Anoche encontré tu boca dibujada en mi cama, tu boca limpia, limpia de miedos estaba.
Anoche al abrir mi lecho, tropecé con tu cuerpo, tu cuerpo sabio, que se entregó sin demora.
Anoche tu cuerpo y tu boca me lamieron el alma y me dijeron luego al oído, como un secreto, como una caricia prohibida, como una promesa de salvación, aún... cuánto tú me amas.
Soñamos juntos juntos despertamos el tiempo hace o deshace mientras tanto no le importan tu sueño ni mi sueño somos torpes o demasiado cautos pensamos que no cae esa gaviota creemos que es eterno este conjuro que la batalla es nuestra o de ninguno juntos vivimos sucumbimos juntos pero esa destrucción es una broma un detalle una ráfaga un vestigio un abrirse y cerrarse el paraíso ya nuestra intimidad es tan inmensa que la muerte la esconde en su vacío quiero que me relates el duelo que te callas por mi parte te ofrezco mi última confianza estás sola estoy solo pero a veces puede la soledad ser una llama.
Hay una noche, un tiempo hueco, sin testigos, una noche de uñas y silencio, páramo sin orillas, isla de yelo entre los días; una noche sin nadie sino su soledad multiplicada.
Se regresa de unos labios nocturnos, fluviales, lentas orillas de coral y savia, de un deseo, erguido como la flor bajo la lluvia, insomne collar de fuego al cuello de la noche, o se regresa de uno mismo a uno mismo, y entre espejos impávidos un rostro me repite a mi rostro, un rostro que enmascara a mi rostro.
Frente a los juegos fatuos del espejo mi ser es pira y es ceniza, respira y es ceniza, y ardo y me quemo y resplandezco y miento un yo que empuña, muerto, una daga de humo que le finge la evidencia de sangre de la herida, y un yo, mi yo penúltimo, que sólo pide olvido, sombra, nada, final mentira que lo enciende y quema.
De una máscara a otra hay siempre un yo penúltimo que pide. Y me hundo en mí mismo y no me toco.