Descripción: La historia del amor no es un movimiento en una única dirección en la que haya habido una sucesión escalonada de progresos en la consecución de mayores cotas de libertad. No estamos sino ante una fluctuación continua en la que hay un constante ir y venir, caracterizado, eso sí, por largos periodos en los que parece asentarse una determinada dinámica de comportamiento, capaz de ejercer una influencia notable en el proceder de los ciudadanos. Pero a ello hemos de añadir el nacimiento de muchas variantes, que hacen del amor un misterioso paradigma que continuamente se nutre de nuevos afluentes, que emergen con fuerza reinventando nuevos discursos.
Jean Courtin, historiador especializado en la Prehistoria, en La pasión de Cro-Magnon, supone que en la noche de los tiempos la gente se amaba tanto como ahora, tal vez con más libertad, si no con más felicidad. Pero, ¿desde cuándo? ¿La pequeña Lucy, la australopiteca de 3 millones de años, pudo estar enamorada? La respuesta del especialista tiende a la negación. ¿Cómo se pueden encontrar huellas de trato amoroso entre restos óseos, de sílex y trozos de alfarería? El investigador sostiene un argumento convincente: ni el Homo habilis ni el Homo erectus habrían experimentado consideración o cuidado especial hacia los muertos.
Esta característica propiamente humana sólo fue desarrollada por el hombre de Cro-Magnon, hace 100.000 años en África y Cercano Oriente y hace unos 35.000 años en Europa. En Córcega, en el fondo de la cala de Bonifacio se encontró una tumba de hace 8.000 años donde se exhumó el cadáver de una mujer de unos 35 años que registraba una antigua parálisis del brazo izquierdo y una enfermedad de la mandíbula que seguramente limitaría su alimentación pero que sobrevivió varios años, gracias al cuidado de sus congéneres quienes la cuidaron durante todo ese tiempo. En sepulturas de 60.000 a 80.000 años se encuentran evidencias de personas que sobrevivieron a deformaciones o roturas gracias al cuidado de la comunidad lo que indica un apego profunda de unos con otros. Los hombres de Cro-Magnon tenían el mismo cerebro que nosotros. Hace 35.000 años decoraban sus grutas con magnífico arte, tallaban decorativamente sus herramientas, debían conocer los celos, la piedad. Acaso sea esta época la del nacimiento del amor.
El paleolítico parece ser la edad de oro, para este historiador. Los animales herbívoros proliferaban, los hombres eran pocos y estaban dispersos, las costas eran ricas en crustáceos y los ríos de peces. Disponían de un lenguaje común, no universal, pero sí extendido en grandes regiones, intercambiaban materias primas, conocimientos y probablemente también intercambiarían sus mujeres dando lugar a la exogamia. Probablemente fueran monogámicos ya que los recursos no permitían la poligamia. Las superficies de las chozas indican familias poco numerosas aunque ocasionalmente se han encontrado tumbas dobles: un hombre enterrado con dos mujeres o una joven rodeada por dos hombres. Los pocos símbolos sexuales o eróticos encontrados están relacionados con la fertilidad. Las famosas Venus atribuidas al paleolítico superior, de exagerados atributos femeninos, no representarían a la mujer prehistórica que seguramente sería mucho más delgada. Hace unos 10.000 años comienza una verdadera revolución en el neolítico: se inventa la ganadería, la agricultura, la propiedad de la tierra, las jerarquías de poder y el matrimonio. Se acabó el paraíso. Los hombres del mesolítico abandonaron la caza y la pesca para horadar el suelo, someterse a los avatares de las cosechas, a la codicia del vecino y a los rigores del orden social. Para las mujeres las tareas se multiplican, puede ser esta época la del comienzo del rapto y la esclavitud.
Paul Veyne, historiador, especialista en Historia Antigua, continúa con el mundo romano. En los muros de Pompeya se encuentra el retrato de una pareja de esposos que parecen mirarnos con misteriosa serenidad. Efectivamente están casados ya que la mujer muestra una tablilla y un estilete lo que indica que sabe leer y escribir, que está correctamente educada y se preocupa por mostrarlo. Una concubina sería iletrada. Aquí tenemos una pareja modelo para la aristocracia antigua, están juntos para perfeccionar el ideal de la vida conyugal: perpetuar el orden social. ¿Se aman?
Para el historiador estos esposos son dos símbolos sutiles, dos bellas mentiras. En este mundo, el matrimonio es una institución patriótica y la mujer es una herramienta del oficio del ciudadano, un elemento de la casa como lo son los hijos, los libertos, lo
La historia del amor no es un movimiento en una única dirección en la que haya habido una sucesión escalonada de progresos en la consecución de mayores cotas de libertad. No estamos sino ante una fluctuación continua en la que hay un constante ir y venir, caracterizado, eso sí, por largos periodos en los que parece asentarse una determinada dinámica de comportamiento, capaz de ejercer una influencia notable en el proceder de los ciudadanos. Pero a ello hemos de añadir el nacimiento de muchas variantes, que hacen del amor un misterioso paradigma que continuamente se nutre de nuevos afluentes, que emergen con fuerza reinventando nuevos discursos.
Del amor como signo de debilidad hasta el amor como renovador de vida. Infinidad de incursiones en el laberinto sentimental, representándose con verdadera teatralidad, con apasionamiento o como manantial de preocupación que bebe de la nostalgia y del recuerdo. Un cóctel generador de innumerables brebajes dependiendo de la combinación de numerosos ingredientes con gran poder de transformación, como son el deseo sexual, el mundo de las emociones y de las fantasías, el instinto, la confianza, la interpretación del riesgo y de la libertad, etc.
En el proceso histórico en que nos encontramos, cuando el amor está más valorado que nunca, resulta un tanto paradójico que su historia permanezca escondida, y que no salgan a la luz sus sorprendentes estrategias, su depurada influencia o sus oscuros aislamientos, su incursión al amparo y resguardo de la economía o su disfraz maquiavélico tras la máscara del poder.
La pasión con que es incorporada actualmente la conducta amorosa en nuestras vidas ya había sido alabada hace diez siglos por Ibn Hazm de Córdoba (994 – 1064), quien afirmaba que nada había mejor en el mundo que dos personas enamoradas. Y del mismo modo exaltaba la relación sexual como un integrador necesario puesto que lo veía como el ingrediente capaz de hacer fluir al amor libremente en su recorrido hacia el alma. Era el amor, pues, tan importante que había que hacer de él el eje central, la experiencia máxima en el ejercicio de la vida. Y, desde esta perspectiva, escribió un libro pensado para divulgar su particular concepción del amor: “El collar de la paloma”.
Hoy cultivamos el legado del amor como un intento por comprender mejor nuestra identidad, con el añadido de que persiste el deseo de vivir lo más intensamente posible, en un entorno en el que la concepción del tiempo nos traslada inmediatamente a la posibilidad del cambio. Y sometidos, como estamos, a un continuo proceso de transformación, la inseguridad se va adueñando poco a poco de nuestros actos. De ahí que la incertidumbre y la perplejidad sean dos opciones que van familiarizándose con nuestros actos cotidianos y que, se dan también, cuando intentamos establecer vínculos más profundos con los demás seres humanos.
Y quizás hoy pudiéramos comprender mejor la debilidad que caracteriza a nuestras relaciones, si recuperáramos desde la educación la importancia que tiene comprender qué ha sido del amor y de su interpretación en el proceso histórico de la humanidad.
Tal vez haya que comprender que nuestra interpretación de la sexualidad no sea sino fiel reflejo, o un espejo, de nuestra actitud ante la forma de explicar y descifrar este pequeño mundo en el que estamos inmersos. Un mundo que, a través de innumerables vivencias y experiencias arbitradas por quienes han habitado en él, nos ha legado el interrogante casi insaciable por conocer qué acontece con el sexo. Y una inmensa curiosidad golpea los pensamientos, con el ánimo de extraer placer sabiendo sobre el placer.
Y la voluntad de saber emerge con mayor fuerza durante la revolución sexual y después de la reacción suscitada por dicho movimiento. Este movimiento no sólo fue capaz de ir minando viejos preceptos y postulados que mantenían los temas sexuales arropados entre los prejuicios, el miedo y la culpa, sino que también encauzó la vía para que un considerable porcentaje de la población llevase adelante, eliminando barreras, una vida sexual activa e intensa, donde el placer y la satisfacción reemplazaran a la opresión del cuerpo, opresión generalizada en esa época donde no había mayor opción que permanecer clandestinamente entre el anonimato multitudinario.
Claro está, dicha revolución no es culpable de ciertas controversias que se manifiestan en nuestras experiencias cotidianas. Más bien, contempla una visión o un nuevo equilibrio de fuerzas en el que, posiblemente, no se ven identificadas o no responda a las preferencias o deseos reales que buscan y mantienen numerosas personas. Y la discordia o desavenencia más importante resida, quizás, allá donde se fraguó la gran ruptura en relación con el tratamiento que se otorgaría a la sexualidad, al contemplarla aisladamente desligándola del amor; al concederle un marco de referencia válido fuera del alcance de los sentimientos.
Por otra parte, frente al antiguo moralismo se ha ido creando una nueva entidad, con significado propio, que sitúa al sexo como en el espacio de encuentro idóneo para contrarrestar un sinfín de “problemas” que no tienen por qué tener su resolución (o no la tienen únicamente) en el ámbito o en el plano de la sexualidad.
Además, nuestra cultura ha situado al sexo en una situación de dominio que no coincide con la realidad. El tratamiento al que se ve sometido es tan impersonal y abstracto como provocador, y un tanto lejano de la descripción y de la experiencia erótica del común de los mortales. Porque, a pesar de que el sexo sea un referente económico en alza y se le asigne un importante valor en nuestra sociedad, la inmensa mayoría de las personas apuestan y viven haciendo lo posible por compaginar esos dos mundos que tanto les inquietan: el sexo y el amor.
La relación entre estos dos mundos abre las puertas para que nos encontremos con los diferentes mecanismos que han ido rigiendo en la historia de la humanidad, en la cual el sexo reclama su protagonismo.
El silencio debe dejar paso a una tranquila percepción de nuestras vidas en las que las relaciones sexuales deben de ser tratadas sin escudos que se interpongan a nuestros pasos.
La caricatura y el simulacro de las palabras son capaces de sostener la invención del pensamiento, ese referente oblicuo que es capaz de navegar haciendo caso omiso de la realidad; aquello que acontece en la más insignificante de las acciones que se desarrollan a cada instante, y que tan rápidamente olvidamos. Olvidar para creer en esos dos términos, en esa expresión que suena con orquesta en la cueva del oído, repitiéndose como el eco que adormece la reflexión, la preocupación y el temor.
Decir te quiero es decir nada. En cuanto la boca ha callado, el viento irrumpe como una ráfaga para usurparnos lo que ya no nos pertenece. El sonido de nuestro timbre ha callado, y podemos repetir cien veces lo mismo, y en otras tantas ocasiones llegará el silencio para manifestar su elegante prestancia, ese silencio que en tan poca estima tenemos, y que no escuchamos.
Y decir nada puede ser decirlo todo. Una colisión que incluso me puede hacer sonreir. Para expresar lo que se puede llegar a sentir basta con observar la niebla que se disipa entre las miradas. Y yo, otra vez, callo, para manifestar la paradoja de ese momento.
Decir te quiero es decir nada. Porque muchas veces hasta te obligan; porque el sonido de la voz no es el mejor acompañante del sentido del tacto; porque has ido por letras y lo que verdaderamente importa es la química; porque estudiaste todas las ciencias y se te olvidó mandar aquella carta; porque no me digas nada y mete la mano en el bolsillo, cerca de donde tú tan bien sabes; porque este año me aficioné a la radio y ya no quiero escuchar más torpezas; porque si no sientes mis labios para qué purificas tus oídos; porque puedo decirte te quiero y salir corriendo; porque no quiero que me digas nada; porque las fuerzas me vuelven a fallar; ... porque la vida me resulta tan extraña, y a veces tan ajena, que ya nada puedo decir. Porque en este instante te quiero... y mañana no lo sé, cada día soy otro... y todos los días no estoy para recitarte los mismos versos.
Decir te quiero es, la mayor de las veces, condecorar a alguien por el trabajo realizado (acuérdate lo que te costó que una noche decidiera bailar contigo). Y es más gratificante no estar nunca a la espera de una recompensa. No estar nunca a la espera de nada. Puedes hacer el amor, pero no pidas que te digan “te quiero”. No pidas nada. Decide tan sólo quiénes merecen la pena para que te dediquen su tiempo.
Es bueno hablar, pero sobre todo es mejor callar. En nuestras vidas, casi todos los acontecimientos son irreversibles. No ocurre así con las palabras, que pueden serlo todo, y nada. Y me lo ha recordado un amigo que estaba muy bien, que estaba sin hacer nada, y por no hacer, no hacía ni nada.
... Y por no importunar, ni tan siquiera le he dicho que le quería. Y por evitar interferencia alguna, ni siquiera le he dicho nada. Hoy no. Por favor. Porque hoy, en ese preciso instante, para mí, decir te quiero, era decir nada.
“No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! - y en eso soy irreductible - no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!.”
Oliverio Girondo (1891-1967), poeta de la vanguardia argentina, es el autor de estas originales y seductoras líneas, que son el preámbulo de un poema que termina exponiendo, y proponiendo, el privilegio y el placer que puede otorgar ese aleteo entre las nubes, procurada la imposibilidad de no hacer el amor más que volando.
Escrutando el mensaje de las sábanas que arropan a miles de figuras sin sombra, rápidamente pasamos de la sonrisa a la turbación y a la intranquilidad. Si hacer el amor es ya un hecho bastante extraño, hacer el amor volando tiene que ser un macrofestival emocional sin precedentes. No ya por el acontecimiento insólito que estuviera sucediendo en esos momentos, sino por el sentido placer que otorgaría vida a tan “bienaventurados” amantes, porque de ellos sería el reino de los cielos (como tripulantes que pilotan sin descanso la nave de sus raptos).
El poeta mantiene vivas la ilusión y la esperanza de que el acto sexual se configure sin ninguna sospecha delictiva que traicione el libre destino de un sentimiento, también etéreo. La belleza es delictiva, incluso ofensiva, si de ella depende que seamos o no capaces de volar. Los celos también lo son, y una casa y una lavadora y un niño y... Para volar hay que dejar todo lo que hay en la tierra, tan sólo se necesita un cuerpo... y uno más al lado, para poder compartir el deseo más encendido.
Ya habrá quién se pregunte llegado a este párrafo cómo puede alguien saber en qué consiste ese despegue que, además, merece este espacio dedicado en exclusividad. La respuesta es idéntica a aquella duda que tan a menudo se le hace a los sexólogos con respecto al orgasmo. Quien lo ha sentido, lo sabe. Quien se ha elevado por encima de la cama, tan sólo por un instante, tiene la marca de las alas tallada en su espalda.
Se exploran muchos caminos indagando renqueantes infinidad de poros obstruidos. Y no hay que averiguar y rastrearse sino en uno mismo, en ese mapa vertiginoso donde, también, hay dibujado un minúsculo aeropuerto, oculto en el lado oscuro del corazón, en ese lado donde se alzan ligeras plumas, y una fluorescente pista de aterrizaje.
Estamos, aún con todo, de enhorabuena. Pues también hay patrón para los que vuelan. San José de Cupertino llegaba incluso a flotar por lo alto del refectorio. Y hay quien sugiere que su devoción por el vuelo no era sino una adoración casi carnal por la virgen María.
Lástima, no sé qué día se celebra dicha onomástica. O qué noche.