A una dama extranjera, cuya fragancia aún flota en mis recuerdos como el aroma del té que se evapora de mi taza.
¡Oh Maestro, tengo una amiga exquisita! Su boca es dulce como los cerezos de Nao Kao; son sus pestañas suaves como el plumón, de seda; tiene su cuello el ritmo y la gracia del cisne; y al andar, fina y grácil, con ondulante talle, no sé si un ritual danza, si es una rama en flor que mece el aire, o si es una mariposa que vuela.
Cuando la ven mis ojos es como si alcanzara la irrealidad de un sueño. Y cuando ríe, y su voz armoniosa, como divino pájaro vuela de su garganta, quisiera que esa diosa de frágil porcelana, no fuera una extranjera nacida bajo el cielo de Occidente aunque de ilustre alcurnia se cuentan de ella historias...
¡Ah, Maestro, qué cultura la de esos mundos de Occidente! En la terraza de las Mil Caricias ayer, con labios húmedos, el fénix del amor nos sorprendió en su vuelo. por único ropaje su divina figura envuelta sólo estaba con la túnica de oro con que la prestigiaba el pincel del crepúsculo.
Toda la tarde el Kiosco de los Besos resonó la armonía. Los pájaros callaron para escuchar la música.
Y yo esperé la noche, ¡que descendió sin luna! para abrir el más íntimo Cofre de los Secretos. Pues no hubiera querido, bajo luz indiscreta, que el astro nacarado hubiese sorprendido cuán pequeñita era ante tanta cultura mi desnuda ignorancia.
En medio de la noche te desvelas y adivinas mi rostro dormido. Apoyas tu boca sobre mi frente, dejas, como al descuido, tu mano sobre mi pecho, hasta que nuestros latidos se acompasan.
En medio de la noche, hostil y oscura, me guardas, estremeciéndote a cada movimiento que hago, hasta que, femenina y desvalida, te quedas soñando como un ángel cansado.
Por la mañana tengo una alegría que me vive todo el día, que me asiste todo el día, sin saber a qué se debe, por qué nace.
Se iluminó la estancia de una venusta gracia cuando acerqué a tu boca la mía temblorosa, mientras por tierra y cielo relampagueó mi audacia cortándole a la vida su más intacta rosa.
¿Qué jugo, di, qué jugo el corazón invoca tiene como tus labios tan íntimos dulzores? Mujer, dime: ¿Qué abejas buscaron en qué flores las mieles trasegadas al panal de tu boca?
¡Oh, beso! con la gloria de tu emoción celeste -comunión de alma y boca, brasa y diafanidad- abriste en el más puro de los espasmos: Este, a nuestro barro efímero rutas de eternidad.
Tu labio, jardín donde la fiebre es jardinera; botón de calentura mi labio nunca ahíto, fundiéronse en las llagas de la inmortal hoguera para beberse juntos de un beso el infinito.