Radiantes días balanceados por el agua marina concentrados como el interior de una piedra amarilla cuyo esplendor de miel no derribó el desorden: preservó su purezade rectángulo.
Crepita, sí, la hora como fuego o abejas y es verde la tarea de sumerjirse en hojas, hasta que hacia la altura es el follaje un mundo centelleante que se apaga y susurra.
Sed de fuego, abrasadora multitud del estío que construye un Edén con unas cuantas hojas, porque la tierra de rostro oscuro no quiere sufrimientos,
sino frescura o fuego, agua o pan para todos, y nada debería dividir a los hombres sino el sol o la noche, la luna o las espigas.