-Cuando, siendo hombre, por fin eres capaz de decirle que NO a una mujer ..........y sin remordimientos. -Cuando, siendo mujer, por fin eres capaz de decirle que SÍ a un hombre... y sin remordimientos. -Cuando haces deporte y, orgulloso, le cuentas a todo el mundo, que lo haces. -Cuando hay remedios en la mesa de noche. -Cuando los niños con quienes, hasta hace poco, tenías cierta complicidad, ahora te dicen "señor", te tratan de usted... o, peor aún, te dicen "tío" o tía. -Cuando necesitas mucho más tiempo que una mañana para recuperarte de una trasnochada. -Cuando tus amigos se casan sin estar apurados. -Cuando tus primos chicos te piden cigarros. -Cuando tus sobrinos saben mas que vos de computación. -Cuando vas a la playa y puedes pasar todo el día sin bañarte. -Cuando ves los partidos y conciertos por la tele, en vez de ir a verlos en vivo. -Cuando vuelves a llevar regalo a los cumpleaños... igual que cuando eras chico. -Cuando, para hacer deporte, compras ropa que te tape, en vez de mostrar. -Cuando prefieres ver a un amigo que hablar con el hoooooooras por teléfono. -Cuando ya sabes lo que quieres.
Cerró sus ojos con fuerza y tiró la moneda al agua. La más grande. Por alguna razón pensó que si escogía la de mayor valor tendría derecho a pedir algo realmente grandioso. Pero fue incapaz. Eran tantos los sueños que tenía por cumplir que no pudo elegir uno. Miró su moneda en el fondo, guiñándole con destellos en el agua como burlas divertidas. La decepción se leía en su carita infantil, pero fue un instante fugaz, tan pequeño como ella. Cogió su bicicleta destartalada y se fue sonriendo, con las rodillas sucias y la mirada limpia, pensando en el domingo siguiente. Entonces sí, cuando tuviera su “paga”, volvería a la fuente y para entonces ya habría elegido un deseo. Pasaron los años, y estos se llevaron sus sueños y le trajeron monedas.
Hoy las cambiaría todas por poder cerrar los ojos de nuevo y recuperar una sola ilusión. Cerrar los ojos y echad una moneda a vuestros sueños o estos desaparecerán hundidos en el olvido.
A ti, Señor, que has resucitado y que puedes Darme una vida nueva, te digo de corazón: Toma, Señor, mis miedos Y transfórmalos en confianza. Toma, Señor, mis sufrimientos Y transfórmalos en crecimiento. Toma, Señor, mi silencio Y transfórmalo en adoración. Toma, Señor, mis crisis y problemas Y transfórmalos en madurez. Toma, Señor, mis lágrimas Y transfórmalas en plegarias. Toma, Señor, mis momentos de ira y ofuscación Y transfórmalos en serenidad. Toma, Señor, mi desesperanza Y transfórmala en fe. Toma, Señor, mi soledad Y transfórmala en contemplación. Toma, Señor, mis amarguras Y transfórmalas en paz de mi alma. Toma, Señor, mi espera Y transfórmala en esperanza. Toma, Señor mi muerte Y transfórmala en resurrección. Toma, Señor, mi corazón de piedra Y transfórmalo en un corazón de carne.
Gracias, divino Señor, por escucharme Y hacerme un templo de tu amor. Amén.
Unas veces resulta muy duro despedirse; otras, es una liberación, una auténtica maravilla. Desde la más relajada visión de la convivencia, deseamos estar y permanecer junto a lo que nos gusta, convivir con aquellos que nos dan un mucho o un mínimo de gratificación, compensación, paz o lo que para cada uno, dentro de su esquema personal, intransferible y por tanto no discutible, significa un valor. Con idéntica visión, permanecer junto a lo que nos desagrada, nos lastra e incluso a veces nos derrota, es erosionar, cuando no destruir, lo más importante que tenemos: nuestra propia vida. Por eso, creo que la misma ilusión que a veces desprendemos para exclamar un “hola” inicio de un conocimiento y a veces incluso de una expectativa, debemos utilizar para manifestar, con suavidad o rotundidad, un solemne “adiós”. Entre holas y adioses vamos conduciendo nuestra vida y abriendo y cerrando nuestras circunstancias, que son el escenario personal en el que se mueven nuestros días. Un “hola” expectante siempre es dulce y agradable, mientras que un “adiós” concluyente siempre es ácido y corrosivo. Pero debemos educarnos para ambos y ser capaces de convivir con los dos. Porque cuando el panorama es negro de gratificación y recuperación, lamentablemente la única posibilidad de que el buen tiempo vuelva sólo es posible después de manifestar un solemne y responsable “adiós, muy buenas”, el inicio de volver a vivir.