad de dinero por deshacerse de un poco de semen, que al poco tiempo se viste y se retira. Es el cliente. Dicho acontecimiento tiene lugar en una habitación con una luz tímida. Este acto lo controla un tercero, el proxeneta, un sujeto que se lleva gran parte del dinero de la prostituta.
Dura diez minutos, y se ha vuelto a representar la función del “polvo”. Bruckner y Finkielkraut lo definen como el momento del gozo sin deuda, anulando a la mujer en el mismo momento en que extrae placer de su cuerpo. Digamos que prostituyéndola le impone el juego de sus satisfacciones: la paga para gozar tal y como él entiende el goce. Y por ser hombre, entiende generalmente mal y aprisa (de ahí la brevedad del polvo). Se trata de gozar sin pensar en la otra persona, sin pensar en el intercambio. La satisfacción del hombre se paga con la falta total de placer para ella. El pene es un sexo que sólo tiene existencia financiera.
Veamos cómo sigue la reflexión planteada. La mujer vende diez minutos de su cuerpo, dado que el cliente no necesita más tiempo para satisfacerse, y la exigua imagen de éste, incapaz de librarse de su condición anatómica, le devuelve a su cruda realidad. Y sale de allí sintiendo odio por la chica, o lo que es lo mismo, sintiendo odio hacia su propio sexo, imputando al sexo femenino la debilidad o pasividad de su propio aparato genital.
El hombre paga por llegar a lo más profundo de su egoísmo, para gozar rápido sin esperar la opinión de su pareja. Así pues, la prostituta no es un cuerpo que se emocione, sino un cuerpo que trabaja.
Pero estos dos autores llegan todavía más lejos. Se ha tomado aquí en consideración la prostitución femenina en su forma más corriente: la acera y el polvo. El interrogante más incisivo viene dado cuando se plantea la comparación con la mayoría de las mujeres casadas, a las que sitúan en una situación peor, dado que éstas son sometidas sin contrapartida al goce sexual de sus esposos que, lejos de satisfacerlas, evacuan sobre ellas su descolorido puré.
Continúan. Desde el momento en que una mujer no es más que un “objeto de placer” para un tercero, se sitúa en posición de prostituta si la prostitución es esa escena de la no-reciprocidad, ese teatro en el que uno de los miembros de la pareja no puede y no quiere gozar a fin de que el otro se vaya cuanto antes, que eyacule y que abandone el lugar.
¿Qué puede haber detrás de todo esto?. Comprar el poder de gozar porque proporciona, además, el goce del poder. En el plano funcional, no querer conceder al amor más tiempo del necesario para hacerlo. Esquivar el vínculo, haciendo el amor sin llegar jamás a conocerse. Y un largo etcétera.
Hoy no doy espacio a mi reflexión. He dado la palabra a estos dos autores porque introducen inquietantes enfoques que merecen ser expuestos a debate público.