Que tristeza más grande saber que me mientes... y sin embargo mi corazón y todo mi ser me grita para que fuera verdad, todo lo que me dices. Que cruel es a veces la vida cuando uno se ilusiona y solo recibe engaños. En la oscuridad de la noche pienso en ti... deseando que alguna vez me hubieses dado lo que tanto necesitaba. A través de mi vida pensé que ya te conocía... aún en sueños veía tu rostro y te reías. Todas las noches me dormía tratándote en encontrar en mis sueños para ser feliz, sentir el amor y sentirme amada... Pero en la realidad era muy distinta a la de mis sueños... Aún estando a mi lado que sola me sentía... al darme cuenta que el tiempo pasa y no se detiene ante nada... No se porque no dejo de pensar en ti... te tengo tan cerca y tan lejos a la vez... no me conformo y mi corazón se niega a dejar de pensar... O será que soy una tonta soñadora y romántica??? Tengo la necesidad de al menos escribir y decir aunque sea así lo que siento... es como que tuviera algo en mi corazón que me ahoga... son palabras y frases tan largas de escribir... a medida que siento debo escribirlo si no me ahogo... con esta angustia...
“Se que voy a quererte sin preguntas, Se que vas a quererme sin respuestas”.- Mario Benedetti
Esta carta va dirigida a ti, que iluminaste mis ojos para que pudiera ver la maravilla que se esconde en las pequeñas cosas cotidianas.
A ti que pusiste alas a mi corazón para que volara a paraísos, antes solo presagiados.
A ti que fuiste quitándome, con infinita paciencia, todos los disfraces que me puso la vida, hasta descubrir mi alma de niña, desde la que miro el mundo con asombro.
A ti que me enseñaste la regla de oro para vivir: “Si algo va bien, ¡que suerte! Puedo disfrutar. Si algo va mal ¡que suerte! Puedo ayudar.”
A ti que cuando hablas, cantas; cuando andas, bailas y cuando vives, sueñas.
A ti que con tu magia embelleces todo cuanto tocas.
A ti, por recordarme, la frase del poeta: “Donde hay dos hay dolor, y sin embargo la vida solo empieza donde hay dos”.
A ti que me tratas como toda “loca” quisiera ser tratada: con la paciencia y ternura que tienes con los niños.
A ti que supiste transformar el trabajo en juego y juegas a hacer feliz a todo el mundo.
A ti cuya belleza no reconoces, porque los espejos sienten envidia y no la reflejan.
A ti que convocas a los astros para que mi futuro esté en armonía con mis sueños.
A ti que haces de la realidad un sueño donde es posible cualquier fantasía.
A ti que dictas cada palabra que dibujan mis manos en el teclado y que me sugeriste, sin yo saberlo, el nombre con que las firmo. No llevo mucho tiempo en esto, pero no importa. Solo se me ocurre darte las gracias por las caricias que ha sentido mi corazón. Gracias por mostrar que existe todavía la ternura, por valorar la sencillez llena de contenido en tus palabras, por hacer honor a tu nombre. Papá. Gracias de nuevo.
Este cuento lo pongo en dos partes, ya que es largo y no sale completo.
Hace muchos años, tantos que ya hemos olvidado la fecha exacta, vivía en una aldea del sur de Brasil un niño de siete años llamado José. Había perdido a sus padres muy pronto, y había sido adoptado por una avariciosa tía que, aunque tenía mucho dinero, apenas gastaba algo con su sobrino. José, que jamás había conocido el sentimiento del amor, creía que la vida era así, y no se enfadaba por eso. Como vivían en un barrio de gente rica, su tía forzó al director del colegio a aceptar a su sobrino, pagando sólo una décima parte de la mensualidad, y amenazándolo con protestar ante el alcalde si no lo hacía. El director no tuvo elección, pero siempre que podía les decía a sus profesores que humillasen a José, esperando que, de esa manera, se portara mal y valerse, así, de un pretexto para expulsarlo. Sin embargo, José, que jamás había conocido el amor, creía que la vida era así, y no se enfadaba por eso. Llegó la Nochebuena. Todos los alumnos fueron obligados a asistir a misa en una iglesia lejos del pueblo, ya que el sacerdote del lugar estaba de vacaciones. Por el camino, los niños y las niñas hablaron sobre lo que iban a encontrar en sus zapatos a la mañana siguiente: ropa de moda, juguetes caros, chocolatinas, patinetes y bicicletas. Todos iban bien vestidos, como siempre en los días especiales, salvo José, que seguía vistiendo ropa zarrapastrosa y calzando unas sandalias gastadas y demasiado pequeñas para sus pies (su tía se las había dado cuando sólo tenía cuatro años, y le dijo que no le daría otras hasta que cumpliese diez). Algunos niños le preguntaron por qué era tan miserable y le dijeron que se avergonzaban de tener un amigo que vestía y calzaba de aquella manera. Como José no conocía el amor, no se enfadaba por aquello.
Sin embargo, cuando entró en la iglesia, escuchó el órgano y vio las luces encendidas, la gente bien vestida, las familias unidas y los padres abrazados a los hijos, José se sintió la más miserable de las criaturas. Después de la comunión, en vez de volver a casa con el grupo, se sentó a la entrada de la capilla y se puso a llorar; aunque no conocía el amor, ahora entendía lo que era estar solo, desamparado, abandonado por todos. En aquel momento, vio a un niño a su lado, descalzo, que parecía tan miserable como él. Como nunca lo había visto, dedujo que debía de haber caminado mucho para llegar hasta allí. «Deben de dolerle mucho los pies a este chico . Voy a darle una de mis sandalias, así por lo menos, alivio la mitad de¾pensó¾ su sufrimiento.» Porque aunque no conocía bien el amor, José conocía el sufrimiento, y no deseaba que los demás sintieran lo mismo. Le dejó una de sus sandalias al niño y volvió con la otra; de vez en cuando la cambiaba de pie, para no lastimarse mucho con las piedras del camino. En cuanto llegó a casa, la tía vio que su sobrino había perdido una de las sandalias y lo amenazó: si no conseguía recuperarla antes de la mañana siguiente, sería castigado severamente. José se fue a la cama sintiendo miedo, pues conocía los castigos que le solía aplicar su tía. Se pasó la noche temblando por el miedo, apenas pudo conciliar el sueño y cuando ya estaba a punto de conseguir dormirse, oyó muchas voces en la sala de estar. Su tía entró corriendo en la habitación, preguntándole qué había pasado. Todavía atontado, José fue hasta la sala y vio que la sandalia que le había dejado al niño estaba en medio de la sala, cubierta de todo tipo de juguetes, bicicletas, patinetes, ropa. Los vecinos gritaban, decían que a sus hijos les habían robado, ya que no habían encontrado nada en sus zapatos cuando se despertaron.
Entonces, apareció apresuradamente el sacerdote de la iglesia en la que habían celebrado la misa; a la entrada de la capilla había aparecido una estatua de un Niño Jesús vestido de oro, pero con una sola sandalia en los pies. Inmediatamente se hizo el silencio, la comunidad alabó a Dios y sus milagros, la tía lloró y pidió perdón. Y el corazón de José se llenó de energía y del significado del Amor. (basado en un cuento de 1903, de François Coppée)